Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la boca abierta y la intriga de saber qué pasó realmente con aquel hombre humilde que interrumpió la ceremonia. Prepárate, porque lo que ocurrió después de ese grito desgarrador es una verdad mucho más impactante y dolorosa de lo que imaginas.
El aire dentro de la funeraria "El Descanso Eterno" estaba cargado de un perfume dulzón y costoso, una mezcla de lirios blancos importados y la colonia cara de los asistentes. Todo en aquella sala gritaba dinero.
Desde el ataúd de caoba pulida con incrustaciones de oro hasta el traje de seda italiana que llevaba puesto Roberto, el viudo. Él permanecía sentado en primera fila, con la cabeza baja, interpretando el papel del esposo devastado a la perfección.
Sin embargo, sus manos no temblaban por la tristeza. Temblaban por la ansiedad. Roberto no dejaba de mirar su reloj de marca, deseando que el trámite terminara rápido para poder reunirse con los abogados y discutir lo único que realmente le importaba en ese momento: la herencia millonaria de su esposa, Elena.
El silencio en la sala era sepulcral, solo roto por algunos sollozos discretos de las amigas de la alta sociedad de Elena. Todo estaba cronometrado, todo era elegante, todo era perfecto.
Hasta que la puerta principal se abrió de golpe, rompiendo la solemnidad del momento como un martillo golpeando un cristal.
El sonido de unas botas pesadas arrastrándose por el suelo de mármol hizo que todos giraran la cabeza. En el umbral estaba un hombre que parecía haber salido de una pesadilla para los presentes.
Llevaba una chaqueta de trabajo marrón, manchada de yeso y tierra seca. Sus pantalones de mezclilla estaban desgastados hasta el hilo en las rodillas, y sus manos... sus manos estaban cubiertas de callos y mugre de obra.
Era Jacinto, un simple albañil que había estado trabajando en las remodelaciones de la mansión de la pareja durante los últimos meses.
El murmullo de indignación recorrió la sala como un incendio forestal. Las señoras se llevaron los pañuelos a la nariz, ofendidas por el olor a sudor y trabajo físico que de repente invadía su espacio sagrado.
Roberto se levantó de su silla como un resorte, con la cara roja de furia. No podía creer el descaro. ¿Cómo se atrevía ese "nadie" a presentarse allí?
—¡Sáquenlo de aquí! —gritó Roberto con rabia, olvidando por un segundo su papel de viudo doliente—. ¡No puedo creer que este indigente sucio se atreva a venir aquí!
Jacinto no se detuvo. Caminó con paso firme, ignorando las miradas de desprecio, ignorando a los dos guardias de seguridad que dudaron un momento ante la determinación en sus ojos.
El albañil llegó hasta el frente, justo al lado de Roberto. No miró al viudo. Su mirada estaba fija en el rostro pálido de Elena dentro del ataúd.
—Le dije que se largue —siseó Roberto, acercándose a él de manera amenazante—. Estás manchando el piso. No tienes derecho a estar aquí.
Jacinto, con una calma que contrastaba violentamente con la histeria de Roberto, metió la mano en su bolsillo y sacó una Biblia vieja, con las tapas rotas y las páginas amarillentas por el uso.
—Señor —dijo Jacinto con voz ronca pero firme, poniendo una mano sucia sobre el hombro impecable de Roberto—, no sepulte a su esposa. Ella está viva, yo puedo revivirla.
El silencio que siguió a esa frase fue absoluto. Nadie respiraba.
Roberto soltó una carcajada nerviosa, una mezcla de incredulidad y asco. Miró a los invitados, buscando complicidad en su burla.
—¿Vienes a burlarte de mí en el funeral de mi esposa? —le espetó Roberto, empujando la mano del albañil lejos de su traje—. ¡Estás borracho! ¡Seguridad, saquen a este loco de mi vista ahora mismo!
Pero Jacinto no se movió. Se aferró a su Biblia como si fuera un escudo. Sus ojos, llenos de lágrimas, no mostraban locura, sino una fe inquebrantable y una urgencia desesperada.
—No estoy borracho, don Roberto —insistió Jacinto, elevando la voz para que todos lo escucharan—. Elena no está muerta. Su corazón solo está dormido porque usted le rompió el alma. Pero la palabra de Dios y la verdad pueden traerla de vuelta.
Roberto sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No por la mención de Dios, sino por la mención de la "verdad". Había cosas que él ocultaba, secretos oscuros sobre cómo había tratado a Elena en sus últimos días, cosas que nadie debía saber.
—¡Es suficiente! —gritó Roberto, haciendo una señal a los guardias—. ¡Llévenselo a la comisaría!
Dos hombres corpulentos agarraron a Jacinto por los brazos, intentando arrastrarlo hacia la salida. Las botas del albañil chirriaron contra el suelo mientras él luchaba, no para escapar, sino para quedarse cerca del ataúd.
—¡Mírela! —gritó Jacinto, forcejeando—. ¡Solo mírela una vez más! ¡Ella me contó todo! ¡Ella me dio esto!
Jacinto levantó la Biblia en el aire, como si fuera un arma. De entre las páginas del libro, cayó un sobre blanco, sellado con cera roja. Cayó al suelo, justo a los pies de Roberto.
El tiempo pareció detenerse. Roberto reconoció la letra en el sobre inmediatamente. Era la letra de Elena. Y en el frente del sobre, una sola palabra escrita con trazo tembloroso: "TESTAMENTO".
Roberto palideció. Él ya había leído el testamento con su abogado. Ese documento le dejaba todo a él. ¿Qué era ese sobre entonces?
Los guardias se detuvieron, mirando al viudo, esperando instrucciones. La curiosidad en la sala era tan densa que se podía cortar con un cuchillo.
Jacinto aprovechó la distracción para soltarse. Se arrodilló, recogió el sobre y se lo ofreció a Roberto, pero no se lo dio.
—Usted cree que ella murió de un infarto, ¿verdad? —dijo Jacinto, respirando agitadamente—. Eso es lo que le dijo el médico que usted pagó. Pero Elena sabía lo que usted le estaba poniendo en el té cada noche.
Un grito ahogado se escuchó en la parte trasera de la sala.
—¡Mientes! —rugió Roberto, lanzándose para arrebatarle el sobre—. ¡Dámelo!
—¡Ella no está muerta! —gritó Jacinto con una voz que retumbó en las paredes, llena de una autoridad sobrenatural—. ¡Su cuerpo está luchando contra el veneno! ¡Dios, devuélvele el aliento a esta hija tuya!
Jacinto se giró hacia el ataúd y puso su mano callosa sobre la frente fría de Elena.
—¡Quita tus manos sucias de mi esposa! —bramó Roberto.
Pero entonces, ocurrió.
Un sonido.
Un sonido pequeño, casi imperceptible.
Fue como un suspiro entrecortado.
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