La policía se llevó a Roberto, gritando y amenazando a todos con sus abogados, pero nadie le prestó atención. La evidencia en su contra era abrumadora, y el testimonio de su propia esposa "resucitada" sellaría su destino en la cárcel por intento de homicidio.
Elena fue llevada al hospital para una revisión completa, pero antes de irse, detuvo a los paramédicos.
—Esperen —dijo—. Necesito hacer algo primero.
Se volvió hacia Jacinto, quien estaba a un lado, retorciendo su gorra vieja entre las manos, listo para volver a su trabajo y desaparecer en el anonimato.
—Jacinto —le llamó ella.
—¿Sí, señora? —respondió él humildemente.
—No vuelvas a la obra mañana. Ni nunca más.
Jacinto bajó la cabeza, triste. Pensó que, a pesar de todo, ella también lo despediría ahora que el drama había pasado. Después de todo, él era solo un empleado pobre.
—Entiendo, señora. Disculpe si la avergoncé con mi ropa...
—¡No! —lo interrumpió Elena, tomándole las manos callosas entre las suyas, suaves y cuidadas—. No me has entendido. No vas a volver a la obra porque a partir de hoy, eres mi socio.
Un silencio de asombro volvió a llenar la sala, o lo que quedaba de ella.
—Ese documento —señaló el papel que había caído de la Biblia— no solo deshereda a Roberto. También nombra a un nuevo administrador de todos mis bienes y fundaciones benéficas. Alguien en quien puedo confiar ciegamente. Alguien que tiene el corazón para ver a las personas, no a las carteras.
Elena miró a los ojos llorosos del albañil.
—Jacinto, tú me salvaste la vida dos veces. Primero, al escucharme cuando nadie más lo hacía. Y hoy, al tener la fe para venir aquí y enfrentarte a todos por mí. Quiero que dirijas mi fundación. Quiero que uses mi dinero para ayudar a gente como tú, gente buena que el mundo ignora.
Jacinto cayó de rodillas, llorando abiertamente.
—Señora, yo no sé de negocios... yo solo sé pegar ladrillos y leer la Biblia.
—Sabes lo más importante, Jacinto —le sonrió ella—. Sabes lo que es la lealtad y la bondad. Lo demás se aprende. Los ladrillos construyen casas, pero las personas como tú construyen hogares y esperanzas.
Meses después, la vida de ambos había cambiado radicalmente.
Roberto fue condenado a 25 años de prisión. Sus cuentas fueron congeladas y su reputación destruida para siempre. En la soledad de su celda, sin sus trajes caros ni sus relojes de lujo, comprendió demasiado tarde que la verdadera pobreza no es la falta de dinero, sino la falta de humanidad.
Elena se recuperó completamente. Vendió la mansión fría y solitaria donde casi muere y se mudó a una casa más modesta pero llena de luz.
¿Y Jacinto?
Jacinto no cambió su esencia. Aunque ahora vestía trajes limpios y dirigía una de las fundaciones más grandes del país, nunca olvidó de dónde venía.
Se dice que en su oficina, en el último piso de un rascacielos, no hay diplomas universitarios colgados en la pared principal.
En su lugar, enmarcada en un cuadro de oro, está aquella vieja chaqueta de trabajo manchada de yeso y tierra. Y justo al lado, sobre su escritorio de caoba, siempre descansa esa vieja Biblia desgastada.
Cada vez que alguien entra a su oficina y pregunta por la chaqueta sucia, Jacinto sonríe y dice la frase que se convirtió en su lema de vida:
"Nunca desprecies a quien tiene las manos sucias y la ropa rota. A veces, debajo de esas manchas, se esconde el único corazón limpio capaz de salvarte la vida cuando todos los demás te abandonen."
Las apariencias engañan, pero las acciones nunca mienten. El dinero puede comprarte un funeral de lujo, pero solo el amor verdadero puede traerte de vuelta a la vida.
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…
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