Caminos del Destino

EL MILLONARIO INTENTÓ ECHAR AL ALBAÑIL DEL FUNERAL, PERO LA LECTURA DEL TESTAMENTO Y UNA BIBLIA VIEJA REVELARON UN SECRETO IMPERDONABLE

El sonido se repitió. Esta vez más fuerte. Un "hngggh" que provenía del interior del ataúd.

Roberto se quedó paralizado, con la mano extendida a medio camino de golpear a Jacinto. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, fijos en el pecho de su esposa.

El pecho de Elena se elevó.

La sala estalló en caos. Gritos de terror, gente corriendo hacia las puertas, otros desmayándose en sus sillas. "¡Milagro!", gritó alguien. "¡Es un demonio!", gritó otro.

Jacinto no se inmutó. Seguía con la mano en la frente de la mujer, orando en voz baja, con lágrimas corriendo por sus mejillas llenas de polvo de construcción.

—Respira, niña, respira... —susurraba el albañil con ternura paternal.

Elena abrió los ojos de golpe. Eran ojos vidriosos, perdidos, buscando aire desesperadamente. Se incorporó bruscamente en el ataúd, tosiendo y escupiendo una espuma blanca.

Roberto retrocedió tropezando con sus propios pies, cayendo sentado en el suelo. Estaba blanco como el papel. No parecía un hombre feliz de ver a su esposa viva; parecía un hombre que acababa de ver a su verdugo.

—¡Imposible! —balbuceó Roberto—. ¡El doctor dijo...! ¡La dosis era...!

Se tapó la boca al darse cuenta de lo que estaba a punto de confesar en medio del pánico. Pero Jacinto lo había escuchado. Y lo más importante, el jefe de policía, que había asistido al funeral por compromiso social, también lo había escuchado.

Elena, todavía aturdida y débil, giró la cabeza. Sus ojos no buscaron a su esposo. Buscaron al hombre que le sostenía la mano.

—Jacinto... —susurró ella con voz rasposa—. Sabía... sabía que vendrías.

El albañil se quitó su chaqueta sucia y la envolvió alrededor de los hombros temblorosos de la mujer, sin importarle manchar el vestido de seda mortuoria.

—Tranquila, señora Elena. Ya pasó. Dios no permite que la injusticia reine para siempre.

El jefe de policía se acercó a Roberto, quien seguía en el suelo, temblando.

—Señor Roberto —dijo el oficial con voz grave—, creo que usted tiene mucho que explicar. ¿Qué es eso de "la dosis"?

Roberto intentó levantarse, intentó inventar una excusa, pero las palabras se le atragantaron. Miró el sobre que Jacinto todavía sostenía en la otra mano.

Jacinto se puso de pie, ayudando a Elena a sentarse en el borde del ataúd. Luego, miró a Roberto y levantó el sobre para que todos lo vieran.

—Usted pensó que ella no se daba cuenta —dijo Jacinto, y su voz ahora era la de un juez dictando sentencia—. Usted pensó que porque ella estaba débil y enferma, no veía cómo usted la miraba con odio, esperando que se muriera para quedarse con la mansión y las cuentas en el extranjero.

Jacinto abrió el sobre frente a todos.

—Elena me dio esto hace tres días. Ella sabía que usted estaba tramando algo. Ella sentía el sabor amargo en la bebida que usted le preparaba con tanto "cariño" por las noches.

El albañil sacó un documento legal. No era un testamento común.

—Aquí dice —leyó Jacinto— que en caso de su muerte repentina o sospechosa, se debe realizar una autopsia completa buscando toxinas específicas. Y también dice que, bajo ninguna circunstancia, ni un solo centavo de su fortuna debe ir a manos de su esposo, Roberto.

La multitud jadeó.

—¡Eso es falso! —gritó Roberto desesperado—. ¡Ese hombre es un estafador! ¡Él la manipuló! ¡Es un simple albañil ignorante!

—Seré un albañil, señor —respondió Jacinto con dignidad—, pero tengo las manos limpias de sangre. Usted tiene un traje de cinco mil dólares, pero su alma está más sucia que mis botas.

Elena, recuperando un poco de fuerza, señaló a su marido con un dedo acusador.

—Tú... —dijo ella con voz quebrada—. Tú me mirabas morir cada noche y sonreías.

La policía esposó a Roberto allí mismo, frente al ataúd vacío que había comprado para ocultar su crimen.

Pero la historia no terminó ahí. Lo que Elena hizo a continuación con su inmensa fortuna dejó a todos los presentes, incluidos los amigos falsos que solo iban por el interés, totalmente avergonzados.

Elena se puso de pie, apoyándose en el brazo fuerte de Jacinto. Miró a todos sus "amigos" de la alta sociedad, aquellos que habían arrugado la nariz por el olor de Jacinto.

—Durante años —dijo Elena—, pensé que estaba sola. Que nadie me quería de verdad, solo por mi dinero. Cuando enfermé, ninguno de ustedes vino a cuidarme. Solo venían a mis fiestas.

Miró a Jacinto con gratitud infinita.

—Este hombre —continuó—, a quien ustedes miraron con asco, fue el único que se detuvo a preguntarme cómo me sentía mientras trabajaba en el jardín. Fue el único que me trajo un té de hierbas de su propia casa cuando me vio pálida. Fue el único que me escuchó.

Elena tomó una decisión en ese momento que cambiaría la vida de Jacinto para siempre, y daría una lección al mundo sobre el verdadero valor de las personas.

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Anna Arteaga

¡Hola a todos! Soy Anna Arteaga, una alma apasionada por los bonsáis. Mi fascinación por estos árboles en miniatura comenzó en la infancia. Este blog es mi espacio para compartir mi pasión transformada en arte, y para ofrecer consejos prácticos y tutoriales que ayuden a cultivar y mantener la belleza de estos pequeños tesoros de la naturaleza.

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