La Trampa del Empresario: La Herencia Millonaria que Llevó a un Inocente a Prisión
El Escape del Heredero
Lo que saqué de mi bota no era un arma de fuego, ni un cuchillo improvisado.
Era un pequeño dispositivo negro, del tamaño de un encendedor, junto a una llave maestra electrónica del más alto nivel de seguridad.
Pero eso no era todo. Envuelto alrededor de la llave, había un papel doblado.
Era el verdadero testamento de nuestro padre. El documento original que el abogado creyó haber destruido hace diez años.
—¿De dónde... cómo conseguiste esto? —tartamudeó Mateo, con los ojos llenos de lágrimas que luchaba por contener.
—He pasado los últimos cinco años rastreando cada movimiento de nuestro hermanastro —le respondí rápidamente, levantándome del suelo y sacudiendo el polvo de mi pantalón—. Pagué mucho dinero a informantes. Robé esto de la caja fuerte de su mansión anoche.
Mateo miró el testamento. Ahí estaba la firma de nuestro padre, la prueba irrefutable de que él era el dueño absoluto de la herencia millonaria.
—Tenemos que movernos, ahora —le advertí, fingiendo ante los demás presos que lo estaba arrestando—. El director de esta prisión está en la nómina de nuestro hermanastro.
Mateo asintió, comprendiendo la gravedad del asunto.
El director había recibido una transferencia bancaria de medio millón de dólares la noche anterior.
La orden era clara: Mateo no debía sobrevivir esta semana. Iban a disfrazarlo como un motín en el patio.
Lo agarré del brazo y comencé a caminar hacia la puerta de seguridad del ala este.
Los demás reclusos nos abrieron paso, pensando que la "oficial novata" finalmente lo llevaba a la celda de castigo.
—¿Cuál es el plan? —susurró mi hermano mientras caminábamos por el pasillo de concreto oscuro.
—La llave maestra nos abrirá las tres primeras puertas del área de lavandería —expliqué sin dejar de mirar al frente—. De ahí, bajaremos a los túneles de mantenimiento.
El sudor me resbalaba por la frente. Sabía que las cámaras de seguridad estaban grabando cada uno de nuestros pasos.
Llegamos a la primera puerta de acero. Deslicé la tarjeta electrónica y el escáner brilló en color verde. La pesada puerta se abrió con un silbido mecánico.
Pasamos por la lavandería. El calor era insoportable, lleno de vapor denso que nublaba la visión.
Fue entonces cuando escuchamos los pasos pesados de las botas de combate acercándose.
Dos guardias del turno de máxima seguridad aparecieron por la esquina.
Eran los hombres de confianza del director. Los mismos que se suponía debían eliminar a Mateo en el patio.
—¡Oficial! —gritó el más alto, desenfundando su vara de metal—. ¿A dónde lleva al prisionero 405? El director ordenó que lo lleváramos nosotros.
Mi corazón latía tan fuerte que amenazaba con romperme las costillas.
Sabía que si les entregaba a mi hermano, jamás volvería a verlo con vida.
—Cambio de planes —respondí, intentando mantener la voz firme y autoritaria—. Asuntos Internos lo solicitó para un interrogatorio.
Los guardias se miraron entre sí, claramente confundidos pero también sospechando que algo andaba mal.
El más alto dio un paso hacia mí y llevó su mano a la funda de su arma.
—No hemos recibido ninguna orden de Asuntos Internos —dijo, con una sonrisa torcida y siniestra—. Entregue al prisionero. Ahora.
No me quedó otra opción. En un movimiento rápido que había practicado mil veces en la academia, le arrebaté la radio de su cinturón y lo empujé contra la tubería de vapor caliente.
El guardia gritó de dolor. Su compañero intentó sacar su arma, pero Mateo reaccionó con la velocidad de un hombre que ha luchado por su vida durante una década.
Le propinó un golpe certero que lo dejó inconsciente en el suelo húmedo.
—¡Corre! —grité.
Salimos disparados hacia la puerta que conectaba con los túneles subterráneos.
Las alarmas de la prisión comenzaron a sonar. Un pitido estridente y luces rojas destellando por todos los pasillos anunciaban que el escape había sido descubierto.
Corrimos en la oscuridad, guiados solo por la pequeña linterna de mi uniforme.
Faltaba solo una puerta para llegar al estacionamiento del personal, donde tenía una camioneta lista para huir.
Pero al doblar la última esquina, nos quedamos helados.
El director de la prisión estaba parado justo frente a la puerta de salida.
Tenía su arma reglamentaria apuntando directamente al pecho de mi hermano.
—¿A dónde creen que van? —dijo el director con una sonrisa fría y calculadora—. Ese hombre vale una deuda millonaria para mí. Y tú, oficial, acabas de cometer el peor error de tu vida.
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