Después de que la tía Marta se fue, el ambiente en el cementerio cambió drásticamente. Ya no era solo tristeza lo que se respiraba, sino un miedo denso, palpable. La mujer de negro permaneció allí hasta que el último grano de tierra cubrió el ataúd del abuelo. Luego, sin decir una palabra más, se dio la vuelta y caminó hacia la salida, perdiéndose entre las lápidas antiguas. Nadie se atrevió a seguirla. Nadie se atrevió a preguntarle quién era.
Terminamos el entierro con el corazón en la garganta. Mi madre estaba temblando. "Llama a tu tía", me pidió mientras caminábamos hacia el auto. "Asegúrate de que llegó bien".
Marqué el número de Marta. Sonó una vez. Dos veces. Tres veces. Buzón de voz. "Debe estar en la reunión", le dije a mi mamá para tranquilizarla, aunque yo también tenía un nudo en el estómago.
Regresamos a la casa del abuelo. La tradición dictaba que debíamos reunirnos allí para el café y el pan, para recordar al difunto. La casa era grande, una construcción antigua con muebles de madera pesada y olor a cera y encierro.
A las seis de la tarde, el teléfono de la casa sonó. El sonido estridente nos hizo saltar a todos.
Mi padre contestó. Lo vi palidecer. Asintió un par de veces, dijo "Entiendo" y "Sí, es su hermana", y colgó el teléfono lentamente.
"¿Qué pasó?", gritó mi madre. "¿Es Marta? ¿Tuvo un accidente?".
"No", dijo mi padre, con la voz hueca. "No fue un accidente de auto. Fue... algo en el notario. Marta está detenida".
"¿Detenida?", exclamamos todos al unísono.
"Fraude", susurró mi padre. "Parece que la venta de su casa... la casa que iba a vender hoy... no era suya. O los papeles eran falsos. La policía llegó justo cuando iba a firmar. Dicen que perdió los estribos, que empezó a gritar cosas sin sentido sobre el abuelo".
No podíamos creerlo. Marta era ambiciosa, sí, ¿pero estafadora?
Media hora después, mientras aún procesábamos la noticia de la tía Marta, llamaron a la puerta. No era la policía. Era un hombre bajo, calvo, con un maletín de cuero desgastado y un traje gris impecable. Se presentó como el Licenciado Morales, el abogado personal del abuelo Alberto.
"Lamento su pérdida", dijo con formalidad, entrando a la sala sin esperar invitación. "Y lamento interrumpir su duelo, pero el Señor Alberto dejó instrucciones muy precisas. Su testamento debía leerse inmediatamente después del entierro. No mañana, no la próxima semana. Hoy".
Nos sentamos alrededor de la gran mesa del comedor. Faltaba Marta, claro.
"¿No deberíamos esperar a mi hermana?", preguntó mi mamá, secándose las lágrimas.
El abogado nos miró por encima de sus gafas. "Las instrucciones de su padre fueron claras: 'La lectura se hará con los presentes que hayan permanecido hasta el final de mi sepultura'. Si alguien no está aquí, es porque decidió no estar".
Un silencio pesado cayó sobre la mesa. Recordé las palabras de la mujer en el cementerio: "El que tenga prisa por vivir... perderá todo lo que cree poseer".
El Licenciado Morales abrió su maletín y sacó un sobre grueso, lacrado con cera roja.
"El patrimonio de Don Alberto es... considerablemente mayor de lo que ustedes imaginan", comenzó el abogado.
Nos miramos unos a otros. Sabíamos que el abuelo tenía sus ahorros, pero la palabra "patrimonio" sonaba a algo grande.
"Don Alberto fue dueño, en secreto, de la mayoría de los locales comerciales del centro de la ciudad", reveló el abogado. "Además de poseer acciones en varias empresas de transporte y terrenos en la zona de mayor plusvalía del estado. Su fortuna está valorada en aproximadamente quince millones de dólares".
Se escucharon jadeos en la sala. Mi tío Jorge casi se atraganta con el café. Quince millones. Eso nos cambiaba la vida a todos. Éramos una familia de clase media trabajadora. Esto era... inimaginable.
"Sin embargo", continuó el abogado, levantando un dedo, "hay una condición. Una cláusula de conducta que Don Alberto redactó hace apenas una semana, después de recibir su diagnóstico terminal".
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
"Su padre sabía que algunos miembros de la familia estaban más interesados en su dinero que en su bienestar", dijo el abogado, mirando sus papeles. "Por eso, diseñó una última prueba. Una prueba de carácter".
El abogado sacó una fotografía del sobre. La puso sobre la mesa.
Era una foto de la mujer del cementerio. La mujer de negro.
"Ella es la Señora Elena", explicó Morales. "No es una amante, ni una bruja. Es la socia mayoritaria de Don Alberto y la albacea principal de este testamento. Ella estuvo hoy en el cementerio no solo para despedir a su amigo, sino para certificar quién cumplía con la última voluntad del difunto".
"¿Cuál voluntad?", preguntó mi padre, con un hilo de voz.
"La voluntad del respeto", respondió el abogado. "La cláusula 4B del testamento dice textualmente: 'Aquel hijo, nieto o pariente que no sea capaz de regalarme una hora de su tiempo el día de mi entierro, aquel que ponga sus negocios, su prisa o su vanidad por encima de mi despedida, quedará automáticamente desheredado. Y no solo eso...'".
El abogado hizo una pausa dramática, buscando una segunda hoja en el sobre.
"Aquí está la parte complicada. Don Alberto compró, hace un año, todas las deudas bancarias de sus hijos a través de una empresa fantasma. Él es el acreedor de las hipotecas de todos ustedes. Incluida la hipoteca de la casa de Marta y los préstamos de sus negocios".
El abogado nos miró con seriedad absoluta.
"La cláusula continúa: '...Aquel que abandone mi entierro antes de tiempo, no solo no recibirá un centavo, sino que sus deudas serán ejecutadas de inmediato. Mis albaceas tienen la orden de embargar sus bienes al día siguiente de mi muerte'".
Fue entonces cuando entendimos todo.
La "reunión" de Marta. La policía. El fraude. No era que Marta fuera una estafadora; era que, al salir del cementerio, la maquinaria legal del abuelo se había activado automáticamente. Al cruzar esa puerta, Marta había dejado de ser heredera y se había convertido en deudora morosa. El sistema bancario (controlado por la empresa del abuelo) había congelado sus activos en el acto, haciendo que su venta pareciera fraudulenta.
Pero eso no era lo peor. El abogado nos miró y dijo algo que nos dejó sin aliento.
"Hay un problema más. La tía Marta no fue la única que cometió un error hoy. Hay algo que ustedes no saben sobre el terreno donde está enterrado su abuelo..."
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