La Herencia Millonaria y el Veneno en el Altar: La Hija del Empresario Descubrió la Peor Traición
La Verdad Oculta en el Testamento
—Mi esposa se sintió un poco mareada por la emoción, nada grave. Vamos a tomar un poco de aire fresco —anunció Carlos con voz fuerte y carismática, engañando a todos los presentes.
Los aplausos resonaron, y nadie se dio cuenta de que me estaba arrastrando contra mi voluntad hacia el interior de la mansión. Me llevó a rastras hasta el despacho principal, cerrando la pesada puerta de roble con llave.
Me soltó de golpe, haciéndome caer sobre la alfombra persa. El dolor en mi brazo era intenso, pero el dolor en mi pecho era insoportable. Mi mente daba vueltas tratando de entender esta pesadilla.
—¿Por qué, Carlos? ¡Te lo di todo! —le grité, con las lágrimas arruinando mi maquillaje.
Él soltó una carcajada seca y sin gracia. Caminó hacia el minibar del despacho y se sirvió un trago, como si acabara de cerrar un simple negocio.
—No seas ingenua, Valeria. Nunca se trató de ti. Se trató de la herencia millonaria —dijo, mirándome con desprecio—. Mi familia está en la ruina. Tengo una deuda millonaria con personas muy peligrosas.
Sacó un documento de su chaqueta. Era una copia de nuestro acuerdo prenupcial y de mi testamento, el cual me había convencido de modificar apenas una semana antes de la boda.
—Mi abogado encontró el vacío legal perfecto —continuó, saboreando cada palabra—. Si morías antes de la boda, todo iba a una fundación. Pero si morías justo después de dar el "sí", como mi legítima esposa... yo me convierto en el dueño absoluto de todo tu imperio.
La Cacería en la Mansión
El plan era perfecto. Un veneno indetectable que simularía un ataque cardíaco por la emoción del momento. Todo parecía un trágico accidente, y él sería el viudo millonario y desconsolado.
—Pero esa maldita sirvienta tuvo que arruinarlo —gruñó, sacando su teléfono móvil—. Ahora tendré que hacer esto por las malas, y ella también tendrá que desaparecer.
Carlos llamó a dos de los guardias de seguridad que, sin yo saberlo, estaban en su nómina. Les ordenó que encontraran a Rosa de inmediato y que no la dejaran salir de la propiedad.
Yo estaba atrapada. Las ventanas del despacho tenían cristales de seguridad instalados por mi padre. Nadie podía escuchar mis gritos. Carlos se acercó a mí sacando un pequeño frasco de su bolsillo.
—Te vas a tomar esto por las buenas, Valeria, o te lo haré tragar a la fuerza. De esta habitación no sales viva —amenazó, acorralándome contra el pesado escritorio de caoba.
Mientras él se acercaba, mi mente viajó a Rosa. ¿Dónde estaba? Sabía que si Carlos la encontraba, la mataría sin piedad. Ella lo había arriesgado todo por mí.
Intenté ganar tiempo. Le rogué, le ofrecí transferirle todo el dinero que quisiera, le dije que le daría las escrituras de la mansión, pero él no escuchaba. Quería el control total, y para eso, yo debía desaparecer.
Carlos se abalanzó sobre mí. Luché con todas mis fuerzas, pateando y arañando, pero él era mucho más fuerte. Me sujetó del cuello y forzó mi boca para abrirla.
El cristal del frasco chocó contra mis dientes. Estaba a punto de verter el líquido letal cuando un sonido ensordecedor sacudió toda la habitación.
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