Era Roberto, el antiguo abogado de la familia de Gabriela. El hombre encargado de gestionar los fideicomisos y las propiedades millonarias tras la muerte del patriarca.
—Vámonos, Sofía. El chofer nos espera en la mansión —dijo Roberto, con una voz que pretendía ser dulce pero que destilaba veneno.
La niña se encogió, retrocediendo instintivamente para esconderse detrás de mi silla.
—No quiero ir con él —murmuró Sofía, aferrándose a mi chaqueta.
Roberto forzó una sonrisa arrogante, mostrando unos dientes perfectamente alineados. Se acomodó su reloj de oro macizo, un gesto calculado para intimidar.
—Disculpe las molestias, señor. Mi hija tiene una imaginación muy activa —dijo, intentando agarrar a la niña por el brazo.
Me puse de pie de inmediato, interponiéndome entre él y la pequeña. Mi altura y mi postura defensiva lo obligaron a dar un paso atrás.
—La niña dijo que no es su padre —respondí, mirándolo fijamente a los ojos—. Y a juzgar por su reacción, le creo a ella.
El rostro de Roberto se deformó por la ira. La máscara de empresario respetable empezó a desmoronarse.
—No se meta en asuntos de familia. Usted no sabe de lo que está hablando. Hay un testamento de por medio, mucho dinero en juego, y no voy a permitir que un don nadie arruine esto.
Esa frase fue el error que necesitaba. El abogado acababa de confesar su verdadero motivo. No le importaba la niña, le importaba el dinero.
—¿Qué le hiciste a Gabriela? —pregunté, bajando el tono de voz a un susurro amenazante.
Roberto palideció. Miró a su alrededor, dándose cuenta de que algunas personas en las mesas cercanas empezaban a murmurar.
—Gabriela firmó un poder notarial antes de… irse. Sofía es mi responsabilidad legal ahora. Si no me la entrega en este instante, llamaré a la policía y lo acusaré de intento de secuestro.
Una sonrisa amarga se dibujó en mi rostro. El muy imbécil no sabía con quién estaba hablando.
Metí la mano en mi bolsillo y saqué mi placa de policía, colocándola sobre la mesa con un golpe seco.
—Hágalo —lo desafié—. Llame a mis compañeros. Me encantaría que escucharan lo que tiene que decir sobre ese testamento millonario.
Roberto se quedó paralizado. Sus ojos saltaban de la placa a mi rostro, buscando una salida.
Hizo el amago de salir corriendo hacia la puerta principal.
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