Salí de la prisión corriendo como una fugitiva. El aire frío del exterior golpeó mi rostro, pero no me trajo ningún alivio.
Subí a mi camioneta de lujo, abroché el cinturón de mi pequeña chica con manos temblorosas y arranqué el motor.
Las llantas chillaron contra el pavimento mientras me alejaba de ese horrible lugar. Mi mente era un torbellino de pánico y desesperación.
No podía ir a la policía. Ellos estaban en la nómina de mi esposo. No podía ir al aeropuerto; él controlaba quién entraba y salía, tenía ojos en todas partes.
Mi única opción era llegar a la mansión, sacar todo el dinero en efectivo que guardaba en la caja fuerte, algunas joyas, y desaparecer de la faz de la tierra.
Llamé a Roberto, mi nuevo amor. El hombre por el que había arriesgado todo.
El teléfono sonó una, dos, tres veces.
—Contesta, por favor, contesta… —suplicaba en voz alta, golpeando el volante.
Finalmente, la llamada entró a buzón de voz. Un escalofrío me recorrió la columna vertebral.
¿Ya habían llegado a él? ¿O simplemente no estaba escuchando el celular?
Conduje como una loca por la autopista, rompiendo todos los límites de velocidad, hasta que los imponentes portones de hierro de nuestra propiedad aparecieron a la vista.
Usé el control remoto para abrir. Los portones se deslizaron lentamente, y entré a toda velocidad por el camino de grava que llevaba a la entrada principal.
Frené de golpe frente a la puerta. Tomé a mi chica de la mano y entré corriendo.
La casa estaba sumida en un silencio sepulcral. Demasiado silenciosa.
—¿Roberto? —grité, caminando hacia la sala principal.
Nadie respondió.
Le dije a mi chica que subiera a su habitación y no saliera por nada del mundo. Ella, asustada por mi tono de voz, me obedeció y subió las escaleras corriendo.
Me dirigí hacia el despacho de mi esposo, el lugar donde escondía la caja fuerte detrás de una pintura enorme.
Empujé la puerta y me quedé congelada en el umbral.
Roberto estaba allí. Pero no estaba muerto.
Estaba de pie frente a la caja fuerte abierta, empacando fajos de billetes, documentos de propiedad y lingotes de oro en una maleta de lona oscura.
Me miró sorprendido. En sus ojos no había amor, ni preocupación. Solo la frialdad de alguien que ha sido descubierto.
—¿Qué haces? —pregunté, con la voz rota.
Roberto soltó una carcajada seca, sin una pizca de gracia.
—Lo siento, Laura —dijo, cerrando la maleta con un movimiento rápido—. Pero la herencia de tu esposo era demasiado tentadora. Eras solo mi boleto de entrada a este imperio.
El mundo entero se derrumbó sobre mí. No solo mi esposo había ordenado mi final, sino que el hombre por el que me había jugado la vida era solo un estafador más, alguien que me había utilizado para robar el patrimonio del empresario millonario.
—No puedes hacer esto… —susurré, sintiendo que me faltaba el aire.
—Ya lo hice —respondió Roberto, caminando hacia mí con la maleta en la mano—. Deberías haber sabido que nadie se enfrenta a un hombre como tu esposo por amor. Lo hice por el dinero.
Me empujó a un lado con brusquedad para salir por la puerta.
Pero antes de que pudiera dar tres pasos por el pasillo, la puerta principal de la mansión se abrió de un golpe brutal.
Tres hombres vestidos de traje negro, con armas desenfundadas, entraron a la casa. Eran los hombres de confianza de mi esposo, los mismos que se encargaban de cobrar las deudas millonarias con sangre.
El líder del grupo miró a Roberto, luego bajó la mirada hacia la maleta llena de dinero, y finalmente me miró a mí.
—El jefe nos dijo que vendrías a limpiar la caja fuerte, imbécil —le dijo el hombre a Roberto, apuntándole directamente al pecho.
Roberto levantó las manos, soltando la maleta, su rostro pálido y sudoroso. Todo su teatro se había desmoronado en un segundo.
Y entonces lo entendí todo.
Mi esposo sabía de la infidelidad desde mucho antes de mi visita. Un empresario de su nivel no deja cabos sueltos. La orden que dio por teléfono en la prisión no era para hacerme daño a mí.
Era para Roberto.
Mi castigo no sería la muerte. Mi castigo, planeado con la crueldad más refinada por el hombre que lo controlaba todo, era ver la verdadera cara del hombre que yo creía amar, y quedar condenada a vivir atrapada en esta mansión.
Esa noche, Roberto desapareció junto con la maleta, llevado por los hombres de traje. Jamás volví a saber de él.
Y yo me quedé allí, en el suelo de mármol de mi lujosa prisión, abrazando a mi pequeña chica, sabiendo que nunca, bajo ninguna circunstancia, podría escapar de la sombra del empresario millonario. El lujo y la riqueza eran mi condena eterna, y el precio de mi traición lo pagaría todos los días de mi vida.
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