Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con nosotros en esa fría sala de visitas. Prepárate, porque la verdad detrás de esta historia de lujo, deudas y traición es mucho más impactante de lo que imaginas.
El eco de mis tacones resonaba contra el piso de concreto desgastado de la prisión de máxima seguridad, marcando un ritmo que parecía coincidir con los latidos desbocados de mi corazón.
Estaba aterrada. Cada paso que daba me acercaba más a él, al hombre que alguna vez me juró amor eterno, pero que ahora vivía tras las rejas.
Llevaba puesto un abrigo costoso y joyas que desentonaban por completo con aquel lugar tan deprimente. Todo eso me lo había dado él.
Mi esposo no era un hombre cualquiera. Era un poderoso empresario millonario, dueño de un imperio que había construido con métodos oscuros, los mismos que terminaron quitándole la libertad.
Me había dejado a cargo de todo: las cuentas bancarias, los negocios, y la inmensa mansión en la que ahora me sentía como un fantasma atrapado en una jaula de oro.
A mi lado caminaba mi pequeña chica, aferrada a su osito de peluche con una mano y a mi dedo índice con la otra.
Ella no entendía nada de lo que estaba pasando, solo sabía que veníamos a ver a su papá, a quien extrañaba con toda el alma.
Los guardias nos miraban con una mezcla de curiosidad y desprecio. Sabían perfectamente quién era mi esposo y el poder que aún ejercía, incluso desde adentro de esas paredes de concreto.
Pasamos por tres filtros de seguridad, detectores de metales y puertas de hierro que se cerraban a nuestras espaldas con un ruido sordo y amenazador.
Finalmente, llegamos a la sala de visitas. Era una habitación larga, dividida por un cristal blindado tan grueso que parecía distorsionar la realidad.
Y ahí estaba él. Vestido con ese uniforme naranja que humillaba su estatus de dueño y señor de todo.
A pesar de la ropa de presidiario y los tatuajes que adornaban su piel, su postura seguía siendo la de un rey que observa a sus súbditos.
Se sentó frente a nosotras y me dedicó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Sus ojos seguían siendo oscuros, calculadores, fríos como el hielo.
Tomó el teléfono negro colgado en la pared de su lado del cubículo. Mis manos temblaban tanto que casi no pude sostener el auricular de mi lado.
Me lo llevé a la oreja lentamente, sintiendo el plástico frío contra mi piel sudorosa.
—Princesa, cuánto las extrañé —dijo él, con una voz profunda que hizo vibrar el auricular.
Intenté formar una sonrisa, pero mis labios se negaban a cooperar. El nudo en mi garganta era tan grande que apenas podía respirar.
Estaba a punto de destruir todo. Estaba a punto de confesarle que el lujo de la mansión no me servía de nada si estaba sola, y que había encontrado consuelo en los brazos de otro hombre.
Un hombre que me escuchaba, que no me trataba como a un trofeo, y que no tenía una vida manchada de sangre y negocios ilícitos.
—Yo también te extrañé, papi —dijo mi pequeña chica, acercándose al teléfono para que él pudiera escucharla.
Él la miró con una ternura que solo le reservaba a ella. Pero luego, su mirada se desvió hacia mí.
Era un experto en leer a las personas. Por eso era el dueño de todo. Notó mi palidez, mi rigidez, el miedo que sudaba por cada uno de mis poros.
—¿Qué pasa, amor? —preguntó, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro peligroso—. Te veo muy seria.
Tragué saliva. Era el momento. No había vuelta atrás. Tenía que decirle la verdad antes de que se enterara por alguien más de la calle.
—Prométeme… —mi voz se quebró en la primera palabra—. Prométeme que no te vas a enojar conmigo.
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