—»…pasará a ser propiedad absoluta e irrevocable de la señora Carmen Silva», terminó de leer el Licenciado Valenzuela con voz firme.
Roberto saltó de su silla como si le hubieran prendido fuego, derribando la costosa taza de café que tenía frente a él.
—¡¿Qué diablos está diciendo?! —gritó el hijo mayor, con el rostro enrojecido por la ira—. ¡¿Quién demonios es Carmen Silva?!
Valeria se llevó ambas manos al rostro, completamente pálida, mientras Mauricio miraba al abogado con la boca abierta, incapaz de articular palabra.
El abogado cerró el documento de golpe, manteniendo la compostura ante el estallido de furia de los herederos del imperio millonario.
—La señora Carmen Silva —explicó el abogado con calma exasperante— es la mujer que trabajó como empleada doméstica y cocinera en la mansión durante los últimos treinta años.
La noticia cayó como una bomba atómica en medio de la elegante sala de juntas. El impacto fue brutal y demoledor para los tres hermanos.
—¡Esto es una maldita locura! —chilló Valeria, poniéndose de pie de un salto—. ¡Una simple sirvienta no puede quedarse con una propiedad de lujo de cuarenta millones de dólares!
—Mi padre estaba senil. ¡Estaba loco! —vociferó Mauricio, señalando al abogado de forma amenazante—. ¡Esa mujer seguro lo manipuló en sus últimos días para robar nuestra herencia!
El Licenciado Valenzuela los observó con una mezcla de lástima y profundo desprecio profesional. Sabía perfectamente la clase de personas que eran.
—Les recuerdo que su padre pasó por rigurosos exámenes médicos y psiquiátricos el mismo día que firmó este testamento, precisamente para evitar que ustedes lo impugnaran.
Roberto comenzó a caminar de un lado a otro por la sala, respirando agitadamente, como un animal salvaje acorralado en una jaula de cristal.
—¡Voy a contratar a los mejores abogados del país! —amenazó Roberto—. ¡Voy a hundir a esa mujer en una demanda millonaria que le quitará hasta la risa! ¡No se quedará con mi mansión!
—Pueden intentarlo —respondió el abogado, cruzando los brazos sobre la mesa—. Pero el testamento está blindado. La mansión, las joyas y el arte son legalmente de la señora Carmen.
Valeria comenzó a sollozar de rabia. No podía soportar la idea de que la mujer que les servía el desayuno ahora durmiera en la cama principal de su mansión.
—Pero, Licenciado… —intervino Mauricio, tratando de mantener la calma—. Aún queda el resto del imperio. Las empresas, el dinero en efectivo, las cuentas bancarias offshore.
El abogado asintió lentamente. —Es correcto. Como leí en la primera parte, todas las corporaciones, activos líquidos y cuentas bancarias internacionales pasan a ser propiedad de ustedes tres a partes iguales.
Los hermanos suspiraron, sintiendo un ligero alivio. Aunque habían perdido la joya de la corona, seguirían siendo inmensamente asquerosamente ricos.
—Bueno —murmuró Roberto, arreglándose la corbata con arrogancia—. Al final del día, esa vieja se quedará con una casa enorme que no podrá mantener, y nosotros nos quedamos con la liquidez.
Valeria sonrió con malicia. —Exacto. Los impuestos de esa mansión son millonarios. Esa pobre mujer tendrá que venderla en menos de un año para no ir a la cárcel por evasión fiscal. Y nosotros la compraremos por una miseria.
Los tres hermanos se miraron con complicidad, sintiendo que habían recuperado el control de la situación. Su arrogancia natural volvía a aflorar.
El abogado Valenzuela los dejó celebrar su victoria imaginaria durante unos segundos, mientras abría un pequeño compartimento oculto en su maletín.
De allí, extrajo un sobre negro, mucho más pequeño y delgado que la carpeta principal, cerrado herméticamente con una cinta de seguridad.
—Aún no hemos terminado —anunció el abogado, y su voz sonó tan fría que hizo eco en las paredes de madera de la inmensa habitación.
Los hermanos dejaron de sonreír al instante. Las miradas se clavaron de inmediato en ese misterioso sobre oscuro que descansaba sobre el escritorio.
—Su padre dejó un anexo final. Una condición vinculante y absoluta que se activa únicamente en el momento en que ustedes aceptan las empresas y las cuentas bancarias.
Roberto sintió un sudor frío recorriendo su espalda. —Leyó todo el testamento. No puede haber más cláusulas sorpresa. Es ilegal.
—Es un anexo financiero confidencial —corrigió el juez—. Relacionado directamente con el estado actual de las empresas de las que ahora son dueños absolutos.
El abogado rasgó la cinta de seguridad. El sonido del papel rompiéndose pareció un trueno en medio de la silenciosa oficina.
Extrajo un documento con el sello oficial de las autoridades fiscales y del banco internacional más grande del país.
—Esto, señores —dijo el abogado, levantando el papel—, es el verdadero legado que Don Armando quiso dejarles para darles una última gran lección de vida.
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