El corazón de Valeria latía desbocado mientras caminaba por los largos e iluminados pasillos del pabellón administrativo. El peso de la llave de oro contra su pecho se sentía como si llevara brasas ardiendo.
Una vez dentro de los vestuarios de mujeres, se encerró en el último cubículo del baño. Con las manos temblorosas, sacó el pergamino arrugado y lo desdobló con sumo cuidado para no rasgarlo.
El documento era impecable, a pesar del maltrato. Llevaba el membrete oficial del notario más prestigioso de la ciudad y detallaba una herencia de proporciones inimaginables.
Cuentas bancarias en Suiza, una mansión valorada en más de cincuenta millones de dólares en la zona más exclusiva de la capital, y el control absoluto de un conglomerado de empresas constructoras.
Todo pertenecía legítimamente a Carmen. Y al final del documento, una cláusula estipulaba que, en caso de que Carmen sufriera un «accidente» o fuera encarcelada, el albacea sería el Licenciado Morales.
El plan era perfecto, macabro y sumamente lucrativo. Morales había fabricado pruebas falsas, sobornado a los peritos y hundido a una empresaria brillante para quedarse con su vida entera.
Valeria sintió una mezcla de asco y furia. Ese mismo abogado le había quitado todo a su familia. Ahora, la vida le ponía en bandeja de plata la oportunidad de hacer justicia por ambas.
Esa misma noche, Valeria solicitó cubrir el turno de madrugada en el bloque de aislamiento, alegando que quería ganar horas extras para pagar sus cuentas. El supervisor, ignorando sus verdaderas intenciones, aceptó sin dudar.
Los pasillos del bloque de castigo eran lúgubres y helados. Al llegar a la celda número cuatro, Valeria deslizó la rejilla de metal. Carmen estaba sentada en el suelo, abrazando sus rodillas en la oscuridad.
«Pensé que se lo habías entregado al director», susurró Carmen al ver el rostro de la joven guardia a través de los barrotes.
«Mi padre murió por culpa de las deudas que le inventó el Licenciado Morales», respondió Valeria con voz firme. «Ese hombre es un monstruo. Y los monstruos no merecen vivir en mansiones».
Carmen se acercó a los barrotes, con una chispa de esperanza encendiéndose en sus ojos cansados. «La llave que tienes abre una caja de seguridad en el Banco Central. Allí están los videos y los audios que prueban los sobornos de Morales al juez».
El plan era arriesgado. Valeria tendría que salir de la prisión al amanecer, ir al banco con la autorización que Carmen le firmaría allí mismo, y llevar las pruebas a los medios de comunicación antes de que Morales se enterara.
«Si te descubren, te matarán, Valeria. Morales no dudará en desaparecer a una guardia de seguridad para proteger un imperio de cincuenta millones», advirtió Carmen.
«Ya no tengo nada que perder», sentenció la guardia, pasándole un bolígrafo y un papel a través de las rejas para redactar la carta poder.
Pero justo cuando Carmen terminaba de firmar el documento, un ruido metálico hizo eco en el pasillo. Alguien había bloqueado la puerta principal del bloque de aislamiento.
Pasos lentos, pesados y elegantes se escucharon resonando contra el suelo de concreto. No eran botas de guardia. Eran zapatos de diseñador.
De las sombras emergió la figura del director de la prisión, acompañado de un hombre de traje impecable, maletín de cuero y una sonrisa siniestra que Valeria reconocería en sus peores pesadillas.
Era el Licenciado Morales en persona. Había movido sus influencias para entrar a la prisión a las tres de la mañana.
«Vaya, vaya», dijo Morales, ajustándose las gafas de oro. «Qué conmovedora escena. La reclusa rebelde y la guardia novata haciendo negocios a mis espaldas».
El director sacó su arma reglamentaria y apuntó directamente a la cabeza de Valeria. «Entréganos el testamento y la llave, niñita. Quizás te dejemos salir de aquí con vida».
Morales abrió su maletín y sacó un documento legal. «Es un certificado de defunción. Solo falta poner la hora de tu muerte, Carmen. Un trágico suicidio en tu celda. Qué lástima».
Estaban acorraladas. Sin cámaras en el bloque de aislamiento, Morales tenía el poder absoluto para ejecutar su crimen perfecto y quedarse con toda la fortuna de manera definitiva.
Valeria levantó las manos lentamente, pero sus dedos rozaron el botón de emergencia oculto en la radio de su cinturón. Si lo presionaba, alertaría a toda la prisión, pero el director dispararía antes de que alguien llegara.
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