«¡Suéltela en este mismo instante, Isabella!»
La viuda se congeló. Soltó el brazo de la anciana y giró la cabeza bruscamente para ver quién se había atrevido a darle una orden en su propia casa.
Desde el fondo del pasillo, caminando con una postura recta y una expresión de hielo puro, se acercaba el Licenciado Arturo Guzmán.
Él no era cualquier abogado. Era el representante legal más temido y respetado de la ciudad, y el albacea exclusivo de toda la inmensa fortuna de Roberto Maldonado.
El Licenciado Guzmán llevaba un maletín de cuero negro en una mano y una gruesa carpeta de documentos legales en la otra.
A su lado caminaban dos guardias de seguridad privada que no respondían a Isabella, sino únicamente a la firma de abogados.
«Arturo, gracias al cielo», intentó disimular Isabella, componiendo una sonrisa nerviosa mientras se alisaba el vestido. «Esta mujer entró sin permiso. Estaba a punto de llamar a la policía para que la saquen.»
El abogado se detuvo frente a ellas. No le devolvió la sonrisa a la viuda. En su lugar, miró a la anciana con un profundo respeto y le hizo una leve reverencia.
«La señora sí puede pasar», sentenció el abogado Guzmán, con un tono de voz que no admitía ningún tipo de réplica o discusión.
Isabella sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Su rostro se puso rojo de rabia y vergüenza ante todos los invitados.
«¿Qué estás diciendo, Arturo? ¡Yo soy la dueña de esta casa! ¡Yo soy la viuda! ¡Yo decido quién entra y quién sale!», gritó Isabella, perdiendo los estribos por completo.
«Usted no decide nada hoy, Isabella», respondió el abogado con una calma letal, abriendo su pesada carpeta frente a la mirada atónita de todos.
El silencio en la mansión era absoluto. Solo se escuchaba la respiración agitada de la viuda y el crujir de los costosos zapatos de cuero del abogado.
«El señor Roberto Maldonado dejó instrucciones muy claras y estrictas antes de morir», continuó Guzmán, elevando la voz para que todos los presentes pudieran escuchar cada palabra.
«Y una de esas instrucciones era que esta ceremonia no podía concluir, ni el testamento podía ser leído, hasta que Doña Carmen estuviera presente en esta sala.»
Los murmullos estallaron de nuevo. ¿Doña Carmen? Nadie en el exclusivo círculo social del millonario había escuchado jamás ese nombre.
Isabella miró a la anciana de arriba abajo, escupiendo las palabras con desprecio: «¿Y se puede saber quién diablos es esta mujer y por qué mi esposo la metería en nuestro testamento?»
«Esa es precisamente la razón por la que estamos todos aquí», dijo el abogado, girándose hacia la anciana. «Doña Carmen, ¿trajo lo que Don Roberto le confió?»
La anciana, aún temblando por el mal rato, asintió lentamente y le entregó el arrugado sobre manila al abogado.
Isabella sintió un sudor frío recorrer su espalda. Sabía que Roberto había estado actuando extraño en los últimos meses de su enfermedad, pero nunca imaginó que tuviera secretos de este calibre.
Ella había pasado años asegurándose de aislarlo de cualquier familiar lejano para ser la única beneficiaria de la inmensa herencia. Había vigilado cada correo, cada llamada y cada visita.
¿Cómo había logrado Roberto contactar a esta mujer? ¿Qué contenía ese maldito sobre?
El abogado Guzmán tomó un abrecartas de plata que descansaba sobre una mesa cercana y, con un movimiento preciso, rompió el sello del sobre manila a la vista de todos.
Del interior, extrajo un papel amarillento y desgastado por el tiempo. No parecía un documento legal moderno, sino más bien un contrato antiguo, escrito a máquina hace décadas.
Junto al papel, cayó en la mano del abogado una pesada llave de hierro forjado y una pequeña fotografía vieja en blanco y negro.
Al ver la fotografía, Isabella palideció. Pudo distinguir vagamente la imagen de un joven Roberto, mucho antes de ser rico, sonriendo abrazado de una mujer.
«Hace treinta y cinco años», comenzó a leer el abogado con voz profunda, «mucho antes de los lujos, las empresas y las mansiones, Roberto Maldonado lo perdió todo.»
La viuda tragó saliva, sintiendo que el pánico se apoderaba de su garganta. Todos los socios de negocios del difunto escuchaban fascinados.
«Estaba en la calle, con deudas que amenazaban su vida, y nadie en este mundo de cristal quiso ayudarlo», relató el abogado, mirando fijamente a los invitados adinerados.
«Nadie, excepto una persona que confió en él ciegamente. Alguien que hipotecó su humilde hogar y le entregó los ahorros de toda su vida para que él pudiera fundar su primera empresa.»
Guzmán se acercó a Isabella, acercándole el documento antiguo a la cara. Era un pagaré. Un documento legal vinculante, firmado y notariado décadas atrás.
«Roberto nunca olvidó esa deuda. Y sabía perfectamente, Isabella, que usted intentaría destruir su verdadero legado en cuanto él cerrara los ojos.»
La respiración de la viuda se agitó. «¡Eso es basura! ¡Yo soy su esposa! ¡La ley me protege! ¡Todo lo que es de él me pertenece a mí!»
El abogado esbozó una sonrisa que heló la sangre de todos los presentes. Era la sonrisa de alguien que está a punto de dar el golpe de gracia.
«Tiene usted toda la razón, Isabella. Todo lo que estaba a nombre de Roberto, ahora le pertenece a usted», dijo Guzmán, pausando dramáticamente.
La viuda soltó un suspiro de alivio y una sonrisa arrogante volvió a formarse en su rostro. Pero su triunfo duraría apenas unos segundos.
«El único problema, querida viuda…», añadió el abogado, levantando la voz para el gran final, «…es que esta mansión no está a nombre de Roberto desde hace más de diez años.»
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