Si vienes desde Facebook, seguramente te quedaste con el corazón en la boca y la intriga de saber qué fue lo que encontramos detrás de esa pared y, sobre todo, qué era ese sonido de respiración que nos heló la sangre. Prepárate, porque la historia que estás a punto de leer supera cualquier ficción; lo que Max, nuestro perro, descubrió esa noche no solo salvó nuestras vidas de la ruina financiera, sino que destapó uno de los misterios más grandes de nuestra ciudad. Ponte cómodo, porque la verdad es impactante.
Para entender por qué estábamos viviendo en esa situación tan precaria, primero debo explicarles cómo llegamos ahí. Mi esposo, Roberto, y yo, habíamos tocado fondo. La crisis económica nos había golpeado con una brutalidad que jamás imaginamos. Roberto había perdido su empresa de construcción debido a una deuda millonaria que un socio deshonesto nos dejó antes de huir del país, y yo, abogada de profesión, llevaba meses sin conseguir un caso importante que nos permitiera pagar las facturas acumuladas. Estábamos ahogados. Los bancos llamaban a todas horas, amenazando con quitarnos lo poco que nos quedaba.
Fue entonces cuando apareció la oportunidad de la casa. No era una casa cualquiera; era un antiguo apartamento en la planta baja de un edificio que alguna vez fue lujoso, ubicado en el centro histórico. La propiedad había pertenecido a Don Gregorio Almazán, un empresario multimillonario conocido en la región por sus excentricidades y su inmensa fortuna en bienes raíces, quien había desaparecido misteriosamente hacía diez años sin dejar rastro ni testamento. La propiedad había pasado a manos del estado y luego a una subasta pública por falta de pago de impuestos. Nadie la quería. Decían que tenía "mala energía", que estaba maldita. Pero el precio era ridículamente bajo, casi un regalo.
—Es esto o la calle, Elena —me dijo Roberto aquel día, mirando la fachada despintada con ojos cansados—. Con lo poco que nos queda de ahorros podemos comprarla, reformarla nosotros mismos y venderla por el triple. Es nuestra única salida para pagar la deuda del banco.
Accedí, aunque con un nudo en el estómago. Compramos el lugar y nos mudamos de inmediato. La casa era enorme, de techos altos y pasillos largos, pero estaba en ruinas. Había humedad, el papel tapiz se caía a pedazos y el sistema eléctrico era un desastre. Sin embargo, teníamos a Max, nuestro perro mestizo que habíamos adoptado de la calle años atrás. Él siempre había sido un perro tranquilo, de esos que se pasan el día durmiendo en el sofá. Hasta que llegamos a esa casa.
Desde la primera noche, el comportamiento de Max cambió radicalmente. No quería comer, caminaba inquieto por las habitaciones y, lo más extraño de todo, se obsesionó con un punto específico en el pasillo principal: una pared lisa, pintada de un color crema sucio, que colindaba, teóricamente, con el hueco de la escalera del edificio.
Al principio, pensamos que era el estrés de la mudanza. —Ya se acostumbrará, está nervioso por los olores nuevos —decía Roberto mientras intentaba arreglar una tubería en la cocina.
Pero pasaron los días y la situación empeoró. Max se pasaba las horas sentado frente a esa pared, gimiendo bajito. A veces, soltaba un ladrido seco y retrocedía, como si algo lo hubiera asustado. Otras veces, pegaba la nariz al zócalo y olfateaba frenéticamente.
La quinta noche fue cuando todo se volvió insoportable. Roberto y yo estábamos en la cama, intentando dormir después de una jornada agotadora de lijar pisos. De repente, un aullido desgarrador nos despertó. No era un ladrido normal; era un sonido de angustia pura. Corrimos al pasillo y encontramos a Max atacando la pared. Estaba frenético, rasguñando el yeso con tal fuerza que sus uñas estaban sangrando. El suelo estaba lleno de polvo y manchas de sangre de sus patas.
—¡Max, basta! —gritó Roberto, intentando apartarlo. Pero el perro, que jamás nos había desobedecido, le gruñó a su propio dueño y volvió a arremeter contra el muro.
Roberto, frustrado y al borde del colapso nervioso por la falta de dinero y sueño, agarró al perro del collar y lo arrastró hacia la cocina para encerrarlo. —¡Mañana mismo llamo a un veterinario o lo regalo, Elena! ¡No puedo con esto! ¡No puedo con la deuda, no puedo con la casa y no puedo con un perro loco! —gritó, golpeando la pared con el puño.
Fue en ese momento de silencio, justo después de su grito, cuando lo escuchamos. Roberto se quedó inmóvil, con el puño aún apoyado en el muro. Me miró, y vi cómo el color desaparecía de su rostro. —Elena... —susurró—. Acércate.
Me acerqué despacio, con el corazón latiéndome en la garganta. Pegué mi oído al concreto frío. Al principio solo escuché el zumbido del silencio, pero luego, ahí estaba. No eran ratas. No era el crujido de las tuberías. Era una respiración. Era rítmica, pesada y profunda. Hhhhaaaaa... Hhhhaaaaa... Venía de adentro de la pared.
Roberto retrocedió asustado. —Hay alguien ahí —dijo con voz temblorosa—. O algo. Max no estaba loco. —¿Qué hacemos? —pregunté, sintiendo un pánico irracional—. ¿Llamamos a la policía? —Si llamamos a la policía y rompen la pared, podrían clausurar la obra. Podrían quitarnos la casa si encuentran algo ilegal. No podemos arriesgarnos, Elena. Si perdemos esta casa, perdemos todo.
Roberto fue al cuarto de herramientas y regresó con un mazo pesado de demolición. Su mirada había cambiado; ya no tenía miedo, tenía determinación. La desesperación de nuestra pobreza y la curiosidad mórbida lo impulsaban. —Voy a tirar esta maldita pared abajo —sentenció.
Levantó el mazo. El primer golpe retumbó en todo el edificio como un disparo de cañón. El yeso se quebró, levantando una nube de polvo asfixiante. Max, desde la cocina, ladraba como poseído.
Roberto golpeó de nuevo. Y de nuevo. Cada impacto hacía vibrar el suelo. Yo iluminaba con la linterna del celular, tosiendo por el polvo. Poco a poco, un agujero oscuro se fue abriendo en el concreto. El sonido de la "respiración" se hizo más fuerte, más claro. Parecía aire siendo succionado y expulsado por una máquina gigante, o los pulmones de una bestia.
Cuando el agujero fue lo suficientemente grande para meter la cabeza, Roberto se detuvo. Estaba sudando a chorros y respiraba agitadamente. —Pásame la linterna —me pidió.
Le entregué el teléfono. Él se inclinó hacia el agujero negro. Introdujo la mano con la luz y miró hacia adentro. Pasaron dos segundos que parecieron eternos. De repente, Roberto soltó un grito ahogado y se tiró hacia atrás, cayendo sentado en el suelo, soltando el celular que quedó dentro del agujero iluminando el interior.
—¡Dios mío! ¡Dios mío, Elena! —balbuceaba, arrastrándose hacia atrás con horror. —¿Qué es? ¡Roberto, dime qué es! —grité, temiendo ver un cadáver o algo peor. —No es una pared... es una puerta. Y está abierta.
Me armé de valor, me acerqué al hueco y miré hacia adentro. Lo que vi me dejó paralizada. No había ladrillos ni tuberías. Había una habitación oculta. Una habitación que no aparecía en ningún plano de la casa. Y en el centro de esa habitación, iluminado por la luz de mi celular en el suelo, había algo que brillaba intensamente y que cambiaría nuestro destino para siempre.
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