El pánico se apoderó de nosotros. Los golpes en la puerta principal eran cada vez más violentos; la madera vieja no resistiría mucho tiempo. Max ladraba defendiendo la entrada, pero sabíamos que no podría detener a quienquiera que estuviera al otro lado.
—¡Tenemos que escondernos! —susurró Roberto, apagando la linterna para no ser vistos. —No hay salida, Roberto. Estamos en un primer piso, las ventanas tienen rejas. Si entran, nos matan —respondí, aferrando la carpeta azul contra mi pecho. Mi mente de abogada trabajaba a mil por hora. Si esa gente venía por las pruebas, no dejarían testigos.
Miré la habitación secreta. Era un búnker. —¡La puerta de la bóveda! —exclamé—. ¡Roberto, ayúdame a cerrar el agujero!
Era imposible cerrar el muro que habíamos roto, pero la habitación secreta tenía su propia puerta de acero original que había quedado oculta tras el yeso falso. Al romper la pared, habíamos expuesto el marco, pero la puerta blindada estaba abierta hacia adentro. —¡Empújala!
Roberto y yo empujamos la pesada puerta de acero oxidado. Chirrió horriblemente. —¡Rápido! —oímos cómo la puerta principal de la casa cedía con un estruendo de madera rota. Pasos pesados entraron en nuestro salón. —¡Busquen en todas partes! ¡El perro estaba ladrando aquí! —ordenó una voz ronca.
Con un esfuerzo sobrehumano, logramos cerrar la puerta blindada justo cuando veíamos las luces de las linternas de los intrusos asomarse por el pasillo. Giramos la manivela interna y los cerrojos cayeron con un golpe seco metálico. Quedamos en oscuridad total, encerrados en la bóveda, escuchando a través del acero.
—¡Jefe, aquí hay escombros! ¡Han roto la pared! —gritó uno de los hombres al otro lado. Siguieron golpes contra el metal. Dispararon dos veces contra la puerta, pero el acero reforzado de Don Gregorio aguantó. Estábamos a salvo, temporalmente, pero atrapados como ratas.
Pasaron horas. Horas de tensión absoluta en la oscuridad, rodeados de millones de dólares que no nos servían de nada si moríamos allí. Roberto me abrazaba, temblando. —Si salimos de esta... —empezó a decir. —Si salimos de esta, haremos lo correcto —le interrumpí—. No podemos quedarnos el dinero sucio, Roberto. Esas pruebas son nuestro seguro de vida.
Cuando amaneció, los ruidos cesaron. Probablemente se habían ido para no alertar a los vecinos con la luz del día, o estaban esperando afuera. Teníamos señal débil en el celular. Hice la única llamada que podía salvarnos. No llamé a la policía local (podían estar comprados, según los documentos). Llamé a un antiguo profesor de la facultad de derecho, un hombre intachable que ahora era Juez Federal en la capital.
—Profesor, necesito ayuda. Tengo las pruebas del caso Almazán —le dije en cuanto contestó. Hubo un silencio largo al otro lado. —No te muevas, Elena. Voy con el equipo táctico.
El rescate fue de película. Escuchamos las sirenas, los gritos de "¡Policía Federal!", y luego, el sonido de herramientas hidráulicas abriendo nuestra prisión.
Cuando salimos, cegados por la luz, vimos que habían arrestado a tres hombres que esperaban en una furgoneta fuera de nuestro edificio. Eran ex-socios de Almazán, los mismos que aparecían en las fotos.
La resolución legal fue larga y compleja. Entregamos todo: el dinero, las joyas y las pruebas. Fue la noticia del año. "Pareja encuentra tesoro de la mafia en apartamento subastado". Pero la justicia, para nuestra sorpresa, fue poética.
Como habíamos entregado el dinero voluntariamente y gracias a las pruebas se pudo recuperar una fortuna mucho mayor en cuentas extranjeras, el Estado nos recompensó legalmente. La ley de hallazgos y la recompensa ofrecida por la familia Almazán (que aún vivía y recuperó su honor) sumaron una cifra considerable.
No nos quedamos con los millones sucios de la maleta, no. Pero recibimos una recompensa legal de $850,000 dólares libres de impuestos, más el valor de las joyas que la familia nos regaló en agradecimiento por limpiar el nombre de su padre.
Pagamos la deuda de Roberto. Reformamos la casa (dejando la pared del pasillo perfectamente lisa, por supuesto) y montamos nuestro propio bufete y constructora. Pero lo más importante fue Max. Ese perro callejero, al que casi regalamos por "molesto", nos salvó la vida y nos hizo ricos.
Hoy, Max duerme en una cama ortopédica de lujo, come filete de primera y tiene el jardín más grande del barrio. Y cada vez que le ladra a una pared... créanme, Roberto y yo corremos a ver qué es. Porque nunca se sabe qué otro secreto puede estar escondido, esperando a ser descubierto.
A veces, los problemas que más nos agobian (como un perro ladrando sin parar o una deuda impagable) son en realidad las llaves de nuestra libertad. Solo hay que tener el valor de derribar el muro para ver qué hay detrás.
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