El misterioso pago del millonario Don Ernesto: ¿Cómo un hombre que murió hace ocho días pudo entregar una fortuna?
El secreto del testamento y la deuda del más allá
Don Chui se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, tratando de recuperar la compostura frente al joven. Patricio, aún con los billetes en la mano, no entendía por qué el ambiente se sentía tan fúnebre.
—Aquí mirando la foto del recordatorio de mi compadre Don Ernesto y me puse a llorar —confesó el taxista con la voz entrecortada, señalando el papel que sostenía.
Patricio sintió un escalofrío que le recorrió toda la columna vertebral. Se quedó paralizado, con el brazo extendido y el dinero a la vista. Sus pensamientos empezaron a girar a mil por hora. ¿Recordatorio? ¿Compadre? No tenía sentido.
—¿Cómo así? No lo entiendo... ¿Cuál foto de recordatorio? —balbuceó el joven, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies.
Don Chui lo miró con extrañeza, como si Patricio estuviera bromeando con algo sagrado. Suspiró profundamente y le mostró el papel. Era una tarjeta de invitación a una misa de réquiem, con la fotografía de Don Ernesto y una fecha que no podía ser real.
—Sí muchacho, Don Ernesto murió hace ocho días; tenía problemas en el corazón —explicó el anciano taxista con una resignación dolorosa—. Lo enterramos el viernes pasado. Fue un golpe muy duro para todos los que lo conocíamos de verdad.
Patricio retrocedió un paso, chocando casi con la carrocería del taxi. Su pulso se aceleró y empezó a sudar frío. Metió la mano en su bolsillo y apretó los billetes que aún sentía allí. Eran reales. Tenían olor, textura, peso.
—¡Pero eso es imposible! —gritó Patricio, llamando la atención de un par de transeúntes—. ¡Hace unos minutos Don Ernesto me entregó un dinero para que se lo dé a usted! Él me pidió ese favor en la esquina del café. Me abrazó, Don Chui. ¡Yo sentí su abrazo!
El rostro de Don Chui pasó de la tristeza al asombro absoluto. Se enderezó, dejando de apoyarse en el auto, y miró fijamente a Patricio. El joven sacó el dinero y se lo mostró. Eran billetes auténticos, suficientes para pagar no solo un viaje de taxi, sino quizás una deuda millonaria de gratitud.
—Ese martes... el último día que lo vi con vida, lo traje del hospital —susurró Don Chui, con la voz volviendo a quebrarse—. Estaba muy débil. Cuando llegamos, me confesó que no tenía efectivo en ese momento para pagarme. Yo le dije que no importaba, que somos compadres, que me interesaba su bienestar más que unos pesos. Él me prometió que se pondría al día, que nadie se quedaba sin cobrar lo que era suyo.
Patricio escuchaba la historia y no podía creerlo. La precisión de los detalles coincidía perfectamente con lo que el "espíritu" o la aparición de Don Ernesto le había dicho minutos antes. El joven miró hacia la esquina del Café Central, pero no había rastro del anciano. Solo el bullicio normal de una ciudad que no se detiene ante los milagros.
—Él me dijo que era el dinero que le debía por el viaje del martes —repitió Patricio en estado de shock—. Y me dijo que hoy partía lejos, que era la última vez que nos veríamos.
Don Chui tomó los billetes con manos temblorosas. Al revisarlos, notó algo que Patricio no había visto. Entre los billetes había una pequeña nota escrita con una caligrafía elegante, propia de un hombre educado, de un dueño de negocios que no dejaba cabos sueltos. La nota mencionaba un nombre que Patricio conocía bien: el de un prestigioso abogado de la ciudad.
El misterio se hacía cada vez más profundo. ¿Por qué un hombre millonario usaría a un joven humilde para pagar una deuda de taxi después de muerto? ¿Qué había realmente en ese mensaje oculto entre los billetes?
Patricio miró a la cámara de su celular, que había estado grabando parte de su recorrido para un blog personal, y sintió la necesidad de compartir esto con el mundo. Había algo más grande aquí, una herencia o un testamento que Don Ernesto quería que saliera a la luz a través de las manos de alguien honesto.
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