El Millonario Testamento de Don Jacinto y el Secreto que su Esposa Intentó Enterrar
La llamada secreta y la traición en la mansión
Don Jacinto levantó la mano con firmeza, ordenando a sus guardaespaldas que se detuvieran. El peso de su autoridad se hizo sentir de inmediato en todo el lugar.
El empresario se inclinó, ignorando el dolor de sus articulaciones, y miró fijamente al pequeño que seguía de rodillas en el suelo alfombrado de hojas secas.
—Muchacho —dijo Don Jacinto con una voz grave, cargada de una mezcla de dolor, incredulidad y una pequeña chispa de desesperada esperanza—. ¿Sabes lo que estás diciendo? Este es el entierro de mi hija. No puedes venir a inventar historias aquí.
El niño, temblando de frío y de miedo al ver a tantos hombres trajeados a su alrededor, negó con la cabeza repetidamente, apretando los puños.
—No le estoy mintiendo, patrón, se lo juro por mi madre que está en el cielo —respondió el niño, con la voz entrecortada por los sollozos—. Su niña sigue respirando ahí dentro. Yo estuve en su casa anoche... yo lo escuché todo.
Mariana intervino rápidamente, colocándose entre Don Jacinto y el niño, tratando de cortar la conversación de manera tajante.
—Jacinto, por amor de Dios, este niño está demente o quiere dinero —aseguró ella, agitando las manos adornadas con costosos anillos de diamantes—. Está interrumpiendo el descanso de nuestra hija. Deja que la seguridad se lo lleve a la policía ahora mismo.
Pero Don Jacinto ya no la estaba escuchando a ella. Su mente de empresario analítico y su instinto de padre se habían activado de golpe al notar la excesiva insistencia y el nerviosismo de su esposa.
—Déjalo hablar, Mariana —sentenció Don Jacinto con frialdad. Luego se volvió de nuevo hacia el menor—. Habla, niño. Dime cómo entraste a mi propiedad y qué fue exactamente lo que escuchaste.
El pequeño tragó saliva, limpiándose las lágrimas con la manga de su suéter gris, y comenzó a relatar una historia que comenzó a encajar las piezas de un rompecabezas macabro.
—Yo me meto a los jardines de las mansiones grandes a buscar frutas o cosas que tiran a la basura, patrón —confesó el niño de la calle—. Anoche, pasadas las doce, me salté la barda trasera de su casa y me escondí cerca de los ventanales grandes del jardín.
Don Jacinto asintió lentamente, sabiendo que la seguridad de la parte trasera había estado baja debido al caos de los preparativos del funeral.
—Estaba buscando qué llevarme cuando vi a esa señora —continuó el niño, señalando directamente a Mariana con su dedo índice—. Ella salió al balcón del segundo piso. Estaba hablando por teléfono con un hombre. Pensó que nadie la veía porque todo estaba oscuro.
Mariana soltó una risa nerviosa, buscando apoyo en los abogados de la familia que observaban la escena con profunda atención profesional.
—Esto es ridículo, un invento absoluto de un delincuente juvenil —reclamó ella, aunque una fina gota de sudor frío comenzaba a bajar por su cuello.
—¡No es ningún invento! —gritó el niño, desesperado por ser creído—. Yo escuché cuando ella le decía a ese hombre que el plan había salido perfecto. Dijo que le había dado unas gotas raras a la niña en su leche para adormecerla por completo, para que los médicos pensaran que ya no tenía vida.
Don Jacinto sintió un golpe invisible en el estómago. Las gotas raras. Recordó que Mariana había insistido en llevarle la cena a la niña esa última noche, algo que usualmente hacían las niñeras.
—Dijo que las gotas duraban tres días —prosiguió el menor, sin detenerse—, y que cuando el viejo tonto, o sea usted, patrón, firmara los papeles de la herencia y enterrara a la niña, ellos vendrían por la noche a sacarla para llevarse la fortuna y huir juntos. ¡Dijo que la niña despertaría hoy bajo tierra!
Un silencio sepulcral, más denso que el de la propia muerte, cayó sobre el cementerio. Los familiares se miraron entre sí, horrorizados. Los abogados del empresario de Nelson Oro inmediatamente cruzaron miradas de sospecha legal.
Mariana se puso completamente pálida, perdiendo el control de su fachada de luto. Sus ojos se abrieron con pánico absoluto.
—¡Mentira! ¡Es una conspiración contra mí! ¡Jacinto, no vas a creerle a este muerto de hambre antes que a tu propia esposa! —gritó ella, intentando tomarlo del brazo.
Don Jacinto se apartó de ella con una mirada que destilaba una furia ancestral. El dolor del luto se transformó instantáneamente en una rabia ciega y decidida.
Se puso de pie con toda la imponencia de sus seis pies de altura. Miró hacia el horizonte, donde los sepultureros esperaban congelados con las cuerdas en las manos.
—¡Alto! ¡Detengan todo! —bramó Don Jacinto con una voz que resonó en cada rincón del cementerio, una orden imponente que no admitía réplicas—. ¡Saquen ese ataúd de la fosa y abran esa caja ahora mismo!
Los sepultureros, asustados por la intensidad del millonario, reaccionaron de inmediato. Comenzaron a tirar de las cuerdas, subiendo el pesado ataúd de madera clara de vuelta a la superficie, colocándolo sobre el césped húmedo.
Mariana intentó correr hacia la salida del cementerio, pero dos de los guardaespaldas de Don Jacinto, por orden directa del empresario, le cerraron el paso de inmediato, sujetándola firmemente por los brazos.
Don Jacinto se acercó al ataúd. Un cerrajero de la empresa fúnebre corrió con las herramientas necesarias para romper los sellos de seguridad de oro macizo.
Cada segundo que pasaba se sentía como una eternidad. El sonido de las herramientas metálicas chocando contra los cerrojos aceleraba el pulso de todos los presentes. El suspenso era insoportable.
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