—¿Despedido? —Claudio soltó una risa nerviosa, incrédula—. Tío, no puedes despedirme de la familia. Soy tu único heredero. Soy quien ha estado a tu lado... —¿A mi lado? —Lo corté en seco, caminando hacia él hasta quedar cara a cara—. Has estado a mi lado como un buitre esperando que el animal caiga. Has estado contando los minutos para mi muerte. Te vi anoche, Claudio. Vi la decepción en tu cara cuando me viste vivo. Escuché cómo pedías los papeles del funeral antes de que mi cuerpo se enfriara.
Me giré hacia mis abogados, que miraban la escena estupefactos. —Quiero que redacten un nuevo testamento hoy mismo. Claudio queda excluido de cualquier beneficio, propiedad o activo. Se le cortan las tarjetas de crédito corporativas y se le prohíbe la entrada a cualquiera de mis residencias y oficinas. Tiene una hora para sacar sus cosas de mi casa.
—¡No puedes hacerme esto! —gritó Claudio, perdiendo los estribos, lanzándose hacia mí. Roberto y dos guardaespaldas lo interceptaron antes de que pudiera dar dos pasos, inmovilizándolo con facilidad. —Sáquenlo de aquí —ordené—. Y si vuelve a acercarse a mí o a Lucía, llamen a la policía.
Mientras arrastraban a mi sobrino fuera de la sala de juntas, gritando insultos y amenazas legales que sabía que no llegarían a nada, sentí una paz inmensa. Una carga más pesada que la enfermedad se había levantado de mis hombros.
Me acerqué a Lucía. Ella dejó de jugar con el bolígrafo y me miró. —¿Ya se fue el hombre malo? —preguntó. —Sí, pequeña. Ya se fue. Y no va a volver.
Ese día cambió mi vida para siempre. Los médicos intentaron escribir "papers" sobre mi caso, llamándolo una anomalía estadística. Buscaron explicaciones en mi dieta, en el ambiente, incluso en errores de diagnóstico previos. Nunca pudieron explicarlo. Pero yo sé la verdad. Yo sé que hay cosas en este mundo que el dinero no puede comprar y que la ciencia no puede medir. La pureza de un corazón inocente tiene un poder que desafía a la muerte.
Adopté a Lucía legalmente tres meses después. No fue un proceso fácil dada mi edad, pero con el mejor equipo legal del país y mi salud recuperada, lo logramos. Ella no solo se convirtió en mi hija, se convirtió en mi razón de vivir.
Hoy, cinco años después, sigo vivo. He vendido gran parte de mis empresas para crear la "Fundación Lucía", dedicada a ayudar a niños huérfanos y a financiar investigaciones para tratamientos contra el cáncer. Ya no paso mis días en salas de juntas firmando fusiones hostiles. Ahora paso mis tardes en el parque, el mismo parque donde la conocí, viendo cómo corre y juega, sana y feliz.
Mi testamento ha cambiado. Mi fortuna ya no irá a engordar la vanidad de un pariente ingrato. Cada centavo que tengo, cuando finalmente me llegue la hora —esta vez de verdad—, será para asegurar que ningún niño tenga que decir que "sus padres se fueron hace mucho" sin tener un techo donde resguardarse.
Aprendí la lección más cara de mi vida casi al final de ella: Un título universitario o una cuenta bancaria pueden colgarse en la pared o imprimirse en un papel, pero la verdadera riqueza se ve en cómo tratas a los demás. Nunca desprecies a quien parece no tener nada, porque muchas veces, son ellos quienes tienen el poder de salvarte.
Lucía no solo curó mi cáncer. Curó mi alma. Y eso, amigos míos, vale más que todos los millones del mundo.
Si vienes desde Facebook, seguramente te quedaste con el corazón en la boca y la…
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con el corazón en un puño al leer…
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…