La oscuridad de la habitación solo era rota por las luces parpadeantes de los monitores médicos. Eran las tres de la madrugada. El silencio de la mansión era sepulcral, como si la casa misma estuviera conteniendo la respiración esperando mi último suspiro. El dolor había remitido, pero no por una mejoría, sino por esa insensibilidad aterradora que precede al final. Mi respiración era superficial, un estertor rasposo que llenaba mis oídos.
De repente, la puerta se abrió con un chirrido suave. —¡No puede entrar ahí! —susurró agresivamente la enfermera de turno que Claudio había contratado. —Déjeme —era la voz de Lucía, firme, sin el miedo habitual de una niña—. Él me está esperando.
Hubo un forcejeo breve, pero Lucía se escabulló. La vi entrar en mi campo de visión, una pequeña silueta en pijama acercándose a la cama de un moribundo. La enfermera entró detrás de ella para sacarla, pero, y esto lo juro por mi vida, los monitores comenzaron a pitar erráticamente cuando intentó agarrar a la niña. —Déjala... —logré graznar. Mi voz sonó como vidrios rotos, pero fue suficiente. La enfermera, asustada o quizás por simple piedad ante un último deseo, retrocedió y se quedó junto a la puerta, cruzada de brazos.
Lucía se subió a la silla junto a mi cama. No lloraba. En sus ojos no había esa lástima que veía en los demás, sino una determinación feroz. —No te vas a ir todavía, Arturo —me dijo. Era la primera vez que me llamaba por mi nombre sin el "Don". —Estoy cansado, pequeña... —susurré, cerrando los ojos.
—No —dijo ella, y colocó sus dos manos pequeñas sobre mi abdomen, justo donde el cáncer había devorado mi páncreas y se extendía como una hiedra venenosa hacia mi hígado—. Tienes frío por dentro. Voy a quitarte el frío.
Lo que sucedió a continuación es difícil de describir con palabras lógicas. Al principio, sentí el calor normal de sus manos. Pero luego, ese calor comenzó a intensificarse. No era un calor que quemara la piel; era una vibración profunda que penetraba músculo, grasa y órgano. Sentí como si alguien hubiera encendido una pequeña hoguera en el centro de mi estómago.
Empecé a sudar. La enfermera se acercó alarmada al ver los monitores. —Su temperatura está subiendo. Tiene fiebre, tengo que llamar al doctor —dijo, buscando una jeringa. —¡No! —gritó Lucía sin apartar las manos—. ¡No lo toques! Está luchando.
Yo estaba paralizado, pero no por la enfermedad, sino por la sensación. Era como si millones de hormigas eléctricas recorrieran mis venas, persiguiendo el dolor y disolviéndolo. Comencé a ver imágenes en mi mente, recuerdos de mi infancia, momentos en los que fui feliz antes de ser rico, la cara de mi madre... y en medio de todo, una luz dorada, cegadora, que emanaba del punto donde las manos de Lucía me tocaban.
El calor se volvió casi insoportable. Sentí ganas de gritar, pero el aire no salía. Mi cuerpo se arqueó sobre la cama. —¡Está convulsionando! —gritó la enfermera, corriendo hacia el teléfono para llamar a Claudio y al médico.
—Saca lo malo, saca lo malo, saca lo malo... —repetía Lucía como un mantra, con los ojos cerrados fuertemente y el ceño fruncido en un esfuerzo supremo. Podía ver gotas de sudor perlando su frente. Estaba pálida, como si estuviera transfiriendo su propia energía vital hacia mí.
De repente, sentí un "clic" interno. Como cuando un hueso dislocado vuelve a su lugar, o como cuando se rompe una fiebre alta. Una ola de frescura recorrió mi cuerpo desde la cabeza hasta los pies. El dolor agudo, ese cuchillo que llevaba meses clavado en mis entrañas, desapareció. Simplemente se esfumó.
Caí de espaldas sobre las almohadas, jadeando, empapado en sudor. Lucía retiró las manos y se tambaleó. La enfermera la atrapó antes de que cayera al suelo; la niña se había desmayado del agotamiento. —¡Lucía! —intenté gritar. Y para mi sorpresa, el grito salió fuerte. Claro. Potente.
Me senté en la cama. Me senté solo. Sin ayuda. Sin dolor. La enfermera me miró con los ojos desorbitados, el teléfono colgando de su mano. —Don Arturo... —balbuceó—. Usted... usted no debería poder moverse.
Minutos después, la habitación se llenó de gente. Claudio entró apresuradamente, ajustándose la bata de seda, seguido por el médico principal que se veía adormilado y molesto. —¿Qué pasa? ¿Ya falleció? —preguntó Claudio sin siquiera mirarme, dirigiéndose a la enfermera.
—No, sobrino —dije yo. Mi voz resonó en la habitación con una autoridad que no había tenido en años. Claudio se giró, y su rostro palideció tanto que parecía que el muerto fuera él. Me vio sentado en el borde de la cama, desconectándome yo mismo los cables de los sensores. —Tío... pero... el doctor dijo...
El médico se acercó corriendo, sacando su estetoscopio y una linterna. Me examinó frenéticamente. Me palpó el abdomen. Revisó mis ojos. Tomó mi pulso. Su ceño se fruncía cada vez más. —Esto es imposible —murmuraba—. La distensión abdominal ha desaparecido. La ictericia en los ojos... se ha ido. Sus constantes vitales son las de un hombre de cuarenta años.
—¿Qué estás diciendo? —exigió Claudio, con una mezcla de pánico y furia—. ¡Ayer dijiste que le quedaban horas! ¡El cáncer no desaparece por arte de magia! ¡Seguro es una mejoría temporal antes de la muerte, eso pasa, ¿verdad?!
—Claudio —lo interrumpí, poniéndome de pie. Mis piernas temblaban un poco por la falta de uso, pero me sostenían—. Cállate.
A la mañana siguiente, exigí que me llevaran al hospital para realizar pruebas completas. Escáneres, resonancias, análisis de sangre. Todo. Quería ver la ciencia detrás de lo que sentía. Lucía había despertado unas horas después, hambrienta y sonriente, como si nada hubiera pasado, aunque yo notaba que me miraba con una complicidad silenciosa.
Cuando los resultados llegaron dos días después, el jefe de oncología del hospital solicitó una reunión urgente. Entró en la sala de juntas donde yo esperaba junto a Claudio (que sudaba copiosamente) y mis abogados. El médico puso las radiografías en el visor de luz.
—Don Arturo, en mis treinta años de carrera, nunca he visto algo así —comenzó, limpiándose las gafas con nerviosismo—. Donde hace 48 horas había una masa tumoral de ocho centímetros envolviendo la arteria mesentérica... ahora solo hay tejido cicatricial.
Hubo un silencio absoluto en la sala. —¿Qué significa eso? —preguntó uno de mis abogados. —Significa que el tumor ha desaparecido. No hay actividad cancerosa detectable en su cuerpo. Es una remisión espontánea completa. Es... es un milagro biológico.
Claudio golpeó la mesa con el puño. —¡Eso es ridículo! ¡Los exámenes deben estar mal! ¡Exijo que se repitan! ¡Ese viejo está senil y enfermo, esto es una estafa!
Fue en ese momento, viendo la ira en los ojos de mi propia sangre ante la noticia de mi salvación, cuando entendí todo. Miré a Lucía, que estaba sentada en una silla giratoria al fondo de la sala, jugando con un bolígrafo, ajena a los millones de dólares que flotaban en el aire. Ella me había salvado dos veces: me salvó del cáncer y me salvó de cometer el peor error de mi vida con mi herencia.
Me levanté lentamente, me abotoné el saco de mi traje italiano —que ahora me quedaba un poco grande, pero que pronto llenaría de nuevo— y miré a mi sobrino. —Claudio —dije con una calma helada—, estás despedido.
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