Rogelio intentó levantarse, apoyándose en un sofá de terciopelo. El dolor físico había mutado; ahora era un frío intenso que le recorría la espina dorsal.
—Tú... tú deberías estar muerta —balbuceó el millonario, mirando a la mujer con una mezcla de terror y asombro.
—Muchos lo pensaron —respondió ella, sin perder la calma—. Cuando nos echaste de las tierras, cuando quemaste las casas para construir tu primer complejo turístico, pensaste que el hambre y el frío acabarían con nosotros. Pero aquí estoy, Rogelio. Soy Carmen. La viuda de tu socio.
Un murmullo recorrió la sala. Los empleados más antiguos conocían los rumores. Se decía que la fortuna de Don Rogelio no había comenzado con trabajo duro, sino con una traición. Se decía que había tenido un socio, un hombre bueno que "desapareció" misteriosamente antes de que el negocio explotara en millones.
—Yo no hice nada ilegal... —intentó defenderse Rogelio, aunque su voz temblaba—. Los papeles... el juez dijo que todo era mío.
—El juez que tú compraste —interrumpió Carmen, levantando la vieja carta—. Pero esto... esto no lo pudo comprar tu dinero. Es el testamento original. La cesión de derechos que mi esposo nunca firmó, pero que tú falsificaste. Y aquí, pegada detrás, está la prueba de tu caligrafía, guardada por años, esperando el momento justo.
Rogelio sintió que el aire le faltaba. Si ese documento salía a la luz, no solo perdería su dinero. Iría a la cárcel. A sus setenta años, moriría tras las rejas. Pero lo peor no era el miedo a la cárcel, era ese dolor insoportable en el pecho que volvía con más fuerza cada vez que intentaba mentir.
—¡Aaahhhg! —gritó de nuevo, cayendo de rodillas—. ¡Quítalo! ¡Quema ese papel! ¡Te daré diez millones de dólares ahora mismo!
Carmen negó con la cabeza, una sonrisa triste en sus labios.
—No entiendes nada, Rogelio. Tu cuerpo te está pasando la factura que tu conciencia evadió por décadas. Cada centavo que tienes está manchado. Ese dolor que sientes es el peso de todas las familias que dejaste en la calle. El dinero no es el antídoto. El dinero es el veneno.
—¿Entonces qué quieres? —suplicó él, arrastrándose hasta sus pies—. ¡Dime qué tengo que hacer! ¡No aguanto más!
—Tienes que devolverlo —dijo ella firmemente—. Todo.
La sala quedó en silencio absoluto. ¿Todo? ¿El imperio inmobiliario? ¿Las cuentas en Suiza? ¿Los autos deportivos?
—¿Estás loca? —susurró Rogelio—. Eso es imposible. Soy el hombre más rico de la región. No puedo quedarme en la calle.
—Entonces quédate con tu dolor —dijo Carmen, dando media vuelta para irse—. Y prepárate, porque esta noche será la última. Tu corazón no aguantará hasta el amanecer con esa carga.
Rogelio sintió una punzada tan violenta que su visión se nubló. Vio la oscuridad acercándose. Vio el final. Y en ese abismo, se dio cuenta de que sus millones no podían comprar ni un segundo más de vida. Vio sus autos convertidos en chatarra, su mansión convertida en ruinas. De nada servía ser el rey del cementerio.
—¡ESPERA! —gritó con las últimas fuerzas que le quedaban—. ¡Espera, Carmen!
La mujer se detuvo en el umbral de la puerta.
—¡Llamen al abogado! —ordenó Rogelio a sus empleados, jadeando—. ¡Llamen al notario! ¡Ahora mismo! ¡Que vengan todos!
El jefe de seguridad corrió al teléfono. El médico miraba la escena atónito.
—¿Qué vas a hacer, Rogelio? —preguntó Carmen, sin voltearse del todo.
—Voy a hacer lo que debí hacer hace treinta años —dijo él, llorando—. Si esa es la única cura, la tomaré. Prefiero ser un mendigo vivo que un millonario muerto y condenado.
Media hora después, la mansión estaba llena de gente. El abogado personal de Rogelio, el Licenciado Martínez, había llegado pálido y sudoroso, con un maletín lleno de documentos.
—Don Rogelio, le suplico que reconsidere —decía el abogado, revisando los papeles con manos nerviosas—. Esto es una locura. Está cediendo el control total de las empresas, las propiedades, las cuentas... está transfiriendo todo a nombre de la cooperativa de campesinos que representa esta señora. ¡Se quedará sin nada! ¡Esto es un suicidio financiero!
—¡Cállese y escriba! —gritó Rogelio, aunque su voz ya sonaba diferente. El dolor seguía ahí, pero algo estaba cambiando.
Rogelio tomó la pluma. Su mano, que había firmado sentencias de desalojo y contratos millonarios corruptos, ahora temblaba sobre el papel que lo dejaría en la ruina. Miró a Carmen. Ella lo miraba fijamente, sin odio, pero sin compasión. Solo esperando justicia.
La punta de la pluma tocó el papel. Rogelio cerró los ojos, respiró hondo y firmó.
Lo que sucedió en el momento exacto en que terminó de trazar su firma fue algo que el doctor Hoffman nunca pudo explicar en sus libros de medicina. Fue un milagro o una brujería, dependiendo de quién contara la historia.
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