Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con aquel hombre y la niña a la que detuvo bruscamente antes de subir al barco. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante de lo que imaginas y lo que parecía un acto de crueldad, terminó siendo la clave de un evento que sacudió a toda la ciudad.
El sol caía a plomo sobre el muelle de San Cristóbal. El calor era tan intenso que el asfalto parecía derretirse bajo los pies descalzos de Lucía. A sus doce años, conocía cada rincón de ese puerto mejor que su propia historia. Sabía dónde se escondían los cangrejos cuando subía la marea y, lo más importante, sabía a qué hora llegaban los turistas adinerados.
Lucía llevaba dos días sin probar un plato de comida decente. Su estómago rugía con una ferocidad que le provocaba mareos, pero su dignidad la mantenía erguida. No le gustaba mendigar, prefería ofrecer servicios: limpiar zapatos, cargar bolsas o guiar a los extranjeros. Sin embargo, ese martes el puerto estaba extrañamente vacío.
Solo había una embarcación que destacaba entre los botes pesqueros oxidados y las lanchas de alquiler. Era el “Reina de los Mares”, un yate impresionante de tres niveles, blanco impoluto, con detalles cromados que brillaban bajo el sol como joyas recién pulidas. Se decía que pertenecía a Don Roberto Valdés, un magnate de la industria tecnológica, conocido por su inmensa fortuna y sus excentricidades.
Lucía se acercó con cautela. El olor a combustible se mezclaba con el aroma inconfundible de algo delicioso que cocinaban a bordo: carne asada. El humo que salía de la cubierta superior era una tortura para ella. Se quedó parada junto al bolardo de amarre, observando con ojos grandes y esperanzados.
Fue entonces cuando lo vio. Don Roberto salió a la cubierta principal. Vestía una camisa de lino blanca y pantalones color crema, el uniforme no oficial de los millonarios en vacaciones. Parecía relajado, sosteniendo una copa de cristal. Cuando sus ojos se cruzaron con los de la niña, su expresión cambió. No fue una mirada de desprecio, sino una de extraña invitación.
—¡Eh, tú! —gritó él, agitando la mano—. ¡Sí, tú, la de la camiseta azul! Ven aquí.
El corazón de Lucía dio un vuelco. ¿La estaba llamando? Miró a los lados para asegurarse de que no le hablara a otra persona. No había nadie más.
—¿Yo, señor? —preguntó con voz tímida, apenas audible por el ruido de las gaviotas.
—Claro que tú. Te ves hambrienta. Sube, tengo demasiada comida aquí y mis invitados no han llegado. Sería un pecado tirarla —dijo él con una sonrisa amplia y paternal.
La niña no podía creer su suerte. Era como si un ángel hubiera bajado del cielo. Olvidando el protocolo del puerto y las advertencias de su madre sobre los extraños, corrió hacia la pasarela de madera lustrada que conectaba el muelle con el lujo inalcanzable.
Sus pies golpearon la madera con entusiasmo. Ya podía saborear la carne, imaginaba un vaso de jugo frío y quizás, solo quizás, unas monedas por su compañía. Estaba a solo tres pasos de pisar la cubierta del yate cuando Don Roberto se adelantó rápidamente.
El cambio fue drástico.
El hombre que segundos antes sonreía con amabilidad, se abalanzó hacia la barandilla. Extendió su brazo y agarró la muñeca de Lucía con una fuerza descomunal, deteniéndola en seco justo antes de que ella pudiera poner un pie en la alfombra de bienvenida. El tirón fue tan fuerte que Lucía soltó un pequeño grito de dolor.
—¡Suélteme! —gimió ella, asustada, pensando que había caído en una trampa.
Pero entonces vio su rostro. Don Roberto ya no sonreía. Estaba pálido, con una capa de sudor frío cubriendo su frente a pesar de la brisa marina. Sus ojos estaban desorbitados, llenos de un pánico genuino que heló la sangre de la niña.
Él tiró de ella hacia él, pero no para subirla, sino para acercar su rostro al de ella. Miró frenéticamente hacia el interior de la cabina de lujo, asegurándose de que nadie escuchara, y susurró con una voz quebrada y urgente:
—¡No subas! ¡Vete ahora mismo, niña! —Su aliento era agitado—. Adentro hay hombres armados... son rebeldes. Me obligaron a llamarte para que subieras y usarte como escudo si llega la policía. Si pones un pie en este barco, nos matan a los dos. ¡Corre y no mires atrás!
Lucía sintió que el mundo se detenía. La promesa de comida se desvaneció, reemplazada por el terror puro. En ese instante, a través del reflejo en las gafas de sol que Don Roberto llevaba colgadas en la camisa, vio un movimiento detrás de las cortinas de terciopelo del salón principal.
Algo metálico brilló. Era el cañón de un rifle de asalto.
Don Roberto la empujó levemente hacia atrás, soltándola.
—¡Vete! —articuló sin voz.
Lucía retrocedió, tropezando con sus propios pies. El instinto de supervivencia se apoderó de ella. Dio media vuelta y corrió hacia los contenedores de carga apilados en el muelle, buscando refugio. Su corazón latía tan fuerte que le dolía el pecho. Se lanzó detrás de unas cajas de pescado vacías, jadeando, y desde su escondite, se asomó con cautela.
Lo que vio a continuación confirmó que aquella no era una pesadilla, sino una situación de vida o muerte que apenas comenzaba.
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