Desde su escondite entre las cajas de pescado y viejas redes, Lucía tenía una vista perfecta, aunque aterradora, de la cubierta del “Reina de los Mares”. El olor a pescado podrido era nauseabundo, pero el miedo la mantenía inmóvil.
Apenas unos segundos después de que ella huyera, tres hombres salieron de la lujosa cabina. No vestían como marineros ni como turistas. Llevaban ropa militar desgastada, botas pesadas y rostros cubiertos parcialmente con pañuelos tácticos. Lo más alarmante eran las armas automáticas que colgaban de sus hombros con una naturalidad escalofriante.
Uno de ellos, un hombre corpulento con una cicatriz visible sobre la ceja, agarró a Don Roberto por el cuello de la camisa y lo empujó violentamente contra la barandilla.
—¡Te dije que la subieras! —gritó el hombre, su voz resonando en el muelle vacío—. Necesitábamos un civil. Alguien desechable para que la guardia costera no se atreviera a disparar si nos interceptan. ¡¿Por qué la dejaste ir?!
Don Roberto, a pesar de estar visiblemente aterrorizado, mantuvo una dignidad sorprendente. Se enderezó como pudo y miró a su captor a los ojos.
—Es una niña —dijo con voz firme, aunque temblorosa—. No voy a permitir que involucren a una inocente en esto. Tienen mis claves bancarias, tienen acceso a las cuentas en Suiza. Llévense el dinero, pero dejen de jugar con vidas humanas.
El rebelde soltó una carcajada seca y le propinó un golpe con la culata del rifle en el estómago. El millonario se dobló de dolor, cayendo de rodillas sobre la cubierta inmaculada.
—El dinero es solo una parte, Valdés —gruñó el líder—. Tu yate nos va a sacar de estas aguas territoriales. Y tú vas a ser nuestro pasaporte. Sin la niña, tú eres el único seguro de vida que tenemos. Si la policía se acerca, te volamos la cabeza en transmisión en vivo.
Lucía escuchaba todo, temblando. Entendió rápidamente la gravedad del asunto. Esos hombres no eran simples ladrones; eran un grupo organizado buscando financiación y escape. Don Roberto, en un acto de valentía extrema, le había salvado la vida a costa de poner la suya en mayor riesgo.
"Tengo que hacer algo", pensó Lucía. Pero, ¿qué podía hacer una niña de doce años contra tres mercenarios armados?
Miró hacia la garita de seguridad del puerto. Estaba vacía. El guardia de turno solía dormir la siesta a esa hora o irse al bar de la esquina. No había nadie a quien pedir ayuda. Si corría a la estación de policía, tardaría al menos veinte minutos en ir y volver. Para entonces, el yate ya habría zarpado y Don Roberto estaría perdido.
Vio cómo uno de los rebeldes subía al puente de mando para encender los motores. El rugido de los potentes motores diésel rompió el silencio de la tarde. El agua alrededor del casco comenzó a agitarse. Se estaban yendo.
La desesperación agudizó los sentidos de Lucía. Sus ojos recorrieron el muelle buscando algo, cualquier cosa. Vio las cuerdas de amarre, gruesas como serpientes, tensándose mientras el barco intentaba alejarse. Y entonces, vio algo más.
Junto a los suministros de mantenimiento del muelle, había una carretilla con varios bidones de gasolina roja, destinados a las pequeñas lanchas de los pescadores, y una caja de bengalas de emergencia.
Una idea peligrosa y descabellada cruzó su mente.
Lucía se movió como un fantasma entre las sombras, acercándose a los bidones. Pesaban mucho, pero la adrenalina le daba fuerzas que no sabía que tenía. Arrastró uno de los bidones hasta el borde del muelle, justo donde la popa del yate estaba a punto de girar.
Con manos temblorosas, desenroscó la tapa y volcó el contenido sobre las tablas del muelle y parte del agua, creando un charco inflamable justo en la única salida del barco. Luego, tomó una de las bengalas. Nunca había usado una, pero había visto a los pescadores hacerlo mil veces.
"Por favor, que funcione", rezó.
En el barco, el líder de los rebeldes notó el movimiento en el muelle.
—¡Allí! —gritó, señalando hacia las cajas—. ¡La niña sigue ahí! ¡Acabad con ella!
El hombre del rifle se giró, apuntando directamente hacia donde estaba Lucía. El tiempo pareció ralentizarse. Ella vio el ojo del hombre a través de la mira telescópica. Sabía que tenía una fracción de segundo antes de que la bala la alcanzara.
Sin pensarlo más, tiró del cordón de la bengala. Una luz roja, cegadora y chisporroteante, estalló en su mano. Con un grito de esfuerzo, la lanzó hacia el charco de gasolina.
El disparo sonó al mismo tiempo.
Una bala impactó en la madera, a centímetros de su cabeza, lanzando astillas contra su cara. Pero ya era tarde para los rebeldes. La bengala tocó el combustible.
¡BOOM!
Una pared de fuego se alzó instantáneamente entre el muelle y el yate. El calor era infernal. Las llamas no alcanzaron el barco, pero crearon una barrera visual y, lo más importante, una columna de humo negro y espeso que se elevó hacia el cielo, visible a kilómetros de distancia. Era la señal de auxilio más grande que alguien pudiera imaginar.
El yate tuvo que frenar bruscamente para no atravesar las llamas. Los rebeldes, confundidos por el fuego y el humo, empezaron a toser y a perder la visibilidad.
—¡Maldita sea! —se escuchó gritar desde el barco—. ¡Vámonos, olviden a la niña!
Pero el destino tenía otros planes. El ruido de la explosión y la columna de humo habían alertado a alguien mucho más rápido que la policía local. A lo lejos, el sonido inconfundible de las sirenas de la Patrulla Costera y un helicóptero de la marina comenzaron a acercarse a toda velocidad.
Lucía, aturdida por la explosión y con los oídos zumbando, intentó levantarse, pero tropezó. Uno de los rebeldes, furioso al ver frustrado su escape silencioso, decidió que no se iría sin cobrarse una vida. Desde la cubierta, apuntó nuevamente, esta vez con calma, directo al pequeño cuerpo de la niña que yacía en el suelo.
Don Roberto, aprovechando la distracción del fuego, vio la intención del asesino.
—¡NO! —gritó el millonario.
Con las manos aún atadas a la espalda, Don Roberto se lanzó en una placaje suicida contra las piernas del hombre armado. El rifle se disparó hacia el cielo, pero el rebelde, enfurecido, sacó un cuchillo de su bota y se preparó para clavarlo en la espalda del millonario.
Todo pendía de un hilo. La vida de ambos estaba a punto de extinguirse en ese muelle olvidado.
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