Javier miró la pantalla de la laptop, desesperado. Decía "Transferencia Completada". El dinero debía estar ahí.
—El dinero se fue, Roberto. ¡Lo vi salir! —gritó Javier, aunque su voz temblaba de pánico.
—Viste una simulación —respondió Roberto con calma, cruzándose de brazos—. Mi equipo de ciberseguridad creó un entorno espejo para tu usuario hace tres días. Todo lo que has hecho en esa computadora, cada clic, cada firma, cada movimiento bancario... ha sido en un servidor fantasma. No has movido ni un solo centavo real, Javier. Lo único que has hecho es generar evidencia digital irrefutable de tu intento de robo.
La puerta de la habitación se llenó de uniformes negros. Eran agentes de la policía federal y el equipo de seguridad privada de élite que Roberto había coordinado.
—¡Suelte el arma! —gritó uno de los oficiales apuntando con un rifle de asalto a Javier.
Javier, temblando incontrolablemente, dejó caer la pistola al suelo y levantó las manos. Parecía un niño asustado, muy lejos del hombre arrogante de hace cinco minutos.
Lorena intentó cubrirse con la sábana, llorando histéricamente.
—¡Roberto, por favor! ¡Me obligó! —gritó ella, señalando a Javier—. ¡Él me manipuló! Yo no quería, amor, te lo juro, él me dijo que si no lo ayudaba te haría daño...
Roberto la miró con una frialdad que heló la sangre de todos en la habitación.
—No te canses, Lorena —dijo él—. Las cámaras de seguridad de la casa tienen audio. Las que mandé instalar ocultas la semana pasada. Tengo grabaciones de ustedes dos planeando esto mientras bebían mi vino y se reían de mí. Escuché cómo planeaban dejarme en la calle. No hay coacción. Hay avaricia.
Un oficial se acercó y esposó a Javier, empujándolo contra la pared. Otro oficial le ordenó a Lorena que se vistiera para ser trasladada a la comisaría.
Mientras se llevaban a su hermano, Javier se detuvo un segundo frente a Roberto.
—Soy tu sangre... —susurró Javier, con los ojos llenos de lágrimas—. No puedes mandarme a la cárcel.
Roberto se acercó a su oído y le susurró:
—Tú dejaste de ser mi hermano en el momento en que apuntaste esa pistola a mi pecho por dinero. Tienes el mejor abogado de la ciudad, Javier, porque lo pago yo... pero esta vez, lo usaré para asegurarme de que te pudras en una celda el máximo tiempo posible.
Cuando se los llevaron, la casa volvió a quedar en silencio.
Roberto se quedó solo en la habitación desordenada. Miró la cama desecha, los documentos falsos y la computadora.
Se agachó y recogió la pequeña caja de terciopelo azul que había tirado al principio. La abrió. El collar de diamantes brillaba intensamente, ajeno a la tragedia humana que acababa de presenciar.
Caminó hacia la ventana y vio cómo las patrullas se alejaban con las luces azules y rojas girando, llevándose su pasado, su amor y su confianza.
Esa noche, Roberto durmió en un hotel. Al día siguiente, puso la mansión en venta. No podía vivir entre esas paredes.
Seis meses después:
Roberto recuperó el control total de sus empresas. El divorcio fue rápido gracias a las pruebas abrumadoras. Lorena se quedó sin nada, obligada a volver a vivir con sus padres en un pequeño apartamento, trabajando como recepcionista para sobrevivir. Javier fue sentenciado a 15 años de prisión por fraude mayor, malversación y tentativa de homicidio.
Roberto aprendió la lección más cara de su vida, y no le costó dinero, sino dolor.
Ahora, cuando llega temprano a casa, lo recibe su perro, un Golden Retriever que adoptó poco después. No hay lujos excesivos, ni fiestas vacías. Vive en una casa más pequeña, más cálida.
Entendió que la lealtad no se compra con joyas ni con puestos ejecutivos. La lealtad es un regalo que muy pocos pueden dar, y que el dinero, por mucho que tengas, nunca podrá garantizar.
A veces, perder a quienes creías amar, es la única forma de ganarte a ti mismo de nuevo.
FIN.
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…
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