La habitación olía a perfume caro y a traición. Roberto sentía que las piernas le pesaban toneladas, pero la adrenalina comenzaba a sustituir al shock inicial.
—¿Mi dinero? —repitió Roberto, apretando los puños—. Todo lo que tienes te lo di yo. Te saqué de la calle cuando perdiste todo en el juego, Javier. Te di un puesto, te di acciones...
—¡Me diste migajas! —gritó Javier, poniéndose de pie de un salto. Su rostro se enrojeció de ira—. ¡Siempre fuiste el favorito, el exitoso, el genio! "Roberto esto, Roberto aquello". Yo era solo el contador que te firmaba los cheques. Pero adivina qué... quien controla los libros, controla el imperio.
Lorena encendió un cigarrillo, allí mismo, en la cama. Sabía que Roberto odiaba que fumaran en la casa. Era un gesto de desafío total.
—Roberto, por favor, no hagas un drama —dijo ella, exhalando el humo hacia el techo—. Nuestro matrimonio murió hace años. Solo eres una chequera con piernas. Nunca estás, nunca escuchas. Javier... él siempre estuvo ahí.
—¿Estuvo ahí? —Roberto rió, una risa seca y dolorosa—. ¿Estuvo ahí o estuvo planeando cómo robarme?
Roberto miró los papeles en la cama. Reconoció uno de ellos. Era una autorización de traspaso de bienes inmuebles.
—¿Firmaste eso? —preguntó Roberto, señalando el papel con mano temblorosa—. ¿Firmaste un poder sobre mis propiedades?
—Es comunidad de bienes, cariño —dijo Lorena con una sonrisa venenosa—. Lo que es tuyo es mío. Y como tengo tu firma electrónica... bueno, digamos que Javier es muy hábil con las contraseñas que tú descuidadamente dejas anotadas en tu despacho.
Javier se rio y tomó la computadora portátil, girándola para que Roberto viera la pantalla.
—Mira esto, hermano. Es hermoso.
En la pantalla se veía una barra de progreso. Una transferencia bancaria internacional.
Monto: $12,500,000 USD. Estado: 98% completado. Destino: Banco de Zúrich, Suiza.
—Son los fondos de reserva de la empresa —dijo Roberto, pálido. Si ese dinero salía, la empresa quebraría en una semana. Cientos de empleados a la calle. Deudas impagables. Cárcel por fraude fiscal.
—Exacto —dijo Javier—. Nos vamos, Roberto. Lorena y yo. Nos vamos a Europa. Tú te quedas con la casa... bueno, lo que queda de ella, porque está hipotecada hasta el cuello desde la semana pasada. No te diste cuenta, ¿verdad? Firmaste tantos papeles el mes pasado que ni leíste la hipoteca de segundo grado.
Roberto recordó. Javier le había llevado una pila de contratos de "rutina" para firmar entre reuniones. Confiaba tanto en él que firmó sin leer la letra pequeña.
—Son unos monstruos —murmuró Roberto.
—Somos listos —corrigió Lorena—. Y tú eres un hombre ocupado que descuidó a su mujer y a su negocio.
La barra de progreso en la pantalla marcaba 99%.
—No pueden hacer esto —dijo Roberto, dando un paso hacia la computadora.
Javier sacó algo de debajo de la almohada.
Una pistola.
Roberto se detuvo en seco. El cañón plateado apuntaba directamente a su pecho.
—No te acerques, Roberto —advirtió Javier. Sus manos no temblaban. Estaba decidido—. Faltan diez segundos para que la transferencia termine. Después de eso, nos vestiremos y nos iremos. Si intentas detenernos, diré que entraste violento y tuve que defender a Lorena. ¿A quién le creerán? ¿Al empresario estresado o a la pobre esposa víctima y su cuñado protector?
El silencio volvió a la habitación. Solo se escuchaba el zumbido del ventilador de la laptop.
Roberto miró a los ojos de su hermano. Vio odio puro. Años de envidia acumulada.
Miró a su esposa. Vio indiferencia.
Estaba solo. Completamente solo frente al cañón de un arma y la ruina financiera total.
La computadora emitió un pitido alegre.
"Transferencia Completada Exitósamente".
Javier sonrió, una sonrisa de triunfo absoluto.
—Listo. Eres pobre, hermano. Bueno, no pobre, pero estás arruinado.
Lorena aplaudió, como una niña pequeña recibiendo un regalo.
—Vístete, amor —le dijo a Javier—. Vámonos antes de que llame a la policía, aunque de nada le servirá. El dinero ya está en Suiza.
Javier bajó el arma ligeramente, confiado en su victoria.
Roberto, sin embargo, hizo algo que ninguno de los dos esperaba.
En lugar de llorar, en lugar de suplicar, o de atacar... Roberto comenzó a reír.
Empezó con una risa baja, gutural, que poco a poco se convirtió en una carcajada sonora, mucho más fuerte que las que ellos tenían antes.
Javier y Lorena se miraron, confundidos.
—¿De qué te ríes, imbécil? —gritó Javier, volviendo a apuntar el arma—. ¡Acabas de perderlo todo!
Roberto se limpió una lágrima de la mejilla, respiró hondo y sacó su teléfono celular del bolsillo. La pantalla estaba encendida.
No estaba grabando un video. Estaba en una llamada.
—¿Escuchaste todo eso, Comandante? —dijo Roberto al teléfono.
Una voz grave y metálica respondió desde el altavoz del celular, lo suficientemente alto para que se escuchara en toda la habitación.
—Fuerte y claro, Señor Roberto. Tenemos la confesión de fraude, intento de homicidio con arma de fuego y conspiración. Mis hombres están entrando ahora.
El color desapareció del rostro de Javier. Lorena soltó el cigarrillo sobre la sábana, quemándola.
—¿Qué... qué hiciste? —balbuceó Javier.
—¿Crees que llegué temprano por casualidad? —dijo Roberto, su voz ahora era de acero puro—. ¿Crees que soy tan estúpido como para no notar que faltaba dinero en las cuentas pequeñas? Hace dos semanas contraté una auditoría forense externa, Javier. Sabía que me robabas. Solo no sabía que te acostabas con ella. Eso fue... un bonus desagradable.
De repente, se escucharon pasos pesados en la escalera. No eran pasos normales. Eran botas tácticas.
—Ah, y sobre la transferencia... —agregó Roberto, mirando la pantalla de la laptop con desprecio.
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