Caminos del Destino

EL MILLONARIO DETUVO EL FUNERAL DE SU ÚNICA HEREDERA AL DESCUBRIR UNA FORTUNA ESCONDIDA EN EL ATAÚD

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con el corazón en la boca al leer sobre el grito que detuvo el entierro más caro de la ciudad. Prepárate, porque la historia detrás de ese "cadáver" y la traición que estaba a punto de consumirse es mucho más oscura y fascinante de lo que imaginas. Lo que Don Armando encontró en ese cementerio cambiaría las leyes de su herencia para siempre.

El cielo sobre la ciudad parecía reflejar el estado de ánimo de Don Armando Valdez. Nubes negras, pesadas y cargadas de una tormenta inminente cubrían el exclusivo cementerio "Jardines del Descanso", un lugar reservado solo para la élite, para aquellos cuyas cuentas bancarias tenían más ceros que años de vida.

Don Armando, conocido como el "Rey del Acero", permanecía de pie frente al agujero en la tierra, impecable en su traje negro de diseñador italiano, aunque por dentro se sentía como un edificio en demolición.

A su lado, el ataúd de caoba barnizada con incrustaciones de oro guardaba —supuestamente— el cuerpo de Lucía, su única hija, su heredera universal, la niña de sus ojos que apenas tenía 24 años.

Según el informe del médico forense y las palabras de su prometido, Esteban, Lucía había sufrido un infarto fulminante debido a una condición cardíaca no detectada. Todo había sido rápido. Demasiado rápido.

Alrededor de Don Armando se congregaba la "crema y nata" de la sociedad: socios comerciales, banqueros, jueces y abogados. Todos ponían caras largas y ofrecían condolencias ensayadas, pero Don Armando, con su instinto de tiburón de los negocios, podía oler la hipocresía en el aire.

Sabía que muchos de ellos no estaban allí por tristeza. Estaban allí para ver qué pasaría con la inmensa fortuna, con las acciones de la empresa y con las propiedades inmobiliarias que ahora, tras la muerte de la heredera, quedarían en el limbo.

—Es hora, señor Valdez —susurró Esteban, el prometido de Lucía.

Esteban era un abogado joven, ambicioso y apuesto. Llevaba un pañuelo en la mano y se secaba lágrimas que, curiosamente, nunca dejaban sus ojos rojos. Él era quien había organizado todo el funeral con una prisa sospechosa, alegando que "quería darle descanso eterno a su amada lo antes posible".

Don Armando asintió lentamente, sintiendo que le arrancaban el alma. Los enterradores, hombres vestidos con uniformes grises, tomaron las cuerdas para bajar el pesado cofre a la oscuridad de la tierra.

El sonido de las correas tensándose fue lo único que se escuchó en el silencio sepulcral. Uno de los enterradores dio la señal. El ataúd comenzó a descender.

Fue en ese preciso instante, cuando la caja estaba a punto de cruzar el umbral del suelo, que un alarido rompió la solemnidad del momento.

—¡NOOO! ¡DETENGAN TODO! ¡ELLA NO ESTÁ AHÍ!

El grito fue tan desgarrador y potente que varios de los presentes dieron un salto del susto. Don Armando levantó la vista, confundido, buscando el origen de aquel escándalo.

Desde la entrada del cementerio, un muchacho joven venía corriendo como si el diablo lo persiguiera. No se parecía en nada a los asistentes del funeral. Llevaba unos pantalones de mezclilla rotos, una camiseta sucia de grasa y aceite, y zapatillas desgastadas. Su cabello estaba revuelto y su rostro manchado de hollín.

—¡Seguridad! —gritó Esteban de inmediato, perdiendo la compostura por primera vez en la mañana—. ¡Saquen a ese pordiosero de aquí! ¡Es una falta de respeto a mi prometida!

Dos guardias de seguridad privada, contratados para mantener a la prensa y a los curiosos lejos, interceptaron al joven antes de que llegara a la tumba. Lo taclearon con fuerza, haciéndolo caer sobre el césped húmedo.

—¡Suéltame! —gritaba el chico, forcejeando con una fuerza nacida de la desesperación—. ¡Tengo que hablar con el señor Valdez! ¡Señor Armando, escúcheme!

Don Armando observaba la escena con el ceño fruncido. Normalmente, habría ordenado que se llevaran al intruso para no prolongar su dolor, pero algo en la voz del muchacho le hizo dudar. Había una urgencia real, un pánico genuino que no parecía el de un loco o un borracho.

—¡Sáquenlo ya! —insistió Esteban, visiblemente nervioso, haciendo señas a los guardias para que se lo llevaran a rastras.

—¡Señor Valdez! —bramó el joven, logrando liberar un brazo de la presa del guardia—. ¡Mire esto! ¡Ella me lo dio!

Con un movimiento rápido, el muchacho lanzó un objeto al aire. El objeto brilló bajo la poca luz del sol que se filtraba entre las nubes y cayó a los pies de Don Armando, rebotando sobre el mármol de una tumba vecina.

El millonario bajó la mirada. Su corazón se detuvo por un segundo.

Allí, tirada en el suelo, estaba una cadena de oro blanco con un dije muy particular: un pequeño colibrí con ojos de esmeralda.

Don Armando se agachó lentamente, le temblaban las manos. Tomó la joya y la sintió fría contra su palma.

Nadie más tenía esa cadena. Él mismo la había mandado a hacer en Suiza. Se la había entregado a Lucía esa misma mañana, horas antes de que supuestamente "muriera", como regalo de cumpleaños anticipado. Ella nunca se la quitaba. Se suponía que debía tenerla puesta dentro del ataúd.

—¡Alto! —la voz de Don Armando retumbó más fuerte que un trueno.

Los guardias se congelaron, con el muchacho aún inmovilizado en el suelo.

—¡Suéltenlo ahora mismo! —ordenó el magnate, caminando hacia ellos con la cadena apretada en su puño. Su mirada, que antes estaba apagada por el dolor, ahora ardía con una mezcla de furia y esperanza.

Esteban se acercó rápidamente a Don Armando, poniéndole una mano en el hombro. —Don Armando, por favor, no haga caso. Seguramente ese delincuente se la robó al cuerpo en la morgue o...

—¡Cállate, Esteban! —le espetó Don Armando, quitándose la mano de encima con brusquedad.

El millonario llegó hasta donde estaba el joven, quien jadeaba tratando de recuperar el aire. —¿Cómo tienes esto? —preguntó Armando, mostrándole la cadena—. ¿Quién eres?

—Me llamo Mateo, señor —dijo el chico, poniéndose de pie con dificultad—. Soy mecánico... trabajo en el taller que está detrás de la mansión de su yerno. Y le juro por mi madre que Lucía no está en esa caja.

Un murmullo de asombro recorrió a la multitud. Las señoras de la alta sociedad se llevaban las manos a la boca. Los abogados miraban sus relojes, calculando las implicaciones legales de lo que estaba pasando.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó Armando, acercándose al rostro sucio del mecánico.

—Hace dos horas... vi algo —dijo Mateo, bajando la voz—. Fui a tirar unos repuestos viejos al contenedor que da a la parte trasera de la casa del abogado Esteban. Vi una camioneta negra salir a toda velocidad. Pero antes... antes vi cómo sacaban a la señorita Lucía por la puerta de servicio. Iba drogada, señor, se le caía la cabeza, pero estaba viva.

—¡Mentira! —gritó Esteban—. ¡Este tipo está loco! ¡Quiere extorsionarnos! ¡Lucía murió en mis brazos! ¡El médico certificó su muerte!

—Ella dejó caer esto por la ventanilla cuando la subían a la camioneta —continuó Mateo, ignorando al abogado y mirando fijamente a los ojos al millonario—. Me miró, señor. Me miró a los ojos y movió los labios pidiendo ayuda. Recogí la cadena y corrí hasta aquí. No tengo auto, tuve que venir corriendo.

La tensión en el aire era insoportable. Don Armando miró a Esteban. El abogado estaba pálido, sudando frío a pesar del viento helado. Sus ojos se movían de un lado a otro, buscando una salida.

—Abran el ataúd —ordenó Don Armando.

—¡No! —intervino Esteban, poniéndose delante de la fosa—. ¡Es un sacrilegio! ¡No puede perturbar el descanso de su hija por las mentiras de un vagabundo! ¡Es ilegal! ¡Como su abogado le advierto que...!

—¡Como dueño de todo lo que pisas, te ordeno que te apartes o te juro que te entierro a ti en ese hueco! —rugió Don Armando.

Nadie se atrevió a mover un músculo.

La duda carcomía el alma del millonario. ¿Era posible? ¿Estaba su hija viva? ¿O estaba a punto de cometer la locura más grande de su vida profanando la tumba de su propia hija?

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Anna Arteaga

¡Hola a todos! Soy Anna Arteaga, una alma apasionada por los bonsáis. Mi fascinación por estos árboles en miniatura comenzó en la infancia. Este blog es mi espacio para compartir mi pasión transformada en arte, y para ofrecer consejos prácticos y tutoriales que ayuden a cultivar y mantener la belleza de estos pequeños tesoros de la naturaleza.

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