La noticia del falso funeral y el rescate de Lucía Valdez ocupó las portadas de todos los periódicos y noticieros del país durante semanas. El escándalo fue monumental.
Esteban, el prometido perfecto, fue arrestado y acusado de secuestro, intento de homicidio y fraude. Resultó que sus deudas de juego ascendían a cifras astronómicas y había planeado todo meticulosamente: drogar a Lucía con un cóctel químico que simulaba una muerte clínica, conseguir un certificado de defunción falso con un médico corrupto (que también fue arrestado) y enterrar los sacos de arena mientras él la mantenía secuestrada para obligarla a transferirle sus cuentas en el extranjero antes de desaparecerla definitivamente.
El plan era perfecto, excepto por un detalle que la mente arrogante de Esteban no pudo prever: la bondad de un extraño.
Una semana después del incidente, Don Armando organizó una cena en su mansión. Pero esta vez, no invitó a banqueros, ni a políticos, ni a la "alta sociedad" que lo había acompañado en el cementerio.
La mesa principal estaba servida con los mejores manjares, pero solo había tres sillas ocupadas.
En la cabecera, Don Armando. A su derecha, Lucía, ya recuperada aunque todavía un poco pálida, luciendo su cadena del colibrí. Y a su izquierda, Mateo.
El joven mecánico vestía un traje nuevo que Don Armando le había comprado, aunque se le notaba incómodo con la corbata.
—Mateo —dijo Don Armando, levantando su copa de vino—. He pensado mucho en cómo pagarte lo que hiciste. Me devolviste la vida. No hay cheque en el mundo que pueda cubrir eso.
—No quiero dinero, señor —dijo Mateo rápidamente—. Me basta con saber que la señorita está bien. Además... me dio trabajo en su taller de la flota de camiones, con eso estoy más que agradecido.
Armando sonrió y sacó una carpeta de cuero azul. —Lo sé. Sé que no quieres dinero. Por eso no te voy a dar dinero.
Deslizó la carpeta sobre la mesa hacia Mateo. —Ábrelo.
Mateo abrió la carpeta con manos temblorosas. Eran documentos legales. Vio sellos notariales, firmas y palabras complicadas. —No entiendo, señor... ¿Qué es esto?
—Es el título de propiedad de una casa —explicó Lucía, con una sonrisa dulce—. Y no cualquier casa. Es la casa que está al lado de la de mi padre. Además, esos papeles incluyen una beca completa para que estudies Ingeniería Mecánica en la mejor universidad del país.
Mateo se quedó mudo. Las lágrimas llenaron sus ojos. —Pero... yo no puedo aceptar esto. Es demasiado.
—No es un regalo, hijo —dijo Don Armando, su voz quebrándose por la emoción—. Es una inversión. Invierto en gente buena. Invierto en el futuro. Tú tienes algo que Esteban y todos sus amigos abogados nunca tendrán: integridad. Y quiero que gente como tú esté cerca de mi familia y maneje mis empresas algún día.
Mateo miró a Lucía, quien asintió animándolo a aceptar. Luego miró a Don Armando y, por primera vez, no vio al millonario intimidante, sino a un padre agradecido.
—Gracias... —susurró Mateo—. Prometo que no le fallaré.
—Ya no lo has hecho —respondió Armando.
Años después, Mateo no solo se convirtió en el ingeniero principal de la empresa Valdez, sino que la amistad que nació esa noche trágica floreció en algo más. Se convirtió en la mano derecha de Don Armando y, eventualmente, en el esposo de Lucía.
Pero esta vez, cuando hubo una boda, no fue por interés ni por deudas. Fue por amor, lealtad y gratitud.
Don Armando aprendió la lección más valiosa de su vida aquel día en el cementerio: a veces, los tesoros más grandes no están en las cuentas bancarias ni en los ataúdes de oro, sino en el corazón de quien menos esperas. Y un simple grito, una acción valiente de alguien que no tenía nada, valió más que toda su fortuna.
Nunca juzgues a alguien por su apariencia. La ropa sucia puede esconder un corazón de oro, mientras que un traje elegante puede disfrazar al peor de los monstruos.
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