El Cuarto de Interrogatorios y la Llamada Inesperada
A empujones y jalones, Roberto y sus guardias llevaron a Rosa y a Elena a los sótanos del centro comercial, lejos de las miradas curiosas de los clientes millonarios.
Las metieron a la fuerza en el cuarto de seguridad, una habitación pequeña, fría y sin ventanas, iluminada solo por una luz fluorescente que parpadeaba débilmente.
Doña Rosa temblaba incontrolablemente. Las lágrimas rodaban por sus mejillas arrugadas mientras se aferraba a la mano de su hija. Pensaba en las deudas, en la posibilidad de ir a prisión y en cómo todo su esfuerzo se había derrumbado en un segundo.
—Mamá, tranquila, no nos pueden hacer nada sin la presencia de un juez o la policía —le susurró Elena, tratando de mantener la calma. Sus conocimientos de leyes estaban trabajando a toda marcha.
Roberto, que estaba parado frente a ellas con los brazos cruzados, soltó una carcajada burlona al escuchar a la joven.
—¿Un juez? ¿La policía? Niña estúpida, aquí la ley soy yo —escupió Roberto con desprecio—. Acabas de agredir al jefe de seguridad de la propiedad privada más cara de la ciudad.
El guardia comenzó a caminar de un lado a otro, disfrutando cada segundo de su supuesto poder. Para él, aplastar a personas vulnerables era su pasatiempo favorito.
—Tengo grabaciones, tengo testigos y tengo a los mejores abogados corporativos de mi lado —continuó alardeando Roberto—. Van a pagar una multa tan grande que ni trabajando cien años limpiando retretes podrán cubrir esa deuda millonaria.
Elena, en lugar de asustarse, cruzó las piernas y lo miró fijamente a los ojos. Había una frialdad y una seguridad en su mirada que desconcertó por un segundo al guardia.
—Llama a la policía entonces —desafió Elena, con una voz peligrosamente tranquila—. Y de paso, llama al gerente general de esta plaza. Quiero hablar con el licenciado Valdés.
Roberto frunció el ceño. ¿Cómo sabía esa mocosa de barrio el nombre del director ejecutivo de la empresa? El licenciado Valdés era un abogado elitista que solo trataba con accionistas y dueños de grandes fortunas.
—No me hagas reír, niñita. El licenciado Valdés no tiene tiempo para lidiar con basura. Él solo responde directamente ante don Arturo, el dueño absoluto de este imperio.
Al escuchar el nombre de don Arturo, doña Rosa levantó la mirada por primera vez. Un brillo extraño cruzó por sus ojos, y apretó con más fuerza la mano de su hija.
—Te lo advierto por última vez —dijo Elena, sacando su viejo teléfono celular del bolsillo—. Llama al gerente Valdés, o te juro que cuando él se entere de lo que acabas de hacer, desearás no haber nacido.
La actitud altanera de la joven hizo dudar a Roberto. Había algo en su tono de voz que no cuadraba con el perfil de una simple hija de empleada doméstica. Sin embargo, su orgullo pudo más.
—¡Perfecto! Yo mismo lo voy a llamar para que vea cómo mando a la cárcel a un par de rateras —gritó Roberto, tomando su radio de comunicación de alta frecuencia.
Pasaron unos veinte minutos de tensión insoportable. Doña Rosa rezaba en silencio, mientras Elena miraba la pantalla de su teléfono, esperando el momento exacto.
Finalmente, la pesada puerta de metal del cuarto de seguridad se abrió de golpe. Entró un hombre de unos cincuenta años, vestido con un traje a medida de diseño italiano, maletín de cuero en mano y un reloj de lujo en la muñeca.
Era el mismísimo licenciado Valdés, el terror de los juzgados y la mano derecha del misterioso dueño del centro comercial. Su rostro mostraba una mezcla de fastidio y superioridad.
—¿Qué es tan urgente, Roberto? Estaba revisando unos contratos de inversión millonaria —preguntó Valdés, ajustándose los lentes mientras miraba la habitación con desagrado.
Roberto sonrió de oreja a oreja. Se cuadró militarmente ante su superior y señaló con desdén a Rosa y a Elena, que seguían sentadas en un rincón.
—Señor Valdés, lamento interrumpirlo, pero tenemos un problema de seguridad grave. Esta empleada de limpieza y su hija delincuente me atacaron físicamente frente a los clientes.
El jefe de seguridad infló el pecho, esperando una felicitación. —Las tengo retenidas aquí y ya iba a llamar a las patrullas para iniciar el proceso penal por intento de robo y agresión. Solicito autorización para proceder con todo el peso de la ley.
El licenciado Valdés suspiró, frotándose las sienes como si estuviera lidiando con un niño molesto. Lentamente, giró su cabeza para mirar a las supuestas «delincuentes» de las que hablaba su jefe de seguridad.
Al principio, la escasa luz no le permitió ver con claridad. Pero cuando sus ojos se adaptaron y reconoció el rostro de la mujer mayor que estaba sentada llorando… el maletín de cuero de mil dólares que sostenía en su mano se resbaló y cayó al suelo con un golpe seco.
El color desapareció por completo del rostro del altivo abogado. Sus piernas parecieron temblar y su respiración se cortó de tajo, como si hubiera visto a un fantasma.
Roberto, esperando que Valdés comenzara a gritarles a las mujeres, se frotó las manos con anticipación. Pero el gerente no dijo nada. Simplemente se quedó paralizado, mirando a doña Rosa con puro terror.
—¿Señor Valdés? —preguntó Roberto, confundido por la extraña reacción de su jefe—. ¿Doy la orden para que las esposen ahora mismo?
El silencio en la habitación era asfixiante. El abogado pasó saliva con dificultad, ignoró por completo a Roberto y dio dos pasos lentos hacia doña Rosa. Lo que salió de su boca a continuación fue una frase que heló la sangre de todos los presentes.
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