El director miró la escena con horror. Mateo seguía en el suelo, tocándose la mandíbula hinchada, mientras Leo permanecía inmóvil, esperando su destino.
—¡Ustedes dos, a mi oficina, inmediatamente! —ordenó Vargas, sin aceptar excusas de ninguno.
El camino por los largos y lujosos pasillos del colegio fue eterno. Mateo, que ya había recuperado la consciencia y la arrogancia, caminaba frotándose la cara y escupiendo amenazas en voz baja.
—Estás muerto, imbécil. Mi padre comprará este colegio y te dejará en la calle. Sus abogados te van a arruinar la vida —siseó Mateo con rabia.
Leo no respondió. Sabía que las palabras de Mateo no eran vacías. El padre del chico, Arturo Montenegro, era un empresario implacable, conocido por destruir a sus rivales con demandas millonarias y tácticas sucias.
Al llegar a la oficina, el director los hizo sentar en sillas separadas y llamó a los representantes de ambos.
Quince minutos después, las puertas de la dirección se abrieron de golpe. Arturo Montenegro entró como un huracán.
Llevaba un traje a medida que costaba más de lo que la madre de Leo ganaba en un año. Detrás de él, su asistente personal y su abogado de cabecera lo seguían como sombras.
—¡Exijo la expulsión inmediata de este delincuente! —rugió el millonario, señalando a Leo sin siquiera mirarlo a la cara—. ¡Mi hijo es el heredero de la corporación Montenegro y no voy a permitir que un muerto de hambre lo agreda en esta institución!
El director Vargas, aunque intimidado por la riqueza y el estatus del hombre, intentó mantener la compostura.
—Señor Montenegro, le ruego que se calme. Tenemos protocolos estrictos. Hubo una agresión mutua y debo seguir el reglamento al pie de la letra.
El abogado de Montenegro dio un paso al frente, sacando una libreta con actitud amenazante.
—Si no expulsa a este chico hoy mismo, prepararemos una demanda millonaria contra el colegio por negligencia y falta de seguridad. Usted decide, director.
Vargas suspiró profundamente. Sabía que tenía las manos atadas, pero su deber era cumplir el procedimiento.
—Muy bien —dijo el director, ajustándose las gafas—. Pero el protocolo de seguridad exige que, en caso de violencia física, debamos revisar las pertenencias de los involucrados para descartar que porten armas u objetos peligrosos en el recinto.
Al escuchar esas palabras, el rostro de Mateo cambió drásticamente. Toda su arrogancia desapareció en un instante, reemplazada por un pánico evidente.
—¡No! —gritó Mateo, levantándose de golpe e intentando agarrar su costosa mochila de cuero que estaba sobre el escritorio—. ¡Nadie va a revisar mis cosas, es ilegal!
Arturo Montenegro frunció el ceño, confundido por la repentina desesperación de su hijo.
—Mateo, siéntate. Deja que el director haga su tonto protocolo. No tenemos nada que ocultar —dijo el padre con desdén.
Pero Mateo estaba sudando frío. Intentó forcejear, pero el director fue más rápido y tomó la mochila.
—Son las reglas de la institución, joven Montenegro —dijo Vargas con firmeza, abriendo la cremallera principal.
El director comenzó a sacar libretas de lujo, bolígrafos de plata y una tablet de última generación.
Sin embargo, al llegar al fondo de la mochila, sus manos tocaron algo extraño. No era un libro. No era un arma.
Era una antigua y pesada caja de madera de caoba, cerrada con un pequeño pestillo de bronce.
El director la sacó y la puso sobre el escritorio. Todos en la habitación se quedaron en silencio.
Arturo Montenegro palideció de golpe. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, como si acabara de ver un fantasma.
—¿Qué… qué hace eso aquí? —tartamudeó el millonario, perdiendo toda su postura de poder.
El director abrió la caja. En su interior no había drogas ni navajas.
Había un viejo reloj de bolsillo de oro, con unas iniciales grabadas en la tapa, y un grueso fajo de documentos legales antiguos, con sellos notariales y firmas marchitas por el tiempo.
Leo, que había estado callado todo el tiempo, se puso de pie lentamente, con los ojos fijos en la caja.
Reconocería ese reloj en cualquier parte. Era la única joya de valor que su familia había tenido, la misma que había desaparecido misteriosamente años atrás tras la muerte de su abuelo.
—Ese… ese es el reloj de mi abuelo —dijo Leo, con la voz temblorosa pero firme.
El director frunció el ceño, tomó los documentos y comenzó a leer la primera página. Era un testamento.
Pero no cualquier testamento. Era el documento original que detallaba la herencia legítima de las tierras más valiosas de la ciudad.
Las mismas tierras sobre las que Arturo Montenegro había construido su imperio de mansiones y centros comerciales.
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