El Heredero Millonario que fue Humillado: La Deuda de Honor del Dueño de la Mansión
La apuesta y la furia del heredero
Julián dio un paso hacia atrás para recuperar su postura, pero sus ojos inyectados en sangre delataban que había perdido la compostura. El joven del reloj de oro no podía permitir que un "don nadie" lo desafiara en su propio terreno de juego.
—Vale, acepto —dijo Julián con un tono de voz que vibraba por la furia—. Inténtalo. Si logras que alguien te haga caso, si realmente eres quien dices ser, me arrodillo enfrente de ti ahora mismo, miserable pecoso estúpido.
Los extras que observaban la escena se miraron entre sí, asombrados por el nivel de agresión. Julián continuó con su ataque, acercándose tanto a Adrián que podía oler el aroma a jabón neutro del joven de la camiseta gris.
—Tu familia ni en cien años construye un lugar como este. Este club fue financiado por el consorcio de abogados más prestigioso del país y firmado por un juez federal. ¿Y tú vienes a decir que es tuyo? Eres un estafador o un enfermo mental.
Adrián no se inmutó ante los insultos. Mientras Julián gritaba sobre herencias y estatus social, Adrián simplemente metió la mano en su bolsillo y sacó un pequeño dispositivo de comunicación. Era un radio de frecuencia privada, el tipo de equipo que solo usa el personal de seguridad de alto nivel o los dueños de la propiedad.
—Seguridad, código Alfa en el salón principal —dijo Adrián con calma—. Necesito al jefe de planta y al administrador del club inmediatamente. Tenemos un invitado que ha olvidado las reglas de etiqueta y respeto.
Julián soltó una carcajada nerviosa, mirando a sus amigos buscando apoyo.
—¿Qué crees que haces? ¿Jugando a los espías? —se burló Julián—. Ese radio debe ser de juguete.
Pero la risa se le murió en la garganta cuando, en menos de treinta segundos, cuatro hombres corpulentos vestidos con trajes tácticos y audífonos aparecieron desde las entradas laterales. No caminaban hacia Adrián para sacarlo; caminaban hacia él con la cabeza ligeramente inclinada en señal de respeto.
Detrás de ellos apareció don Roberto, un hombre de unos sesenta años, vestido con un traje a medida que costaba más que el coche de Julián. Roberto era conocido en el mundo de las finanzas como un tiburón, el dueño legítimo de media ciudad y el fundador del Club Diamante.
—¿Hay algún problema, hijo? —preguntó don Roberto, colocando una mano sobre el hombro de Adrián.
El color desapareció del rostro de Julián. Sus rodillas empezaron a temblar. El grupo de amigos que antes reía se dispersó como hormigas, dejando a Julián solo en el centro del salón.
—Este joven dice que soy un mentiroso, papá —explicó Adrián, mirando a Julián con una mezcla de lástima—. Dice que nuestra familia nunca podría construir un lugar así y que yo soy un "pobretón" que debe ser expulsado.
Don Roberto miró a Julián de arriba abajo. Su mirada era como una sentencia judicial. No necesitaba gritar para imponer autoridad; su mera presencia pesaba más que todo el oro del mundo.
—Julián Martínez, ¿verdad? —dijo don Roberto con voz grave—. Tu padre me pidió un préstamo millonario el mes pasado para salvar su empresa de la bancarrota. Ese reloj que llevas puesto probablemente fue comprado con el dinero que yo le presté.
Julián abrió la boca para hablar, pero no salió ningún sonido. Estaba atónito, procesando que el "pobre" al que había humillado era el heredero de la fortuna que mantenía a su propia familia a flote.
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