Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con Eduardo y por qué su esposa lo trataba con tanta crueldad en pleno malecón. Prepárate, porque lo que estás a punto de leer no es solo una historia de desamor, es un caso real de justicia divina donde la avaricia rompió el saco. La verdad detrás de esas gafas oscuras es mucho más impactante y satisfactoria de lo que imaginas.
El calor húmedo de Veracruz se pegaba a la piel como una segunda capa de ropa, pesado y asfixiante. Para Eduardo Santillán, un hombre que hasta hace un año dirigía una de las constructoras más importantes del estado, ese calor no era nada comparado con el frío que sentía en el alma cada vez que Brenda, su esposa, le apretaba el brazo. Caminaban por el malecón, rodeados de turistas que reían, niños que corrían tras las palomas y vendedores ambulantes ofreciendo "glorias" y cocos fríos. El olor a mar y a fritanga llenaba el aire, una mezcla que antes a Eduardo le encantaba, pero que ahora solo le provocaba náuseas.
—Camina más rápido, inútil —susurró Brenda, con esa voz que para el público era dulce miel, pero que en la cercanía de su oído sonaba como el siseo de una serpiente venenosa—. Llegamos tarde a la cita con el notario. Y más te vale que no hagas ninguna estupidez, Eduardo. Recuerda que sin mí, no eres nada. Eres un bulto que nadie quiere.
Eduardo tropezó levemente con un adoquín levantado. No fue un accidente real, sino una actuación calculada. Sintió cómo las uñas de manicura perfecta de Brenda se clavaban en su bíceps, atravesando la fina tela de su guayabera de lino.
—¡Ay, mi vida! ¡Cuidado! —exclamó ella en voz alta, fingiendo una preocupación exagerada para que una pareja de ancianos que pasaba a su lado los mirara con ternura—. Perdónenlo, es que todavía no se acostumbra a... su condición.
Los ancianos sonrieron con lástima. "Qué mujer tan buena", pensaron seguramente. "Qué santa, cuidando a su marido ciego". Si supieran la verdad, si pudieran ver lo que pasaba dentro de la mansión de los Santillán, saldrían corriendo.
La historia de la "ceguera" de Eduardo comenzó seis meses atrás. Un accidente automovilístico, frenos que fallaron misteriosamente en su camioneta de lujo blindada, y un golpe en la cabeza que le apagó el mundo. Los médicos dijeron que era una ceguera cortical temporal, producto de la inflamación. Podía durar semanas, meses o ser permanente.
Durante las primeras semanas, Eduardo vivió en una oscuridad absoluta, dependiente totalmente de Brenda. Y fue ahí, en esa vulnerabilidad, donde ella mostró su verdadero rostro. La mujer amorosa con la que se había casado pensando que era el amor de su vida, se transformó. Empezó a dejarlo solo durante horas sin comida ni agua a su alcance. Empezó a hablar por teléfono frente a él, asumiendo que como no veía, tampoco entendía, o quizás simplemente no le importaba.
Pero hace tres semanas, algo milagroso ocurrió. Eduardo despertó una mañana y vio un haz de luz entrando por la ventana. Borroso, difuso, pero luz al fin. Con el paso de los días, las formas se definieron. Los colores regresaron. Su vista había vuelto.
Estuvo a punto de gritar de alegría, de correr a abrazar a su esposa. Pero justo cuando iba a hacerlo, la vio entrar a la habitación. No estaba sola. Estaba hablando por celular, caminando de un lado a otro con una copa de vino en la mano, a las diez de la mañana.
—Ya te dije que sí, amor —decía Brenda al teléfono, con un tono coqueto que Eduardo no escuchaba hacía años—. El inútil ya va a firmar. El traspaso de las propiedades, las cuentas en el extranjero, todo. Le dije que es un trámite para proteger los activos de una supuesta demanda. Se lo tragó todo. En cuanto firme, lo internamos en ese asilo del que te hablé y nos vamos a Europa. Ya no lo aguanto, me da asco tener que guiarlo como a un perro.
Eduardo se quedó helado en la cama, con los ojos abiertos detrás de sus gafas oscuras, viendo por primera vez al monstruo con el que dormía. En ese instante, tomó la decisión más difícil de su vida: seguiría siendo ciego. Aguantaría las humillaciones, los golpes disimulados y el desprecio, hasta tener las pruebas suficientes para destruirla legalmente.
Ahora, caminando hacia la notaría, el corazón le latía con fuerza. Sabía que hoy era el día final. Iban a ver al Licenciado Morales, el abogado de la familia... y, según había descubierto Eduardo gracias a su "ceguera", el amante de su esposa.
—Si firmas todo rápido, tal vez te compre ese helado que te gusta —le dijo Brenda con tono condescendiente, como si hablara con un niño retrasado, mientras empujaba la puerta de cristal del despacho jurídico.
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