El despacho del Licenciado Morales olía a cuero caro, caoba y a una colonia masculina demasiado fuerte, de esas que intentan enmascarar el olor a tabaco y malas intenciones. El aire acondicionado estaba al máximo, creando un contraste violento con el calor del exterior.
—¡Brenda, querida! Qué gusto verte tan radiante como siempre —saludó Morales. Eduardo, gracias a que podía ver perfectamente a través de sus lentes oscuros, notó cómo el abogado le guiñaba un ojo a su esposa y le rozaba la cintura con demasiada confianza—. Y Eduardo... qué bueno que pudiste venir. Siéntate, por favor.
Eduardo se dejó guiar hasta la silla de cuero frente al imponente escritorio. Hizo un movimiento torpe con la mano, tirando intencionalmente un lapicero del escritorio.
—¡Fíjate, por Dios! —reprochó Brenda, dándole un golpe seco en la rodilla bajo la mesa—. Perdónalo, Licenciado. Está cada día más torpe.
—No te preocupes, mujer. Entendemos la situación —dijo Morales con una voz untuosa—. Vamos a lo que nos atañe. Eduardo, como ya te explicó Brenda, necesitamos reorganizar el patrimonio familiar. Hay unos... rumores de embargo por una vieja deuda fiscal de la constructora. Para proteger tu fortuna, lo mejor es poner las propiedades residenciales, los locales comerciales y las cuentas de inversión a nombre de Brenda temporalmente. Tú quedas como usufructuario, claro está.
Era una mentira burda. Eduardo sabía que sus finanzas estaban impecables. No había ninguna deuda fiscal. Lo que querían era despojarlo de todo: la casa en la playa, el edificio de departamentos en el centro, los autos de colección y, sobre todo, el control de la empresa.
—¿Me puedes leer el documento, Licenciado? —pidió Eduardo, con voz temblorosa, fingiendo miedo—. Ya sabes que no puedo... no puedo leerlo yo mismo.
Morales y Brenda intercambiaron una mirada de complicidad y fastidio.
—Claro, Eduardo, para eso estoy aquí —respondió el abogado. Tomó el documento y empezó a leer. O mejor dicho, a inventar—. "Por medio de la presente, el señor Eduardo Santillán otorga poder de administración sobre los bienes inmuebles citados en el anexo A, con el fin de salvaguardar el patrimonio ante posibles litigios fiscales..."
Eduardo escuchaba atentamente. Mientras el abogado recitaba aquella fantasía legal, los ojos de Eduardo recorrían el papel que estaba sobre el escritorio, al revés para él, pero legible. Las cláusulas eran claras y brutales: "Cesión Total de Derechos", "Donación Irrevocable", "Renuncia a cualquier reclamo futuro". No había ningún "poder de administración"; era un robo a mano armada con bolígrafo y papel timbrado.
—...y así garantizamos tu seguridad financiera —terminó Morales, dejando el papel sobre la mesa y poniendo una pluma Montblanc en la mano de Eduardo—. Solo firma aquí, en la línea punteada. Yo guiaré tu mano si es necesario.
Brenda se inclinó sobre él, su perfume invadiendo su espacio personal.
—Firma ya, Eduardo. Hazlo por nosotros. Por nuestro futuro —susurró, pero sus ojos estaban fijos en el reloj de pared, calculando cuánto faltaba para ser millonaria y libre.
Eduardo sostuvo la pluma en el aire. Su mano temblaba, esta vez de verdad, por la adrenalina que recorría su cuerpo. Estaba a punto de ejecutar su jugada maestra, pero necesitaba que ellos se confiaran al máximo.
—Antes de firmar... —dijo Eduardo, bajando la pluma lentamente— tengo una duda. Brenda, ¿recuerdas el día de mi accidente?
El silencio en la habitación se volvió denso. Brenda se tensó.
—¿Qué tiene que ver eso ahora? —preguntó ella, con la voz un poco más aguda de lo normal—. Fue un accidente terrible, ya lo superamos. Firma.
—Es que... he estado pensando. Ese día, tú insististe en que llevara la camioneta al taller de tu primo para una revisión de frenos, justo una semana antes de que fallaran. Y luego, cuando desperté en el hospital, el doctor te dijo algo sobre mi vista... algo que nunca me dijiste.
La cara de Morales palideció. Miró a Brenda con pánico.
—Eduardo, estás desvariando por el estrés —interrumpió el abogado apresuradamente—. Firma de una vez y vámonos a comer, yo invito.
—No, esperen —continuó Eduardo, girando la cabeza levemente hacia donde sabía que estaba la ventana, como buscando orientación—. Es que si firmo esto, me quedo sin nada, ¿verdad? Porque la cláusula tercera no habla de "protección fiscal". La cláusula tercera dice: "Donación pura, simple e irrevocable de la totalidad de los bienes presentes y futuros a favor de la señora Brenda López".
El tiempo pareció detenerse. El zumbido del aire acondicionado era el único sonido en la oficina. Morales se quedó con la boca abierta. Brenda retrocedió un paso, chocando contra una estantería de libros legales.
—¿Cómo... cómo sabes lo que dice la cláusula tercera? —balbuceó Brenda, con el terror empezando a deformar sus facciones perfectas—. ¡Tú no puedes ver!
Eduardo soltó una risa seca, sin humor. Lentamente, muy lentamente, levantó las manos hacia su rostro.
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