Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con el corazón en un puño al leer el comienzo de esta terrible situación. Es normal que te preguntes cómo un padre pudo permitir algo así o qué pasó exactamente cuando Roberto cruzó la puerta de su casa. Prepárate, porque la verdad detrás de esa llamada es mucho más oscura y reveladora de lo que imaginas, y el desenlace te dejará una lección de vida que jamás olvidarás.
Roberto miró su reloj de oro, un Rolex que costaba más que la casa promedio en la ciudad, y tamborileó los dedos sobre la inmensa mesa de caoba de la sala de juntas. Frente a él, tres abogados y dos socios internacionales esperaban su firma para cerrar el trato más grande del año. Se trataba de una fusión inmobiliaria que le aseguraría a su empresa, y a su familia, un estatus financiero intocable por generaciones.
—Señor Castillo, solo necesitamos su rúbrica aquí y la transferencia de los activos se iniciará automáticamente —dijo uno de los abogados, empujando suavemente un contrato de cincuenta páginas hacia él.
El ambiente era tenso, cargado de esa electricidad silenciosa que solo el dinero en grandes cantidades puede generar. Roberto tomó su pluma estilográfica, dispuesto a firmar. Sin embargo, en ese preciso segundo, su teléfono personal, el que solo tenían dos personas en el mundo, comenzó a vibrar violentamente sobre la mesa.
Cualquier otro hombre lo habría ignorado. Estaba a punto de cerrar un negocio millonario. Pero Roberto tenía una regla de oro: si ese teléfono sonaba, el mundo podía detenerse. Era el número de casa.
—Disculpen un segundo —dijo con voz grave, levantándose de la silla de cuero.
Los socios se miraron entre ellos, molestos por la interrupción. Roberto caminó hacia el ventanal que daba a la ciudad y contestó. Esperaba escuchar la voz de Elena, su cuñada, pidiendo autorización para algún gasto extra o quizás informando sobre algún problema doméstico menor.
Pero no fue Elena quien habló.
—¿Papá? —la voz al otro lado era un hilo apenas audible, roto y tembloroso. Era Lucía, su hija mayor, de catorce años.
—Lucía, cariño, estoy en una reunión muy importante. ¿Pasa algo grave? —preguntó Roberto, tratando de mantener la compostura profesional.
Hubo un silencio al otro lado, solo interrumpido por un sollozo ahogado y lo que parecía ser el sonido de metal chocando contra metal.
—Papá, por favor ven a casa... —susurró la niña, y el terror en su voz heló la sangre de Roberto—. Me duele mucho la espalda. No aguanto más.
—¿Te caíste? ¿Te lastimaste? —Roberto sintió que el estómago se le cerraba.
—No... es que... la tía dice que no puedo parar. Dice que si me siento, soy una malagradecida. Papá, tengo al bebé en brazos y pesa mucho, y las ollas no se acaban nunca. Por favor ven.
La llamada se cortó abruptamente. Roberto se quedó petrificado, mirando el teléfono negro en su mano. Su mente, usualmente ágil para los negocios y los números, tardó unos segundos en procesar lo que acababa de escuchar.
"La tía dice que no puedo parar". "Las ollas no se acaban nunca".
Hacía tres años, tras el fallecimiento de su esposa, Roberto había contratado a Elena, la hermana de su difunta mujer, para que se hiciera cargo de la casa y de los niños. Le pagaba un salario exorbitante, muy por encima del mercado, además de darle acceso a tarjetas de crédito y un vehículo de la empresa. Quería que sus hijos, Lucía y el pequeño Mateo, tuvieran una figura materna, alguien de la familia que los amara, no una empleada desconocida.
Roberto trabajaba doce, a veces catorce horas al día para mantener el imperio que había construido, convencido de que su sacrificio era para darles "lo mejor" a sus hijos. Pensaba que Elena los tenía viviendo como príncipes en su ausencia.
Sin decir una palabra, Roberto se dio la vuelta.
—Señor Castillo, ¿la firma? —insistió el abogado, visiblemente impaciente.
—La reunión ha terminado —dijo Roberto secamente, guardando la pluma y tomando su saco—. Tengo una emergencia.
—Pero Roberto, si te vas ahora, los inversores japoneses se retirarán. Estamos hablando de pérdidas millonarias —advirtió su socio, poniéndose de pie.
—Que se retiren. Mi hija me necesita.
Salió de la sala de juntas dejando atrás un contrato que valía millones de dólares y corrió hacia el ascensor. Mientras descendía los cuarenta pisos hasta el estacionamiento, la ansiedad comenzó a transformarse en una furia fría.
Subió a su auto, un sedán deportivo de alta gama, y salió del edificio quemando llanta. El trayecto hacia su mansión, ubicada en una zona exclusiva a las afueras de la ciudad, solía tomar cuarenta minutos. Roberto estaba decidido a hacerlo en veinte.
Mientras conducía, esquivando el tráfico y saltándose un par de semáforos en rojo, su mente repasaba los últimos meses. Había notado a Lucía más callada, más delgada. Cuando él llegaba por las noches, siempre encontraba la casa impecable y a los niños ya dormidos. Elena siempre lo recibía con una sonrisa y una copa de vino, diciéndole lo maravillosos que habían sido los niños y lo mucho que "colaboraban" con sus tareas escolares.
"Colaboraban". Esa palabra ahora le sonaba venenosa.
Recordó una conversación de hacía dos semanas. Lucía había intentado decirle algo durante el desayuno, pero Elena la había interrumpido rápidamente: "Come rápido, cariño, o llegarás tarde al colegio. No molestes a papá con tonterías, tiene que ir a ganar el dinero que nos da de comer".
Roberto golpeó el volante con fuerza. ¡Qué ciego había estado! Había confundido el silencio con paz. Había creído que pagar todas las facturas y llenar la casa de lujos era suficiente paternidad.
Al llegar a la entrada de su propiedad, el portón eléctrico se abrió lentamente, demasiado lento para su desesperación. Entró al camino de grava y frenó bruscamente frente a la entrada principal. La casa se veía majestuosa, con sus columnas blancas y jardines perfectamente podados. Desde fuera, era la imagen del éxito y la felicidad.
Bajó del auto y corrió hacia la puerta. Al entrar, el silencio del recibidor le pareció sepulcral. No se oían risas, ni televisión, ni música.
—¿Elena? ¿Lucía? —gritó, su voz retumbando en el techo alto de la sala.
Nadie respondió.
Caminó rápidamente hacia la cocina, guiado por un extraño ruido metálico, como si alguien estuviera peleando con utensilios de cocina. Al empujar la puerta vaivén que separaba el comedor formal del área de servicio, la escena que encontró le robó el aliento y le rompió el corazón en mil pedazos.
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Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…
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