La cocina, usualmente un espacio brillante y limpio de revista, era un campo de batalla. Había grasa salpicada en los azulejos, restos de comida en el suelo y un olor penetrante a salsa quemada y detergente barato.
Pero el desorden no fue lo que detuvo el corazón de Roberto. Fue ver a su hija.
Lucía estaba de pie junto al fregadero, que rebosaba de ollas y platos sucios, una montaña que parecía imposible para una sola persona. Llevaba una sudadera vieja y manchada, el cabello recogido en un moño deshecho que denotaba horas de actividad frenética. Su rostro estaba pálido, ojeroso, y las lágrimas habían dejado surcos limpios en sus mejillas sucias de hollín.
En su brazo izquierdo, cargaba al pequeño Mateo. El bebé, de apenas un año, tenía la cara embadurnada de espagueti y sostenía un fideo en la mano, mirando a su alrededor con inocencia, ajeno al sufrimiento de su hermana.
Lucía sostenía el teléfono contra su oreja con el hombro, mientras intentaba fregar una olla enorme con la mano derecha. Estaba temblando. Sus piernas se veían inestables, como si fuera a colapsar en cualquier momento.
—¡Lucía! —exclamó Roberto, corriendo hacia ella.
La niña dio un salto del susto, casi soltando la olla. Al ver a su padre, sus ojos se abrieron desmesuradamente, llenos de pánico, no de alivio.
—¡No he terminado! —gritó ella instintivamente, retrocediendo—. ¡Te juro que ya casi termino, no le digas a la tía!
Roberto se detuvo en seco, horrorizado por la reacción de su hija. Ella le tenía miedo. No a él directamente, sino a las consecuencias de que él la viera "sin terminar".
—Cariño, soy yo, soy papá... —dijo él, acercándose suavemente y quitándole la esponja de la mano con delicadeza. Tiró la esponja al fregadero con asco—. Suelta eso. Dame a tu hermano.
Tomó al bebé Mateo, que pesaba considerablemente, y luego abrazó a Lucía con el brazo libre. Al tocar su espalda, la niña gimió de dolor.
—¡Ay! Me duele... —se quejó.
Roberto le levantó suavemente la sudadera por la espalda baja y vio la piel enrojecida, marcada por el esfuerzo físico excesivo de cargar peso y estar de pie durante horas.
—¿Dónde está Elena? —preguntó Roberto, con una voz que, aunque baja, vibraba con una furia asesina.
—Se fue al spa... —susurró Lucía, mirando hacia la puerta con terror—. Dijo que tenía una cita a las diez y que cuando volviera, la cocina tenía que brillar y la cena estar lista para sus amigas. Dijo que si encontraba una sola mancha, me quitaría el teléfono para siempre y no me dejaría ir a la escuela mañana.
Roberto sintió que la sangre le hervía. Su cuñada, la mujer a la que le pagaba un sueldo de ejecutivo, estaba en un spa relajándose mientras obligaba a su hija adolescente a hacer el trabajo pesado de una casa enorme, cuidando además de un bebé.
—¿Desde cuándo pasa esto, Lucía? —preguntó, mirándola a los ojos.
La niña bajó la mirada, avergonzada.
—Desde hace meses... Al principio eran solo cosas pequeñas, "para aprender responsabilidad", decía ella. Pero luego despidió a la señora de la limpieza y me dijo que no te dijera nada, que tú tenías muchos problemas de dinero y no podíamos pagarle a nadie más. Me dijo que si yo no ayudaba, tú te enfermarías de estrés.
La manipulación era perfecta y cruel. Elena había utilizado el amor de Lucía por su padre para esclavizarla. Roberto no tenía problemas de dinero; de hecho, le había aumentado el presupuesto a Elena hacía dos meses para contratar más ayuda.
—Siéntate —ordenó Roberto, guiándola a una silla—. No vas a mover un dedo más.
En ese momento, se escuchó el sonido de tacones resonando en el pasillo. La puerta de la cocina se abrió de golpe y entró Elena. Venía impecable, con el cabello recién peinado, bolsas de compras de marcas de lujo en las manos y una expresión de total autoridad.
Al principio no vio a Roberto, quien estaba parcialmente oculto por la nevera abierta mientras buscaba agua para sus hijos.
—¡Lucía! —gritó Elena con voz chillona—. ¿Por qué escucho silencio? Espero que esa cocina esté impecable porque mis invitadas llegan en media hora y necesito que sirvas los aperitivos. ¡Y límpiate esa cara, pareces una pordiosera!
Elena dejó las bolsas sobre la mesa, justo encima de los libros de texto de Lucía, y se giró para inspeccionar el lugar. Fue entonces cuando sus ojos se encontraron con los de Roberto.
El color desapareció del rostro de la mujer instantáneamente. Las bolsas de compras cayeron al suelo.
—Ro... Roberto —tartamudeó, forzando una sonrisa nerviosa que parecía una mueca—. ¿Qué haces aquí tan temprano? Pensé que tenías esa fusión millonaria hoy.
Roberto cerró la puerta de la nevera lentamente. El sonido fue como el de un martillo de juez dictando sentencia. Caminó hacia ella, paso a paso, invadiendo su espacio personal hasta que Elena tuvo que retroceder contra la encimera.
—La fusión puede esperar —dijo Roberto con una calma aterradora—. Pero lo que no puede esperar es que me expliques por qué mi hija está fregando pisos con la espalda lesionada mientras tú vienes de gastarte mi dinero en... —miró las bolsas en el suelo—... zapatos italianos.
Elena intentó recuperar la compostura, enderezándose y cruzándose de brazos a la defensiva.
—Estás exagerando, Roberto. Solo le estoy enseñando disciplina. Esta generación de cristal cree que todo se lo merecen gratis. Le hago un favor preparándola para la vida real. Además, la casa es grande y yo no puedo con todo sola.
—¿No puedes con todo sola? —repitió Roberto, incrédulo—. Te doy cinco mil dólares mensuales solo para gastos de personal doméstico. ¿Dónde está ese dinero, Elena?
Elena se puso pálida de nuevo, pero su arrogancia no disminuyó.
—Administrar esta mansión es costoso, tú no entiendes de estas cosas, solo sabes firmar papeles. Además, soy la tía de tus hijos, soy familia. Tengo derecho a exigirles respeto y colaboración. No puedes hablarme así en mi propia casa.
—¿Tu casa? —Roberto soltó una carcajada seca y sin humor—. Esta casa está a mi nombre. El auto que conduces está a mi nombre. La tarjeta que usaste en el spa está a mi nombre. Y lo más importante: esos niños son mis hijos.
Elena resopló, intentando jugar su última carta, la manipulación emocional.
—Si me echas, ¿quién los va a cuidar? Tú nunca estás. Eres un padre ausente, Roberto. Ellos me necesitan. Sin mí, esta casa se cae a pedazos. Lucía me adora, ¿verdad, Lucía? —miró a la niña con una mirada que era una clara advertencia.
Lucía tembló en su silla, mirando al suelo.
Roberto miró a su cuñada y luego a su hija. Comprendió que este no era un problema que se solucionaba con una conversación. Elena había cruzado una línea que no tenía retorno. Había dañado lo más sagrado que él tenía.
Roberto sacó su teléfono y marcó un número. No era el de su abogado.
—¿Seguridad de la urbanización? Habla Roberto Castillo, del lote 45. Necesito una patrulla en mi casa inmediatamente. Tengo una intrusa que se niega a salir y sospecho de robo y maltrato infantil.
Elena abrió los ojos como platos.
—¡No te atreverías! ¡Soy la hermana de tu mujer! —gritó, perdiendo los estribos y lanzándose hacia él para intentar quitarle el teléfono.
Roberto la detuvo con una sola mano, manteniéndola a distancia sin esfuerzo.
—Eras la hermana de mi mujer —corrigió él—. Ahora, para mí, eres solo la persona que lastimó a mi hija. Y te aseguro, Elena, que vas a pagar cada lágrima que ella derramó hoy, con intereses.
Lo que sucedió cuando la policía llegó a la mansión dejó a todo el vecindario conmocionado, pero la verdadera revelación ocurrió cuando los oficiales revisaron el bolso de Elena.
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