Caminos del Destino

El Contrato del Multimillonario: Una Estudiante, una Deuda Impagable y la Noche que lo Cambió Todo

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con la joven estudiante que tomó la decisión más difícil de su vida. Prepárate, porque la historia no es tan simple como parece y la verdad que se esconde detrás de ese hombre rico es mucho más impactante de lo que imaginas.

La Decisión Desesperada

El sonido rítmico y agudo del monitor cardíaco era lo único que rompía el silencio en la habitación 304. Para mí, ese sonido se había convertido en la banda sonora de mis pesadillas, pero también en el único hilo de esperanza al que me aferraba. Mi madre, la mujer que había trabajado limpiando casas durante treinta años para que yo pudiera ir a la universidad, yacía pálida y frágil en esa cama de hospital.

Me froté los ojos, cansada. Llevaba tres días sin dormir bien, estudiando para mis exámenes finales en una silla de plástico incómoda mientras vigilaba el suero que goteaba lentamente en sus venas.

La puerta se abrió y entró el Dr. Méndez con una carpeta en la mano y una expresión que conocía demasiado bien. Era la cara de las malas noticias financieras.

—Lucía, necesitamos hablar —dijo en voz baja, cerrando la puerta tras de sí.

—Dígame que está mejorando, doctor —supliqué, cerrando mi libro de texto de golpe.

—Su salud es estable, pero la administración del hospital ya no puede esperar. El seguro básico se agotó hace una semana. Necesitamos realizar la cirugía de válvula mañana mismo, o su corazón no resistirá. Y como sabes, el procedimiento y los gastos postoperatorios ascienden a diez mil dólares. Necesitamos un depósito hoy.

Diez mil dólares.

La cifra resonó en mi cabeza como un disparo. Para un empresario exitoso o un banquero, eso quizás era el gasto de unas vacaciones. Para mí, una estudiante de arquitectura becada que trabajaba de camarera por las noches, era una fortuna inalcanzable.

—Le prometo que conseguiré el dinero —dije, aunque mi voz temblaba—. Deme 24 horas. Por favor.

El médico suspiró, ajustándose las gafas. —Tienes hasta mañana al mediodía, Lucía. Lo siento, pero mis manos están atadas por las políticas de la clínica.

Salí del hospital con el estómago revuelto. El aire de la ciudad estaba frío y húmedo. Caminé sin rumbo, revisando la aplicación de mi banco en el celular: 154 dólares con 30 centavos. Eso era todo mi patrimonio. Llamé a mis tíos, a mis amigas, incluso intenté solicitar un préstamo rápido online, pero nadie podía prestarme esa cantidad y el banco rechazó mi solicitud al instante por falta de historial crediticio.

La desesperación me llevó a mi turno de noche en "El Zafiro", un bar exclusivo en el centro financiero de la ciudad donde servía tragos a hombres que gastaban en una botella lo que yo necesitaba para salvar a mi madre.

Esa noche, mis manos temblaban tanto que casi derramo un whisky de etiqueta azul sobre la mesa más reservada del lugar.

—Cuidado —dijo una voz profunda y calmada.

Levanté la vista. Era él. El hombre del traje impecable que siempre se sentaba solo al fondo. Nunca hablaba con nadie, nunca sonreía. Siempre tenía una tablet y un teléfono de última generación sobre la mesa. Sus ojos eran grises, fríos como el acero, pero esa noche me miraron con una intensidad diferente.

—Lo siento, señor. He tenido... un mal día —murmuré, intentando limpiar la mesa con mi trapo.

—No es un mal día —corrigió él, observándome como si pudiera leer mi alma—. Es una mala vida. Tienes ojos de alguien que está ahogándose.

Me detuve. La crudeza de sus palabras me desarmó. —Mi madre se muere. Necesito diez mil dólares para mañana y no tengo ni idea de cómo conseguirlos. No debería estar contándole esto, disculpe.

Me di la vuelta para irme, avergonzada por mi falta de profesionalismo.

—Espera.

Su voz fue una orden suave pero firme. Me giré. Él sacó una chequera de su saco interior, una pluma estilográfica negra y dorada, y escribió algo con rapidez. Arrancó el cheque y lo dejó sobre la mesa, boca abajo.

—Diez mil dólares —dijo él, sin apartar la mirada de la mía—. Es tuyo. Pero necesito algo a cambio.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Miré a mi alrededor. El bar estaba lleno, pero sentía que estábamos solos en una burbuja de tensión. —¿Qué... qué quiere a cambio? —pregunté, temiendo la respuesta.

—Compañía. Una noche. No quiero problemas, no quiero dramas. Solo necesito que alguien esté conmigo esta noche en mi suite. Odio la soledad de los hoteles.

Mi mente corría a mil por hora. Mis principios, mi educación, mi miedo... todo gritaba que saliera corriendo. Pero luego, la imagen de mi madre conectada a esas máquinas invadió mi pensamiento. Si ella moría porque yo tuve miedo, nunca me lo perdonaría.

—¿Solo... compañía? —pregunté, con un hilo de voz.

Él sonrió, una sonrisa triste y cínica. —Eres libre de irte cuando quieras. Pero el dinero es para la operación de tu madre, ¿no? Tú decides qué es más importante ahora mismo: tu orgullo o su vida.

Tomé el cheque. Mis dedos rozaron el papel frío. Vi la cifra: $10,000.00. La firma era ilegible.

—Acepto —dije, sintiendo que acababa de vender una parte de mi alma.

Salimos del bar. Un coche negro blindado nos esperaba afuera. El trayecto hacia el hotel más lujoso de la ciudad fue silencioso. Yo apretaba el bolso contra mi pecho, rezando para no estar cometiendo el peor error de mi vida.

Al llegar a la suite presidencial, el lujo era abrumador. Mármol italiano, alfombras persas, vistas panorámicas de la ciudad iluminada. Él se quitó el saco y se sirvió una copa.

—El baño está a la derecha. Hay batas de seda. Ponte cómoda —me dijo, dándome la espalda para mirar por la ventana.

Entré al baño y me miré al espejo. Estaba pálida. "Es por mamá", me repetí. "Es por mamá".

Cuando salí, él estaba sentado en el borde de la cama, con la cabeza entre las manos. Parecía vulnerable, algo que no encajaba con su imagen de tiburón financiero. Me acerqué despacio.

Esa noche no fue lo que esperaba. Hubo silencio, hubo palabras susurradas en la oscuridad y una extraña conexión que no supe interpretar. Él no fue cruel, ni agresivo. Fue... intenso. Como si se estuviera despidiendo del mundo.

Al amanecer, mientras él dormía profundamente, me vestí en silencio. El cheque estaba en la mesita de noche. Lo tomé. Antes de salir, miré su rostro dormido una última vez. Parecía más joven, menos duro. Sentí una punzada extraña en el pecho, una mezcla de gratitud y vergüenza.

Salí de la habitación corriendo, bajé por el ascensor de servicio y salí a la calle al amanecer. Fui directo al banco, cobré el cheque con las manos temblorosas (el cajero me miró raro, pero el cheque tenía fondos suficientes) y corrí al hospital.

Pagué la cirugía cinco minutos antes del mediodía.

Mi madre entró a quirófano. Y yo me derrumbé en la sala de espera, llorando no solo por el estrés, sino por la sensación de que, aunque había salvado a mi madre, algo dentro de mí había cambiado para siempre. Había cruzado una línea.

Pero lo que yo no sabía en ese momento, mientras lloraba en esa silla de plástico, era que esa noche no había sido un final, sino el comienzo de una pesadilla mucho más grande. Porque ese hombre no era un simple empresario rico. Y yo había cometido un error fatal al salir de esa habitación: había dejado algo olvidado. Algo que me identificaría.

Y tres meses después, el pasado vendría a tocar mi puerta de la forma más inesperada.

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Anna Arteaga

¡Hola a todos! Soy Anna Arteaga, una alma apasionada por los bonsáis. Mi fascinación por estos árboles en miniatura comenzó en la infancia. Este blog es mi espacio para compartir mi pasión transformada en arte, y para ofrecer consejos prácticos y tutoriales que ayuden a cultivar y mantener la belleza de estos pequeños tesoros de la naturaleza.

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