Caminos del Destino

El Contrato del Multimillonario: Una Estudiante, una Deuda Impagable y la Noche que lo Cambió Todo

La Consecuencia Inesperada

Pasaron tres meses. Noventa días en los que intenté borrar esa noche de mi memoria.

La operación de mi madre fue un éxito rotundo. Verla recuperar el color en las mejillas, verla caminar de nuevo y sonreír, hizo que cada segundo de angustia valiera la pena. Ella no sabía de dónde había salido el dinero; le dije que había ganado una beca especial de la universidad por mi proyecto de arquitectura. Ella, con su inocencia y orgullo de madre, me creyó sin dudarlo y lloró de alegría.

Volví a mis estudios y a mi trabajo en el bar, aunque pedí que me cambiaran al turno de tarde para evitar encontrarme con él. Pero él nunca volvió. La mesa del fondo permanecía vacía o ocupada por turistas ruidosos. El hombre del traje impecable y la mirada de acero había desaparecido como si fuera un fantasma.

Yo intentaba seguir con mi vida, pero mi cuerpo empezó a enviarme señales que no podía ignorar.

Primero fue el cansancio extremo. Me quedaba dormida en las clases de diseño estructural. Luego, los olores. El aroma del café en la cafetería de la facultad, que antes amaba, ahora me provocaba náuseas violentas. Y finalmente, el retraso.

Cuando vi las dos líneas rosadas en la prueba de embarazo casera, sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Me encerré en el baño de mi pequeño apartamento compartido y lloré en silencio para no despertar a mi compañera de piso.

Estaba embarazada. Embarazada de un desconocido. Un hombre del que solo recordaba sus ojos grises y la tristeza que emanaba. Un hombre que me había pagado.

—¿Qué voy a hacer? —le susurré a mi reflejo—. Soy una estudiante pobre, apenas puedo mantenerme a mí misma.

La idea de interrumpir el embarazo cruzó mi mente, impulsada por el miedo lógico a la pobreza, pero cada vez que lo pensaba, algo en mi interior se rebelaba. Recordaba esa noche, la extraña vulnerabilidad de él, y sentía que este bebé no era un error, sino una consecuencia de un acto de amor desesperado por mi madre.

Decidí tenerlo. Sola. Sin decirle nada a nadie, mucho menos a él. Al fin y al cabo, ¿cómo iba a encontrarlo? No sabía su nombre real, la firma en el cheque había sido un garabato ilegible y el banco no me había dado detalles.

Pero el destino tiene un sentido del humor muy retorcido.

Una tarde, mientras desayunaba con mi madre en su pequeña cocina, encendimos la televisión para ver las noticias locales. Estaban hablando de economía, de fusiones empresariales y de la bolsa de valores. No le presté atención hasta que escuché una frase que me heló la sangre.

—...el magnate de las telecomunicaciones y heredero del imperio Thorne, Julián Thorne, ha regresado a la ciudad después de tres meses de ausencia inexplicable...

Levanté la vista hacia la pantalla. Se me cayó la tostada de la mano.

Ahí estaba él.

Rodeado de micrófonos, con el mismo traje impecable, pero con una expresión mucho más dura y distante que la que yo recordaba. Los titulares pasaban debajo de su rostro: "Julián Thorne, el soltero de oro, enfrenta demanda millonaria por la custodia de su patrimonio familiar".

—Ese hombre es guapísimo, ¿verdad hija? —comentó mi madre inocentemente, sirviendo más café—. Dicen que es el dueño de medio país. Imagínate tener esa vida, sin preocupaciones.

Yo no podía respirar. "Julián Thorne". No era un simple empresario rico. Era uno de los hombres más poderosos del continente. Su fortuna se calculaba en miles de millones. Y yo llevaba en mi vientre a su heredero.

El pánico se apoderó de mí. Si él se enteraba, ¿qué haría? ¿Me quitaría al bebé con sus abogados caros? ¿Me acusaría de haberlo planeado para sacarle dinero? La gente como él aplastaba a la gente como yo sin pensarlo dos veces.

Decidí que el secreto moriría conmigo. Nadie podía saber que el padre de mi hijo era Julián Thorne.

Pero cometí un error de cálculo. Subestimé el poder de un hombre que está acostumbrado a tener el control absoluto de todo.

Dos días después, al volver de la universidad, noté algo extraño en mi calle. Había un coche negro estacionado frente a mi edificio. Un coche demasiado lujoso para mi barrio obrero, donde lo normal eran autos usados y camionetas de reparto.

Mi corazón empezó a latir con fuerza. Aceleré el paso, intentando entrar rápido a mi edificio, pero antes de que pudiera meter la llave en la cerradura, la puerta del coche se abrió.

Dos hombres enormes, vestidos de negro y con auriculares, se bajaron y me bloquearon el paso.

—¿Señorita Lucía Ramírez? —preguntó uno de ellos con voz robótica.

—S-sí... ¿quiénes son ustedes? —tartamudeé, abrazando mis libros contra mi pecho como un escudo inútil.

—El señor Thorne requiere su presencia. Por favor, acompáñenos. No es una pregunta.

—No voy a ir a ningún lado —dije, intentando sonar valiente, aunque mis piernas temblaban—. No sé de qué hablan. ¡Déjenme en paz o gritaré!

El segundo guardaespaldas dio un paso adelante, intimidante, pero una tercera puerta se abrió.

Del asiento trasero del coche salió él. Julián.

Llevaba gafas de sol oscuras, pero se las quitó al mirarme. Su mirada recorrió mi cuerpo de arriba abajo, deteniéndose imperceptiblemente en mi vientre, que aún no se notaba, pero que yo sentía como un faro luminoso de culpabilidad.

—Hola, Lucía —dijo. Su voz era la misma que recordaba, pero había un tono de urgencia en ella—. Tenemos que hablar. Ahora.

—No tengo nada que hablar con usted. El trato se cumplió. Usted me dio el dinero, yo... yo cumplí mi parte. No le debo nada.

Julián se acercó. Ignoró a los vecinos que empezaban a asomarse por las ventanas. Se detuvo a medio metro de mí. Olía a colonia cara y a peligro.

—No se trata del dinero, Lucía. Se trata de lo que te dejaste en mi habitación esa noche.

Me quedé helada. ¿Qué me había dejado? Revisé mentalmente mis pertenencias. Mi bolso, mi abrigo, mis zapatos... todo lo tenía.

—No me dejé nada —respondí desafiante.

Julián metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó un pequeño objeto brillante. Lo levantó para que lo viera.

Era una cadena de plata barata, con un dije de una media luna. Mi cadena de la suerte. La que mi madre me había regalado cuando cumplí quince años. Se me debía haber caído en la cama.

—Esto es tuyo —dijo él—. Pero no vine solo a devolverte una joya barata. Vine porque cuando encontré esto, mandé a investigar quién eras realmente. Y mis investigadores descubrieron algo más. Algo que has estado visitando en la clínica de obstetricia esta semana.

El mundo se detuvo. Lo sabía.

—Sube al coche —ordenó, su voz bajando a un susurro peligroso—. O subes por las buenas, o mis abogados convertirán tu vida y la de tu madre enferma en un infierno legal del que nunca saldrán. Tú decides.

Sentí las lágrimas picar en mis ojos. Estaba atrapada. Un multimillonario con recursos ilimitados contra una estudiante embarazada. No tenía opción.

Subí al coche. El cierre centralizado hizo clic, sellando mi destino. El vehículo arrancó suavemente, alejándome de mi casa, de mi seguridad y llevándome hacia la boca del lobo.

Julián me miraba fijamente, sin parpadear. —¿Es mío? —preguntó, directo y sin rodeos.

Abrí la boca para negarlo, para mentir, para decirle que era de mi novio, de cualquiera. Pero bajo esa mirada penetrante, las palabras se me atascaron.

—Respóndeme —insistió, inclinándose hacia mí.

—Sí —susurré, derrotada.

Julián se recostó en el asiento y cerró los ojos. Soltó un suspiro largo, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante años.

—El chofer nos lleva a mi finca privada en las afueras —dijo sin abrir los ojos—. Nadie sabe que estás conmigo. Y nadie lo sabrá hasta que yo lo decida.

—¿Me va a secuestrar? —pregunté, aterrorizada.

—No —dijo él, abriendo los ojos y mirándome con una intensidad que me quemaba—. Te voy a proteger. Porque ese bebé que llevas dentro es la pieza clave en una guerra que tú ni siquiera sabes que existe. Y ahora que lo llevas, tu vida corre un peligro mortal.

—¿De qué está hablando? —grité, entrando en pánico.

—Mi familia... —empezó a decir, pero se calló de golpe cuando su teléfono empezó a sonar. Miró la pantalla y su rostro palideció.

—Maldita sea —masculló—. Nos han encontrado.

—¿Quiénes?

Antes de que pudiera responder, un golpe brutal sacudió el coche. Otro vehículo nos había embestido por el lado derecho. El coche blindado derrapó violentamente por la carretera. Escuché el chirrido de metal, los gritos de los guardaespaldas y vi el mundo girar.

Lo último que sentí fue el brazo de Julián rodeándome, protegiendo mi cuerpo y mi vientre con el suyo, antes de que todo se volviera negro.

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Anna Arteaga

¡Hola a todos! Soy Anna Arteaga, una alma apasionada por los bonsáis. Mi fascinación por estos árboles en miniatura comenzó en la infancia. Este blog es mi espacio para compartir mi pasión transformada en arte, y para ofrecer consejos prácticos y tutoriales que ayuden a cultivar y mantener la belleza de estos pequeños tesoros de la naturaleza.

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