Arturo corrió hacia Roberto como un tren de carga, sin importarle el cinturón levantado ni los gritos histéricos del agresor.
Con un empujón firme y contundente, hizo retroceder a Roberto, interponiéndose entre él y el animal tembloroso, usándose a sí mismo como un escudo humano protector.
«¡No le vuelvas a pegar!», le gritó Arturo, con una voz profunda que retumbó en las paredes de las casas vecinas, silenciando a los curiosos.
«¡No le vuelvas a pegar!», repitió, dando un paso hacia adelante, acorralando ahora al propio Roberto, quien, sorprendido por la intervención, bajó el cinturón por instinto.
El agresor, sintiendo que su ego había sido herido frente a todo el vecindario, infló el pecho e intentó recuperar el control de la situación.
«¡Es mi perro!», escupió Roberto, con la cara roja de rabia, tratando de justificar lo injustificable ante el imponente desconocido.
«¡Yo hago lo que quiero con él!», añadió, alzando la barbilla, creyendo ciegamente en esa falsa idea de que los animales son propiedades sin derechos.
Arturo no retrocedió ni un milímetro. Mantuvo su postura firme, mirando a Roberto directamente a los ojos con una mezcla de asco y superioridad.
«Los animales no son para desahogar tu rabia», le respondió Arturo, con un tono frío, calculador y mortalmente calmado, el mismo tono que usaba en los juzgados.
Mientras hablaba, Arturo bajó la mirada por una fracción de segundo hacia el perro. El animal había dejado de llorar y lo miraba con grandes ojos dorados.
Arturo notó un detalle crucial: una pequeña cicatriz en forma de media luna detrás de la oreja izquierda del perro. El detalle que lo confirmaba todo.
Ese no era un perro callejero cualquiera, y mucho menos pertenecía a ese hombre miserable que intentaba golpearlo.
Ese perro se llamaba ‘Duque’, y era el único heredero sentimental de una inmensa fortuna, la mascota adorada de un empresario millonario que estaba desesperado por encontrarlo.
El dueño de Duque había ofrecido una recompensa gigantesca por su rescate, pero Arturo no estaba allí por el dinero, estaba allí por lealtad a su cliente.
Roberto, ignorando por completo quién era el hombre que tenía enfrente, levantó de nuevo el cinturón, amenazando con golpear a Arturo si no se apartaba.
«Lárgate de aquí si no quieres que te rompa la cara a ti también», siseó Roberto, cometiendo el peor error de su miserable vida.
Arturo esbozó una sonrisa helada. No era una sonrisa de alegría, sino la de un depredador que acaba de atrapar a su presa en una trampa legal perfecta.
Lentamente, sin dejar de mirar a Roberto, Arturo sacó su teléfono celular de última generación del bolsillo del pantalón.
«¿Tu perro, dices?», preguntó Arturo, marcando un número en la pantalla con el pulgar. «Vamos a ver qué opina el Juez sobre eso».
Roberto soltó una carcajada nerviosa, mirando a los vecinos para buscar apoyo, pero todos mantenían un silencio sepulcral.
«¿A quién vas a llamar? ¿A la policía? ¡Por favor! Es solo un animal callejero que recogí, la ley no me va a hacer nada», se burló Roberto, confiado en la impunidad.
«Me temo que estás muy equivocado», respondió Arturo mientras se llevaba el teléfono a la oreja. «Acabas de agredir a la propiedad más valiosa del hombre que es dueño de este terreno».
El color desapareció del rostro de Roberto en un instante. Sus ojos se abrieron de par en par mientras la realidad comenzaba a golpearle más duro que cualquier cinturón.
«¿Qué estás diciendo?», balbuceó el agresor, retrocediendo un paso, sintiendo un sudor frío recorrer su espalda.
«Digo que el banco al que le debes esa deuda millonaria de tu casa, fue comprado hace un mes por la corporación de mi cliente», dijo Arturo, implacable.
«Y mi cliente, el dueño de tu hipoteca, es también el verdadero dueño de este perro que acabas de intentar torturar frente a mí».
El silencio en la calle se volvió absoluto. Ni siquiera los pájaros parecían cantar. La tensión era tan densa que se podía cortar con un cuchillo.
Arturo habló por teléfono rápidamente, dando la dirección exacta y solicitando unidades policiales de inmediato. El juego había terminado para Roberto.
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