Viuda Compra Mansión Abandonada de Capo Mafioso por 100 Dólares y Encuentra una Fortuna Oculta que Cambió la Herencia del Pueblo
El Asedio en la Madrugada
El corazón de Elena se detuvo por un segundo. Reconoció esa voz. Era el concejal Martínez, un hombre poderoso en el pueblo, conocido por sus negocios inmobiliarios y su falta de escrúpulos. ¿Qué hacía allí a las tres de la mañana? ¿Cómo sabía que ella había encontrado algo?
Elena corrió hacia la ventana tapiada y miró por una rendija entre las maderas podridas. Afuera, tres camionetas negras iluminaban la fachada de la casa con sus faros altos. Martínez estaba de pie junto a dos policías locales y otro hombre que Elena no reconoció, un tipo alto con una cicatriz en la cara que vestía un traje impecable pero polvoriento.
—¡Elena! —volvió a gritar Martínez—. ¡Sabemos que compraste la propiedad! ¡Fue un error administrativo! ¡Esa venta no es válida! ¡Sal ahora y te daremos 5.000 dólares por las molestias!
¿Cinco mil dólares? Hacía unas horas nadie daba un centavo por esta ruina. Ahora le ofrecían una fortuna por salir. Elena miró la caja fuerte en la pared. Miró a sus hijos, que temblaban de miedo en el rincón.
Su instinto de madre se encendió como una antorcha. Si querían la casa con tanta desesperación, no era por el terreno. Era por lo que había detrás de esa pared.
—¡No voy a salir! —gritó Elena desde adentro—. ¡Tengo los papeles! ¡Es mi casa!
—¡Derriben la puerta! —ordenó el hombre de la cicatriz con voz calmada pero letal.
—¡Mamá, tengo miedo! —sollozó Sofía. —Escúchenme bien —les dijo Elena a sus hijos, bajando la voz y mirándolos a los ojos—. Necesito que sean valientes. Lucas, lleva a tus hermanos al piso de arriba, al cuarto del fondo, y no salgan hasta que yo les diga.
—¡No te voy a dejar sola! —protestó Lucas, tratando de hacerse el hombre de la casa. —¡Obedece! —ordenó ella con una fuerza que no sabía que tenía. Los niños corrieron escaleras arriba.
Los golpes en la puerta empezaron. Bum. Bum. Bum. La vieja madera crujía. No aguantaría mucho.
Elena volvió a la caja fuerte. Tenía minutos, quizás segundos. Miró el panel. Sin electricidad no podía abrirla. Buscó desesperadamente alrededor. Vio los cables pelados de una vieja lámpara de pared que colgaba cerca. "Por favor, Dios mío, que haya corriente", rezó. Arrancó los cables de la lámpara y, con las manos temblando, los unió a los bornes de la cerradura electrónica, haciendo un puente improvisado. Saltaron chispas. Se quemó los dedos, pero no soltó el cable.
El panel de la caja fuerte pitó. Una luz roja se encendió. ¡Tenía energía! Pero... ¿cuál era el código? Elena miró alrededor desesperada. Bum. Bum. La puerta principal empezó a ceder. Una de las bisagras saltó volando.
Volvió a mirar la inscripción en la pared: "Lo que es del pueblo, al pueblo vuelve". Don Vittorio era un criminal, sí, pero la gente mayor del pueblo siempre contaba historias extrañas. Decían que él odiaba a los bancos. Que decía que el verdadero valor estaba en la fecha de la independencia.
Elena cerró los ojos. ¿Cuál era la fecha de fundación del pueblo? Lo había aprendido en la escuela primaria. 1844. Marcó los números con dedos temblorosos: 1-8-4-4. Error.
La puerta de la casa se abrió de golpe con un estruendo. Pasos pesados entraron en el recibidor. —¡Busquen en la sala! —gritó Martínez.
Elena probó otra vez. Don Vittorio murió el día de su cumpleaños. Todos recordaban esa fecha porque hubo fuegos artificiales. 25 de octubre. Marcó: 1-0-2-5. Click.
El sonido mecánico de los pernos retrayéndose fue música celestial. Elena giró la manija pesada y tiró de la puerta de acero justo cuando el hombre de la cicatriz y Martínez irrumpían en la sala, con las armas desenfundadas.
—¡Aléjate de ahí! —gritó el hombre de la cicatriz, apuntándole a la cabeza.
Elena se quedó paralizada. La puerta de la caja fuerte estaba abierta de par en par. La luz de las linternas de los intrusos iluminó el interior. No había dinero. No había billetes apilados. Martínez soltó una carcajada nerviosa. —¿Ves? Te dije que estaba vacía. Solo son papeles viejos. Vámonos, esto es una pérdida de tiempo.
Pero Elena, que estaba más cerca, vio algo que ellos no. Debajo de las carpetas de cuero, había un brillo dorado. Y no era un brillo cualquiera. Con un movimiento rápido, antes de que pudieran detenerla, Elena metió la mano y sacó uno de los objetos pesados del fondo.
No era un lingote. Era una estatua. Una pequeña virgen de oro macizo, incrustada con rubíes y esmeraldas. Y detrás de ella, había docenas más. Coronas, cálices, joyas antiguas. El brillo iluminó la habitación oscura. Los ojos de Martínez se abrieron como platos. El hombre de la cicatriz bajó el arma, hipnotizado por el resplandor.
—El Tesoro de la Catedral... —susurró Martínez—. Desapareció hace 40 años. Se pensó que lo habían fundido.
Ese tesoro valía millones. Decenas de millones. Y no solo eso. Elena vio que las carpetas de cuero tenían nombres escritos. Nombres de políticos, de jueces, de empresarios... incluyendo el nombre del padre del concejal Martínez.
—Dame eso, Elena —dijo Martínez, dando un paso adelante, sudando frío—. Dame eso y te dejaremos vivir. Te daremos diez mil dólares. Es mucho dinero para una muerta de hambre como tú.
Elena sostuvo la estatua con fuerza. Pesaba una tonelada. —No —dijo ella firmemente—. Esto no es suyo.
El hombre de la cicatriz levantó el arma de nuevo. —No te lo estaba preguntando.
Elena cerró los ojos, esperando el disparo. Pero entonces, un sonido agudo y ensordecedor llenó la habitación. No fue un disparo. Fue una sirena. No las de la policía local. Eran sirenas federales. Luces azules y rojas inundaron la sala a través de las ventanas rotas. Un megáfono retumbó desde afuera:
"¡ESTO ES EL FBI! ¡SALGAN CON LAS MANOS EN ALTO! ¡LA CASA ESTÁ RODEADA!"
Martínez palideció. Miró a Elena con odio puro. —¡Tú los llamaste!
Elena estaba tan sorprendida como él. No había llamado a nadie. Entonces, vio entrar por la puerta destrozada a un hombre anciano, con bastón, caminando tranquilamente entre los agentes federales armados hasta los dientes. El hombre miró a Elena, luego miró el tesoro, y sonrió.
—Llegué justo a tiempo —dijo el anciano—. Doña Elena, creo que usted y yo tenemos mucho de qué hablar sobre mi difunto hermano, Vittorio.
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