UN DÍA ANTES DE MI BODA DE LUJO, EL ABOGADO DE MI DIFUNTA ESPOSA ME ENTREGÓ UNA HERENCIA OCULTA EN EL CEMENTERIO
La revelación del fraude maestro
Mis dedos estaban entumecidos por el frío y los nervios, pero logré sacar el contenido del sobre. Lo primero que vi fue una carta escrita a mano. Reconocí la caligrafía de inmediato: era la letra de Lucía, con sus trazos elegantes y curvos.
El abogado Valdés abrió un paraguas negro y, en un gesto de respeto, lo sostuvo sobre mí para que el papel no se mojara.
—Léalo, Carlos. Es necesario —dijo con voz grave.
Empecé a leer, y con cada línea, sentía cómo el aire se escapaba de mis pulmones.
"Mi amado Carlos,
Si estás leyendo esto, es porque has encontrado a alguien más. Y créeme, me alegra. No quiero que estés solo. Pero también te conozco. Sé que eres generoso y que cuando amas, te entregas sin reservas, incluyendo tu patrimonio. Eso te hace un hombre maravilloso, pero una presa fácil.
Antes de morir, cuando estaba en el hospital, noté cosas. Miradas, intenciones. Contraté al bufete de Valdés para protegerte cuando yo ya no estuviera. Les dejé una lista de 'Banderas Rojas'. Si tu nueva prometida cumplía con ciertos criterios de riesgo financiero, ellos debían ejecutar una investigación profunda.
No sé quién es ella, pero si Valdés te entregó esto, es porque ella no te ama, Carlos. Ella ama lo que construimos. Por favor, mira el informe adjunto. No dejes que destruyan nuestro legado. Te amaré siempre, desde donde esté.
Lucía."
Terminé de leer con los ojos llenos de lágrimas, pero esta vez no eran de tristeza, eran de confusión y miedo.
—Ahora, mire el informe —ordenó Valdés.
Saqué los documentos impresos que venían detrás de la carta. Eran copias de registros bancarios, actas de nacimiento y, lo más impactante, recortes de periódicos de otra ciudad, de hace ocho años.
La primera foto me golpeó como un mazo en el pecho. Era Elena. Más joven, con el cabello de otro color, pero inconfundiblemente ella. Estaba saliendo de un tribunal, esposada.
El titular rezaba: "CAE LA VIUDA NEGRA DE MONTERREY: ACUSADA DE ESTAFAR A TRES EMPRESARIOS ANCIANOS".
—¿Qué... qué es esto? —pregunté, sintiendo náuseas.
—Su prometida no se llama Elena —explicó el abogado, señalando los documentos—. Su nombre real es Mónica Estévez. Tiene antecedentes penales por fraude, falsificación de documentos y robo de identidad. Cumplió una condena de cuatro años y salió por buena conducta.
Pasé la página. Había más.
—Mire la siguiente hoja, Carlos. Es la más importante.
Era una copia de una transferencia bancaria reciente. De la cuenta personal de Elena (o Mónica), salían pagos mensuales hacia una cuenta a nombre de un hombre.
—¿Quién es este hombre? —pregunté.
—Es su "primo", el que supuestamente iba a ser el padrino de la boda mañana —dijo Valdés con una mueca de asco—. En realidad, es su esposo legal. Nunca se divorciaron. El plan era casarse con usted cometiendo bigamia, lo cual anularía el matrimonio legalmente después, pero no antes de que ella lograra transferir fondos de sus cuentas conjuntas a paraísos fiscales.
El abogado señaló una cláusula en el contrato prenupcial que yo había firmado ciegamente, esa que Elena insistió en redactar con "su abogado de confianza".
—Esa cláusula, Carlos, estipula que en caso de anulación matrimonial por "error administrativo", usted debe indemnizarla con el 40% de sus activos líquidos como compensación por daños morales. Es una trampa legal perfecta. Ella no quería ser su esposa; quería ser su acreedora millonaria.
Me dejé caer sentado sobre el borde de la tumba de Lucía. El mundo me daba vueltas. Elena... la mujer que me despertaba con café, que elegía mis corbatas, que juraba amar a los hijos que nunca tuvimos... era una estafadora profesional. Y su "primo", ese tipo simpático con el que jugué golf la semana pasada, era su cómplice y amante.
La rabia empezó a reemplazar el dolor. Una rabia caliente, volcánica.
—¿Qué hago? —le pregunté al abogado—. La boda es mañana. Hay trescientos invitados. La prensa estará ahí. Si cancelo ahora, será un escándalo, y ella podría huir con las joyas que le regalé la semana pasada, que valen una fortuna.
El Licenciado Valdés cerró su maletín con un clic seco y sonrió por primera vez. Una sonrisa depredadora, de esas que solo tienen los abogados que saben que van a ganar un juicio millonario.
—Lucía previó esto también, Carlos. Ella dejó un fondo especial para cubrir los gastos legales de su defensa. No tiene que cancelar la boda ahora. De hecho, le sugiero que no lo haga.
—¿Cómo dice? —lo miré atónito.
—Si usted cancela hoy, ella sospechará y desaparecerá. Mónica Estévez es experta en huir. Necesitamos atraparla en el acto, frente a testigos, para que la policía pueda detenerla por intento de fraude masivo y bigamia en flagrancia.
El abogado se acercó a mi oído y me susurró el plan. Era arriesgado. Era cruel. Pero era la única forma de hacer justicia y honrar la memoria de la mujer que, incluso desde la muerte, me estaba salvando la vida.
—Mañana habrá una boda, Carlos —dijo Valdés mientras se daba la vuelta para irse—. Pero no será la fiesta que ella espera.
Me quedé solo en el cementerio, bajo la lluvia, apretando los papeles contra mi pecho. Miré la tumba de Lucía una última vez.
—Gracias, mi amor —dije, y esta vez, mi voz sonó firme—. Mañana vamos a dar un espectáculo.
Regresé a casa. Elena me recibió en la puerta, radiante, probándose los zapatos de diseñador que yo había pagado.
—¡Amor! Estás empapado —dijo, fingiendo preocupación—. ¿Dónde estabas? Me tenías angustiada.
La miré a los ojos. Esos ojos verdes que me habían engañado tan perfectamente. Sonreí, una sonrisa fría que ella no supo interpretar.
—Fui a despedirme del pasado, Elena. Para poder enfocarme completamente en nuestro futuro.
Ella me besó, satisfecha. No tenía ni idea de que su "futuro" terminaba mañana a las 12 del mediodía.
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