Mis zapatos ortopédicos resonaban en el mármol pulido de la entrada. El lugar era apabullante. Los techos eran altísimos, y del centro colgaba una lámpara de cristal que debía costar más de lo que yo había ganado en toda mi vida. Pero nada de esa belleza me consolaba. Para mí, aquello era una jaula de oro. Un lugar frío, sin alma, donde seguramente me tendrían sedada o apartada para que no molestara.
El hombre de traje, el tal Señor Martínez, nos guio hacia un salón inmenso que parecía una biblioteca. Había estanterías llenas de libros de leyes y una mesa de caoba masiva en el centro. Sobre la mesa, había varios documentos legales con sellos oficiales y un bolígrafo dorado.
—Siéntese, por favor —indicó Martínez, señalando una silla de terciopelo que parecía un trono.
Me senté, sintiéndome diminuta. Camila se quedó de pie junto a la ventana, mirando hacia el jardín, dándome la espalda. Su postura era rígida. Podía sentir la tensión en el aire.
—Bien —dijo el abogado, abriendo la carpeta—. Como saben, el trámite ha sido complejo debido a la zonificación y los impuestos de transferencia de alto valor, pero hemos logrado tener todo en regla para hoy.
¿Impuestos? ¿Transferencia? Mi mente de anciana no entendía esos términos legales, pero sonaban a dinero, a mucho dinero. Dinero que yo no tenía.
—Camila... —intenté llamar su atención nuevamente—. Hija, no tengo dinero para pagar esto. Si esto es un asilo de lujo, no puedo costearlo. Mi pensión es mínima.
Camila no se giró, pero el abogado respondió por ella.
—No se preocupe por los costos, Doña Elena. Todo ha sido liquidado previamente mediante una transacción bancaria internacional. Lo único que necesitamos ahora es su firma y su huella dactilar para legalizar la situación y que usted acepte los términos.
"Aceptar los términos". Esa frase me sonó a condena perpetua. Seguro que los términos decían que renunciaba a mis derechos, que aceptaba quedarme allí hasta el día de mi muerte sin poder salir.
—¿Y si no quiero firmar? —pregunté, sacando una fuerza que no sabía que tenía. La idea de perder mi libertad me rebelaba—. ¿Y si quiero volver a mi casita, con mis cosas, con mis vecinas?
Camila se giró bruscamente. Tenía los ojos llenos de lágrimas, lo cual me confundió.
—Mamá, por favor. No hagas esto más difícil. Tienes que firmar. He trabajado cinco años sin descanso para llegar a este momento. He ahorrado cada centavo, he invertido en bolsa, he hecho negocios inmobiliarios arriesgados solo para esto. No puedes decirme que no ahora.
Sus palabras me dolieron como cuchillos. Me estaba confirmando que su objetivo durante cinco años había sido deshacerse de mí. Que había trabajado duro para poder "aparcarme" en un lugar lejos de su vida. La decepción fue tan profunda que sentí un dolor físico en el pecho. Mi niña, mi dulce Camila, se había convertido en un monstruo calculador.
—Está bien —dije, derrotada. No tenía fuerzas para pelear contra ella y su dinero. Si esto era lo que ella quería, si este era el precio de su felicidad, yo lo pagaría. Como siempre lo había hecho.
El abogado empujó los documentos hacia mí.
—Aquí, aquí y aquí —señaló las líneas punteadas—. Y ponga su huella en el recuadro derecho.
Tomé el bolígrafo. Mi mano temblaba tanto que la firma salió chueca, fea. "Elena Ramírez". Escribí mi nombre, sintiendo que estaba firmando mi sentencia de muerte social. Cuando terminé, el abogado tomó los papeles, los revisó meticulosamente y sonrió por primera vez.
—Perfecto. Felicidades. Ahora procederé a la entrega de las llaves.
—¿Llaves? —pregunté confundida. En los asilos no te dan llaves. En los asilos te encierran.
El abogado sacó un juego de llaves antiguas, pesadas, de hierro forjado, y me las puso en la mano.
—Son las llaves maestras de la propiedad, Doña Elena. Abren la entrada principal, las casas de huéspedes, la bodega y el acceso al lago privado.
Miré las llaves, luego miré a Camila. Ella se acercó a la mesa, tomó los documentos que yo acababa de firmar y me los puso delante de la cara, señalando el encabezado en letras mayúsculas y negritas.
—Lee, mamá. Lee lo que acabas de firmar.
Me ajusté las gafas, limpiándome las lágrimas que me nublaban la vista. Me enfoqué en las letras negras sobre el papel blanco timbrado. Mi corazón se detuvo un instante. No era un contrato de admisión. No era una renuncia de derechos.
El título del documento decía: "ESCRITURA PÚBLICA DE COMPRAVENTA Y TRANSFERENCIA DE PROPIEDAD INMOBILIARIA A TÍTULO DE PLENO DOMINIO".
Y debajo, en la línea de "NUEVO PROPIETARIO TITULAR", no estaba el nombre de una empresa, ni de un asilo, ni siquiera el nombre de Camila.
Decía, en letras claras y grandes: ELENA RAMÍREZ.
El mundo empezó a dar vueltas.
—¿Qué... qué significa esto? —balbuceé, mirando al abogado y luego a mi hija.
Camila se arrodilló frente a mi silla, tomó mis manos callosas entre las suyas y rompió a llorar, pero esta vez no era un llanto contenido, era un llanto de liberación.
—Mamá... no te traje a un asilo —dijo entre sollozos, besando mis manos—. Te traje a tu casa. Esta es TU casa.
—Pero... esto es una mansión... esto vale millones... yo soy pobre, Camila...
—Tú eres rica, mamá. Eres millonaria en amor, y ahora, gracias a Dios y al trabajo, también tenemos esto. ¿Recuerdas esa casa grande que siempre mirabas en las revistas cuando yo era niña? ¿Esa que decías que te gustaría tener para plantar un jardín de rosas y no tener que preocuparte por las goteras del techo?
Asentí, incapaz de hablar. Recordaba vagamente esa fantasía, un sueño tonto que le contaba para que se durmiera cuando teníamos hambre.
—Pues no encontré esa —sonrió Camila entre lágrimas—, así que te compré una mejor.
El abogado se levantó discretamente y salió de la habitación, dejándonos solas. Pero mi mente todavía no podía procesarlo. ¿Por qué el secreto? ¿Por qué el susto?
—Pero... ¿por qué no me lo dijiste? —le reproché suavemente, acariciando su cabello—. Pensé que me odiabas, pensé que me ibas a abandonar. Lloré todo el camino pensando que era un estorbo para ti.
Camila levantó la vista, y su expresión cambió. Se puso seria de nuevo. Se levantó y caminó hacia una puerta doble que estaba cerrada al fondo del salón.
—No te lo dije porque la sorpresa no es solo la casa, mamá. Hay algo más. Algo que está detrás de esta puerta y que explica por qué tuve que hacerlo todo en secreto, sin que nadie, ni siquiera tú, supiera mis movimientos.
Me señaló la puerta.
—Abre esa puerta, mamá. Lo que hay ahí es la verdadera razón por la que compré esta propiedad específica. No fue al azar. Esta casa tiene una historia... y tiene un habitante que lleva años esperándote.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. ¿Un habitante? ¿Quién podría estar esperándome en una mansión millonaria que acababa de ser comprada? Me levanté con las piernas temblorosas y caminé hacia las puertas dobles. Puse mis manos sobre la madera fría.
—Ábrela —susurró Camila.
Empujé las puertas. Se abrieron con un gemido suave, revelando un jardín interior bañado por la luz del atardecer. Y en el centro del jardín, sentado en una silla de ruedas, había un hombre anciano, de espaldas a mí.
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