Al ver el sobre, las piernas de Doña Esther fallaron.
La mujer que segundos antes parecía una fiera defendiendo su territorio, se desplomó de rodillas sobre el cemento caliente, sin importarle ensuciar su vestido de domingo ni lastimarse las rodillas.
Cayó justo al lado del vagabundo.
El silencio en el atrio era absoluto. Incluso el tráfico de la calle parecía haberse detenido. Los feligreses se agolpaban en la puerta, estirando el cuello para ver y escuchar.
Esther extendió una mano temblorosa, pero no tomó el sobre. Acarició la mejilla sucia del hombre, manchándose los dedos de hollín y lágrimas.
—Roberto... —sollozó ella. El nombre salió de su garganta como un lamento desgarrador—. ¿Por qué? ¿Por qué volviste así?
El pueblo entero contuvo la respiración.
¿Roberto? ¿El hijo de Doña Esther?
La leyenda urbana decía que Roberto, el único hijo de Esther, había muerto hacía veinte años en el extranjero. O eso era lo que ella había dicho para tapar la vergüenza.
La realidad era mucho más cruda, una herida que sangraba dinero y traición.
Roberto había sido un joven brillante, ambicioso y cruel. Veinte años atrás, había falsificado la firma de su padre moribundo para quedarse con la herencia familiar: las tierras, el ganado, la casa grande.
Había dejado a su propia madre, Doña Esther, prácticamente en la calle, obligándola a vivir en una pequeña casita de servicio mientras él vendía todo para irse a la capital a invertir en negocios de alto riesgo y vivir una vida de lujos desenfrenados.
Se fue como un millonario, jurando que nunca volvería a este "pueblo de perdedores".
Y ahora, estaba ahí. Tirado en el suelo. Oliendo a miseria.
—Te saqué... —dijo Esther llorando, mientras la gente escuchaba atenta— te saqué a empujones no por odio, hijo mío. Te saqué porque vi al comisario en la tercera fila.
El vagabundo, Roberto, la miró confundido.
—Si te veían entrar así —continuó la anciana, limpiando la cara de su hijo con su propio pañuelo de encaje—, te iban a llevar preso por vagancia. O peor, la gente de este pueblo te iba a linchar si te reconocían. No quería que te humillaran ahí dentro, Roberto. Preferí ser yo la "mala" que te echara, a ver cómo te arrastraban ellos.
El hombre comenzó a llorar. Un llanto profundo, de esos que duelen en el pecho.
—Perdóname, mamá —gimió él, besando las manos arrugadas de su madre—. Lo perdí todo. Los yates, los autos, las empresas. Los "amigos" se fueron cuando se acabó el dinero. Llevo tres años durmiendo bajo puentes, comiendo sobras.
La multitud murmuraba. El "Gran Roberto", el heredero que se creía rey, ahora era un mendigo.
El padre Anselmo salió finalmente, acercándose a ellos con cautela.
—Esther... —dijo el sacerdote suavemente—. Levántalo. Vamos a llevarlo a la casa parroquial.
Pero Roberto negó con la cabeza. Se incorporó con dificultad, quedando sentado frente a su madre.
—No vine a pedir limosna, mamá —dijo él, con una dignidad que contrastaba con su ropa—. Y no vine a pedirte que me mantengas. Sé que no merezco ni el agua que bebes.
Levantó el sobre manchado que tenía en la mano.
—Vine a traerte esto.
Doña Esther miró el sobre con miedo. ¿Deudas? ¿Problemas legales? ¿Qué más podía quitarle su hijo si ya no tenía nada?
—¿Qué es esto, Roberto?
—Ábrelo —insistió él.
La anciana rompió el sello con dedos torpes. Sacó un documento oficial. Tenía sellos notariales y firmas recientes.
El padre Anselmo se inclinó para leer por encima del hombro de Esther y sus ojos se abrieron como platos.
—Dios santo... —susurró el cura.
No era una demanda. No eran deudas.
Era una Escritura de Propiedad y un Fideicomiso Bancario.
Roberto comenzó a explicar, con la voz entrecortada:
—Cuando estaba en la cima, cuando tenía millones... una parte de mí sabía que algún día caería. Mi conciencia no me dejaba dormir. Así que, hace quince años, contraté a un abogado muy caro y blindé una cuenta.
La gente escuchaba boquiabierta.
—Compré en secreto la antigua Hacienda de los Robles, la que papá tanto amaba y que yo vendí malbaratada. La recuperé, mamá. Y puse el resto del dinero en un fondo que no se podía tocar hasta que pasaran quince años o yo muriera.
Roberto tosió, una tos seca y enfermiza.
—Yo creí que volvería como un rey a dártelo. Pero la vida me cobró cada lágrima que te hice derramar. El vicio me ganó. Perdí el acceso a todo lo demás, pero esto... esto estaba a tu nombre desde hace años. Solo faltaba mi firma presencial para liberarlo.
El vagabundo señaló los papeles.
—Ahí está la hacienda, mamá. Y hay dinero suficiente para que vivas como una reina por diez vidas. Yo solo vine a entregártelo antes de morirme de hambre o de frío en algún rincón.
La revelación cayó como una bomba atómica sobre los presentes.
El vagabundo que todos miraban con asco acababa de entregar una fortuna incalculable a la mujer que lo había echado de la iglesia.
Pero la reacción de Doña Esther no fue de alegría.
Ella miró los papeles que valían millones de dólares. Miró las escrituras de la mansión. Miró los números de la cuenta bancaria.
Y luego, hizo algo que nadie, ni siquiera el propio Roberto, esperaba.
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