La Venganza del Granjero Millonario: El Cheque que Compró la Concesionaria y Despidió al Gerente

El Precio de la Arrogancia

El tiempo pareció detenerse en la concesionaria. Vi cómo las pupilas de Rogelio se dilataban. Su boca, que segundos antes estaba torcida en una mueca de desprecio, se abrió ligeramente, incapaz de articular palabra. El color rojo de su furia desapareció, dando paso a una palidez mortal, como si hubiera visto un fantasma.

Sus manos empezaron a temblar. El papel crujió bajo sus dedos sudorosos.

—Esto... esto no puede ser real —balbuceó, con la voz convertida en un hilo—. ¿Ocho millones...? ¿De dónde sacó esto?

Levantó la vista hacia mí. Ya no había burla en su mirada, solo confusión y miedo. Miedo puro.

—De la tierra, señor gerente —respondí con serenidad—. De esa tierra que usted dice que ensucia su piso. Es el pago inicial de la cooperativa agrícola más grande de la región. Soy Elías Mondragón.

El nombre pareció golpearlo como una bofetada. Mondragón. Cualquiera en el mundo de los negocios locales sabía que la familia Mondragón había pasado de ser pequeños agricultores a los mayores exportadores del estado en los últimos cinco años. Pero nadie conocía mi cara, porque yo no iba a fiestas de gala ni salía en las revistas sociales. Yo estaba en el campo, trabajando.

Rogelio tragó saliva ruidosamente. Miró a los guardias de seguridad, que se habían detenido a medio camino, confundidos por el cambio de atmósfera. Con un gesto nervioso de la mano, les indicó que se retiraran.

—Señor Mondragón... yo... —empezó a decir, intentando recomponer su postura, alisándose el traje con manos temblorosas—. Hubo... hubo un malentendido. Usted sabe, tenemos políticas de seguridad estrictas y... con su vestimenta... uno no puede saber...

—Uno no puede saber —lo interrumpí—, a menos que pregunte con respeto. A menos que trate a las personas como seres humanos y no como billeteras con patas.

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Rogelio soltó una risa nerviosa, transpirando profusamente.

—Tiene toda la razón, toda la razón. Permítame ofrecerle un café, o mejor, un whisky. Tenemos una etiqueta azul reservada para nuestros clientes VIP. Por favor, pase a mi oficina privada, ahí estaremos más cómodos para procesar esta... magnífica compra.

Intentó tocarme el brazo para guiarme, pero me aparté bruscamente.

—No voy a entrar a su oficina —dije con frialdad—. Y tampoco voy a procesar la compra con usted.

La sonrisa de Rogelio se congeló.

—Pero... señor Mondragón, soy el Gerente General. Soy el único autorizado para autorizar un descuento por volumen de esta magnitud. Si quiere esos once camiones hoy mismo, tiene que ser conmigo.

En ese momento, su arrogancia intentó resurgir. Estaba tratando de usar su posición para acorralarme, pensando que mi deseo de comprar los camiones era mayor que mi dignidad. Pensaba que el dinero lo arreglaba todo, que si me daba un buen descuento, yo olvidaría cómo me había humillado frente a su personal.

—¿Ah, sí? —pregunté, levantando una ceja—. ¿Usted es la máxima autoridad aquí?

—Así es —afirmó, recuperando un poco de su soberbia habitual—. El dueño de la franquicia vive en la capital y nunca viene. Aquí mando yo. Así que, si quiere hacer negocios, dejemos el drama y pasemos a firmar. Le haré un 5% de descuento para compensar el... incidente de la entrada.

Saqué mi teléfono celular del bolsillo. Era un modelo viejo, con la pantalla astillada, pero funcionaba perfectamente.

—¿Qué hace? —preguntó Rogelio, impaciente.

—Llamar al dueño —dije simplemente.

Rogelio soltó una carcajada incrédula.

—¿Usted? ¿Llamar al Licenciado Ferrari? Por favor, señor Mondragón, no sea ridículo. El Licenciado no atiende llamadas de...

—¿Hola? ¿Carlos? —dije al teléfono, interrumpiendo el discurso de Rogelio—. Sí, soy Elías. Sí, estoy bien, aquí en tu sucursal del norte. Oye, tenemos un problema.

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La cara de Rogelio se transformó. Pasó de la incredulidad al pánico absoluto en un segundo. Empezó a hacer señas con las manos, como pidiéndome que cortara la llamada, susurrando "No, no, espere, podemos arreglarlo".

—Sí, Carlos. Estoy intentando comprar la flota nueva para la exportación. Sí, los once camiones que hablamos en el asado del domingo pasado. Pero fíjate que tu gerente dice que un pobre hombre como yo no puede permitirse comprarlos. Ah, y también iba a echarme con seguridad.

Puse el teléfono en altavoz. La voz grave y potente de Carlos Ferrari resonó en el silencio sepulcral de la concesionaria.

¿Que hizo qué? Elías, pásame a ese imbécil ahora mismo.

Extendí el teléfono hacia Rogelio. Sus manos temblaban tanto que casi se le cae el aparato. Parecía un niño pequeño a punto de ser castigado, encogido, sudoroso, destruido.

—¿Aló? ¿Licenciado? —su voz era un chillido agudo.

Rogelio —tronó la voz desde el teléfono—, tienes idea de quién es Elías Mondragón? No solo es mi amigo de la infancia, ¡es el proveedor que salvó mi cadena de restaurantes el año pasado cuando hubo escasez! ¡Le debo mi maldito negocio!

—Señor, yo no sabía, él venía sucio y...

¡Cállate! —gritó Carlos—. No me importa si venía vestido de payaso. Un cliente es un cliente. Y un ser humano es un ser humano. Te he advertido mil veces sobre tu actitud con la gente que consideras "inferior".

Todo el personal de la tienda estaba mirando. Los vendedores jóvenes, la recepcionista, los guardias. Rogelio estaba siendo humillado públicamente, de la misma manera que él había intentado humillarme a mí, pero con una diferencia: él se lo había buscado.

—Licenciado, le prometo que lo arreglaré, le haré el mejor descuento, le lameré las botas si es necesario...

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Es tarde para eso, Rogelio, —dijo Carlos, y su tono de voz bajó, volviéndose frío y definitivo—. Pásame a Elías de nuevo.

Recuperé mi teléfono.

—Dime, Carlos.

Elías, hermano, lamento esto en el alma. Hazme un favor. Mira a tu alrededor. ¿Ves a algún vendedor que valga la pena?

Miré por la sala. Mis ojos se posaron en un muchacho joven, muy delgado, que estaba al fondo, cerca de los baños. Era el único que no se había reído cuando entré. De hecho, había visto cómo intentaba acercarse a mí con un vaso de agua antes de que Rogelio lo detuviera con una mirada. Era un pasante, probablemente.

—Sí, veo a uno —dije.

Bien. Pásale el teléfono a él.

Rogelio me miraba con terror, intuyendo lo que venía. Caminé hacia el muchacho, que me miraba asustado.

—Toma, hijo. El dueño quiere hablar contigo.

El chico tomó el teléfono, temblando.

—¿Sí? ¿Hola?

Escuchamos la voz de Carlos, fuerte y clara.

Hijo, ¿cómo te llamas?

—Mario, señor. Soy el pasante de ventas.

Muy bien, Mario. A partir de este segundo, dejas de ser pasante. Eres vendedor senior. Y quiero que proceses la venta de los once camiones y las tres camionetas para el Señor Mondragón. La comisión completa es tuya.

Se escuchó un grito ahogado en la sala. Una venta de esa magnitud significaba una comisión que, para un chico como Mario, era suficiente para comprarse una casa pequeña. Los otros vendedores, los que se habían burlado, se miraban entre ellos con envidia y arrepentimiento.

—Y Rogelio... —dijo Carlos, todavía en altavoz—.

Rogelio dio un paso adelante, esperanzado.

—¿Sí, señor?

La respuesta que dio el dueño nos dejó a todos helados. Fue el golpe final que nadie vio venir.

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