El Licenciado Rossi se levantó con calma, ajustándose los anteojos. Caminó hacia el centro de la pista con una seriedad que helaba la sangre. Abrió su maletín de cuero sobre una mesa auxiliar y extrajo una carpeta azul gruesa, llena de documentos sellados.
Carlos llegó a mi lado e intentó quitarme el micrófono.
—Clara, ¿te has vuelto loca? ¿Quién es este tipo? ¡Bájate de ahí ahora mismo! Estás haciendo el ridículo —me susurró con violencia, apretándome el brazo.
Me solté de un tirón.
—No me vuelvas a tocar —dije, esta vez sin usar el micrófono, pero con una furia tal que él retrocedió un paso—. Y cállate. Ahora me toca hablar a mí.
Elena corrió hacia nosotros, sus tacones resonando en el piso de mármol.
—¡Seguridad! —gritó ella—. ¡Saquen a este hombre! ¡Mi nuera ha bebido demasiado, está histérica!
—Nadie va a sacar a nadie —intervino el Licenciado Rossi con voz de barítono—. Soy el notario público encargado de certificar los activos y la titularidad de este evento, así como de las propiedades involucradas en el acuerdo nupcial. Y tengo instrucciones precisas de mi clienta.
—¿Tu clienta? —Carlos miró al abogado y luego a mí, con los ojos desorbitados—. ¿De qué hablas? Clara no tiene dinero para pagar un abogado como tú. Ella no tiene nada. Todo esto... —señaló el salón de lujo— lo pagamos nosotros. Mi familia.
Esa fue la gota que derramó el vaso. La mentira que habían repetido tantas veces que ellos mismos se la habían creído.
—¿Ustedes pagaron esto? —pregunté al micrófono, con una sonrisa irónica—. Carlos, ¿por qué no le dices a todos la verdad sobre la situación financiera de tu "prestigiosa" empresa?
El salón se quedó en absoluto silencio. Se podría haber escuchado caer un alfiler.
Carlos empezó a sudar. Gotas visibles bajaban por su frente.
—No sé de qué hablas... —balbuceó.
—Lo sabes muy bien —continué, caminando alrededor de él—. Tu empresa de importaciones está en quiebra desde hace seis meses. Tienen deudas fiscales millonarias. Tu madre hipotecó su casa dos veces para mantener las apariencias.
Elena se llevó la mano al pecho, fingiendo un infarto.
—¡Mentira! ¡Calumnias! —chilló.
—Tengo los documentos aquí —dijo el Licenciado Rossi, levantando una hoja—. Auditoría fiscal del mes pasado. Deuda acumulada: tres millones de dólares. Estado actual: Insolvencia inminente.
Los invitados, muchos de ellos socios de negocios de Carlos, empezaron a sacar sus teléfonos. El escándalo estaba servido.
—Pero eso no es lo peor —dije, mirando fijamente a Carlos—. Lo peor es que te casaste conmigo pensando que yo era una "pobretona" manipulable. Pensaste que, al casarte, podrías usar mi firma para pedir préstamos a nombre de un tercero limpio, o quizás, simplemente querías una sirvienta que te agradeciera por sacarla de la pobreza.
Carlos me miró con odio.
—Tú eres una muerta de hambre, Clara. No tienes nada. Si mi empresa tiene problemas es temporal. Yo sigo siendo un apellido importante. Tú no eres nadie sin mí.
—Ah, ¿sí? —respondí suavemente.
Hice una señal al Licenciado Rossi. Él sacó el documento más importante de la carpeta. Un título de propiedad con sellos dorados y lacre rojo.
—Carlos, ¿sabes quién es el dueño de este salón de eventos? ¿De este hotel de lujo donde estamos celebrando?
—No me importa, lo alquilamos —respondió él con desdén.
—No, Carlos. No lo alquilaron. El cheque que tu madre dio para el depósito rebotó hace tres días por falta de fondos. El gerente me llamó a mí.
Elena se puso blanca como el papel.
—¿Y sabes por qué me llamó a mí? —pregunté, acercándome a mi suegra—. Porque yo soy la dueña.
Un grito ahogado recorrió el salón.
—¿Qué? —Carlos casi se cae—. Eso es imposible. Tú trabajas de secretaria.
—Trabajo de administrativa porque me gusta mantenerme ocupada y aprender desde abajo —expliqué, disfrutando cada segundo—. Pero lo que nunca te dije, porque quería que me amaras por quien soy y no por lo que tengo, es que soy la única heredera del Grupo Inmobiliario Valdés. Mi abuelo me dejó todo hace cinco años.
"Grupo Valdés". El nombre resonó en la sala. Era una de las corporaciones más grandes del país. Todos conocían el nombre, pero pocos conocían a la familia porque siempre habíamos sido extremadamente discretos.
—Este hotel es mío —dije, abriendo los brazos—. La casa donde pensábamos vivir, la que tú decías que "compraste" pero que en realidad es alquilada... el edificio entero es mío.
Carlos temblaba. Sus ojos iban de mí al abogado, calculando, procesando. Su expresión cambió en un segundo. El odio desapareció y fue reemplazado por una desesperación patética.
—Mi amor... —dijo, intentando sonreír, dando un paso hacia mí—. Clara, mi vida... ¿por qué no me lo dijiste? Esto es maravilloso. ¡Somos ricos! Todo esto es nuestro. Olvida lo que pasó en la entrada, estaba nervioso, sabes cómo se pone mamá...
Intentó agarrarme las manos de nuevo.
—¡Aléjate! —grité.
—Pero estamos casados —dijo él, mirando a los invitados como buscando apoyo—. Ya firmamos en la iglesia. Lo que es tuyo es mío. Somos un equipo, nena.
El Licenciado Rossi carraspeó ruidosamente.
—De hecho, señor Carlos, ahí es donde se equivoca.
—¿De qué habla? —ladró Carlos, perdiendo la paciencia—. ¡Nos casamos hace dos horas! ¡Hay testigos!
—Sí, la ceremonia religiosa ocurrió —dijo Rossi con calma—. Pero el acta civil... el documento legal que vincula los patrimonios...
El abogado sostuvo un papel en el aire.
—La señorita Clara me pidió que retuviera el acta antes de enviarla al registro civil. Ella quería ver cómo se comportaba usted durante la recepción. Era, por así decirlo, la última prueba.
Carlos se quedó paralizado.
—¿La última prueba?
—Sí —intervine yo—. Quería saber si me respetarías. Quería saber si, al menos por un día, podrías poner a tu esposa por encima de tu madre y de tu ego.
Miré hacia la entrada, donde él me había dejado plantada minutos atrás.
—Fallaste, Carlos. Fallaste estrepitosamente.
—El acta no ha sido procesada —concluyó el abogado, rompiendo el papel en dos pedazos frente a todos—. Legalmente, ustedes no son nada.
La realidad golpeó a Carlos como un tren de carga. No había matrimonio. No había acceso a mi fortuna. Y su quiebra era ahora de conocimiento público.
Pero Elena, mi suegra, no se iba a rendir tan fácil. Con la cara desfigurada por la ira, se lanzó hacia mí con las uñas por delante, gritando como una loca.
—¡Maldita estafadora! ¡Arruinaste a mi hijo! ¡Te voy a matar!
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