Hogares Rotos

La Limpiadora Descubrió una Fortuna Millonaria Oculta en la Mansión de su Jefe: El Secreto del Testamento y la Herencia Robada

La verdad que valía millones

El forcejeo fue breve pero violento. Don Juan intentaba arrebatarme la caja, pero en mi desesperación, logré darle una patada en la espinilla. Él soltó un gruñido de dolor y aflojó el agarre por un segundo. Fue suficiente.

Agarré la carta del suelo y corrí hacia el otro lado del escritorio. Él se recuperó rápido, con la respiración agitada y una mirada que prometía venganza.

—Elena, escúchame bien —dijo, cambiando repentinamente de táctica. Su voz se volvió falsamente suave, aunque sus manos seguían cerradas en puños—. No sabes lo que tienes ahí. No lo entiendes. Dame ese papel y te daré dinero. Mucho dinero. ¿Cuánto quieres? ¿Diez mil dólares? ¿Veinte mil? Puedo cambiar tu vida ahora mismo. Solo dame la maldita carta.

La oferta me hizo dudar un instante. Veinte mil dólares pagarían las deudas de mi madre, el hospital, todo. Pero entonces recordé la primera línea: "Para mi querida Elena". Y recordé la prueba de embarazo.

—¿Por qué está mi nombre aquí? —pregunté, con la voz temblorosa pero firme. Apreté el papel contra mi pecho—. ¿Quién escribió esto?

La cara de Don Juan se transformó. La máscara de amabilidad cayó.

—¡Nadie! ¡Una loca! ¡Eso no tiene validez legal! —gritó, perdiendo la compostura—. ¡Si no me la das, te juro que haré que te arresten! ¡Diré que me robaste! ¡Tengo a la policía en mi bolsillo, Elena! ¡Nadie creerá a una simple limpiadora contra un empresario millonario!

Su amenaza fue el detonante. Sabía que tenía razón. Si llegaba la policía, yo perdería. Él tenía el dinero y los abogados. Yo solo tenía un papel arrugado.

Tenía que saber qué decía. Tenía que leerlo antes de que me lo quitara.

Aprovechando que el escritorio nos separaba, retrocedí hacia el baño privado que estaba conectado al despacho. Él se dio cuenta de mi intención y se lanzó sobre el escritorio, tirando lámparas y documentos al suelo.

Me metí en el baño y cerré la puerta justo cuando él se estrellaba contra ella. Giré el pestillo con manos temblorosas.

—¡Abre! ¡Abre, maldita sea! —golpeaba la madera con furia. La puerta retumbaba. Sabía que no aguantaría mucho tiempo.

Me senté en el borde de la bañera de mármol, con el corazón a punto de estallar, y desdoblé la carta. Mis ojos recorrían las líneas frenéticamente, devorando la verdad que había estado oculta durante tres décadas.

La carta no era de una amante. Era de mi madre. Mi madre, que había muerto cuando yo tenía cinco años en un "accidente" de coche que nunca se aclaró del todo.

"Mi querida Elena,

Si lees esto, es porque Don Juan no cumplió su promesa. Él no es quien crees. Hace años, tu padre y él eran socios. Compraron juntos el boleto de lotería que fundó todo este imperio. Ganaron millones. Pero tu padre enfermó repentinamente poco después.

Juan le hizo firmar papeles en su lecho de muerte, aprovechándose de su delirio. Le robó todo, Elena. Le robó su parte del premio, sus inversiones, y me dejó a mí en la calle contigo en brazos. Cuando intenté denunciarlo con abogados, me amenazó. Me dijo que si hablaba, te haría daño a ti.

La prueba de embarazo que está en la caja es mía. Es de cuando estaba embarazada de ti. Juan siempre dudó de si tu padre era realmente el padre, porque en el fondo sabía que si tú eras la hija legítima, tendrías derecho a reclamar la mitad de su fortuna algún día.

Esta mansión, sus empresas, todo lo que él disfruta... la mitad es tuya por derecho de sangre y herencia. He guardado copia del boleto original y del contrato de sociedad en la caja de seguridad del banco central, la llave está pegada detrás de esta hoja.

No confíes en él. Recupera lo que es tuyo."

Las lágrimas caían sobre el papel, emborronando la tinta. Todo cobró sentido. La pobreza en la que me crió mi tía, las historias a medias sobre mi padre, la mirada de odio que Don Juan a veces me lanzaba cuando creía que yo no lo veía. Él no me contrató por caridad. Me tenía cerca para vigilarme. Para asegurarse de que nunca supiera la verdad. Me había convertido en la sirvienta de mi propia fortuna robada.

Fuera, los golpes cesaron. Se hizo un silencio aterrador.

—Elena —dijo Don Juan a través de la puerta, con una voz fría y metálica—. Ya llamé a seguridad. Van a tirar la puerta abajo. Si sales ahora y me das eso, te dejaré ir. Si no... te prometo que no saldrás de esta propiedad con vida.

Miré al reverso de la carta. Efectivamente, había una pequeña llave plana pegada con cinta adhesiva. La llave de una caja de seguridad bancaria. La prueba definitiva.

No podía salir. Si salía, él me destruiría. Pero estaba atrapada en un baño sin ventanas, en una mansión rodeada de muros altos, con un hombre poderoso dispuesto a matar para proteger sus millones.

Miré a mi alrededor buscando una salida, un arma, algo. Mi mirada se posó en el teléfono de servicio colgado en la pared del baño, un lujo absurdo que Don Juan había instalado.

Lo descolgué. Tenía tono.

Mis dedos marcaron el único número que podía salvarme. No era la policía, a quienes él controlaba. Marqué el número de un programa de televisión de investigación criminal, un contacto que una amiga me había dado una vez en broma, diciendo "por si algún día te pasa algo de novela".

—¿Hola? —contestó una voz al otro lado—. Línea de denuncias anónimas.

—No quiero ser anónima —susurré, mientras la puerta del baño empezaba a crujir bajo los embates de un hombro fuerte—. Soy Elena García. Estoy atrapada en la mansión de Don Juan Villalobos. Él robó una fortuna millonaria a mi familia y me tiene secuestrada. Tengo las pruebas. Si cuelgan, estoy muerta.

En ese momento, la madera alrededor de la cerradura estalló en astillas. La puerta se abrió de par en par.

Don Juan estaba allí, con una pistola plateada en la mano.

Me miró, luego miró el teléfono en mi mano. Su rostro se descompuso al ver la luz roja de la llamada activa.

—¿Con quién estás hablando? —susurró.

—Con todo el mundo —respondí, levantando la barbilla por primera vez en diez años—. Ya lo saben todo.

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Anna Arteaga

¡Hola a todos! Soy Anna Arteaga, una alma apasionada por los bonsáis. Mi fascinación por estos árboles en miniatura comenzó en la infancia. Este blog es mi espacio para compartir mi pasión transformada en arte, y para ofrecer consejos prácticos y tutoriales que ayuden a cultivar y mantener la belleza de estos pequeños tesoros de la naturaleza.

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