Roberto, al verse acorralado y sin futuro, miró a su esposa con un odio repentino. En lugar de defenderla o asumir la culpa juntos, buscó salvarse solo.
—¡Fue ella! —gritó Roberto, señalando a Clara con el dedo acusador—. ¡María, por favor, escúchame! Yo no quería tratarte mal. Todo fue idea de Clara. Ella me obligaba a recortar los gastos de los empleados para pagar sus lujos. Ella organizó esta humillación. ¡Yo solo soy una víctima de sus caprichos! ¡Despídela a ella, échala a ella, pero déjame mi puesto!
El salón entero dejó escapar un murmullo de repulsión. Clara miró a su marido, el hombre con el que había compartido diez años de matrimonio, con una expresión de horror absoluto. El hombre "poderoso" se estaba arrastrando, vendiendo a su propia esposa por un salario.
—¿Roberto? —susurró Clara, con la voz rota—. ¿Cómo puedes...?
María observó la escena con lástima.
—Patético —dijo María, negando con la cabeza—. Realmente se merecen el uno al otro. Roberto, tú eras el Director. Tú firmabas los documentos. Tú permitiste que tu esposa usara los fondos de la empresa. No intentes culparla ahora. Tu falta de carácter es precisamente la razón por la que no puedes dirigir mi compañía.
María hizo una seña a los guardias de seguridad, los mismos que minutos antes iban a echarla a ella.
—Caballeros, por favor, escolten al señor y a la señora fuera de mi propiedad. Asegúrense de que no se lleven nada que no les pertenezca.
Los guardias, que conocían a María porque ella siempre los saludaba amablemente cuando "limpiaba" la entrada, obedecieron con gusto. Agarraron a Roberto y a Clara por los brazos.
Clara intentó resistirse, gritando insultos, amenazando a todos, pero fue inútil. Fue arrastrada fuera de su propia fiesta, pasando frente a las miradas de juicio de todos sus falsos amigos. Nadie movió un dedo por ayudarla. La mujer que quería reírse de la señora de la limpieza terminó siendo el hazmerreír de la ciudad entera.
Cuando las puertas se cerraron tras ellos, el ambiente en el salón cambió. Ya no había tensión, sino una extraña sensación de justicia.
María se dirigió al centro del salón. Tomó una copa de champán, no para beber, sino para brindar.
—Quiero pedir disculpas por el espectáculo —dijo a los invitados que quedaban—. Pero era necesario limpiar la casa, y no me refiero al polvo. A partir de mañana, esta empresa operará bajo nuevos valores. El que quiera quedarse y trabajar con honestidad, será bienvenido y recompensado justamente. El que prefiera la vía de la apariencia y la crueldad, puede seguir a Roberto y a Clara por esa puerta ahora mismo.
Nadie se fue. De hecho, comenzaron a aplaudir. Primero tímidamente, luego con entusiasmo.
En las semanas siguientes, la caída de los Valladares fue total. Sin el dinero de la empresa y con su reputación destrozada, Roberto y Clara perdieron todo. Las deudas que habían acumulado para mantener su estilo de vida los ahogaron. Se supo que Roberto tuvo que vender su auto deportivo para pagar abogados, y Clara fue vista intentando vender sus bolsos de diseñador en tiendas de segunda mano, donde le ofrecían una miseria.
María, por su parte, asumió la presidencia de la compañía. Pero no cambió su esencia. Se mudó a la mansión, sí, pero la primera orden que dio fue convertir el ala oeste de la casa en una fundación para otorgar becas a los hijos de los empleados de limpieza y mantenimiento.
A menudo, cuando había fiestas o reuniones importantes, se podía ver a María conversando animadamente con los camareros y el personal de servicio, tratándolos con el mismo respeto que a los inversionistas millonarios.
La lección quedó grabada a fuego en la sociedad: Nunca mires por encima del hombro a nadie, a menos que sea para ayudarlo a levantarse. Porque la vida da muchas vueltas, y la mano que hoy humillas, puede ser la mano que mañana tenga el poder de firmar tu sentencia.
Y en cuanto a Clara... dicen que la última vez que la vieron, estaba preguntando por trabajo en una agencia de empleo. La ironía del destino quiso que la única vacante disponible fuera en el turno de noche, en el equipo de limpieza.
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