El dueño de la farmacia, cuyo nombre era Ricardo, se quedó paralizado. La sonrisa se le borró de la cara y un sudor frío empezó a bajarle por la frente. Arrebató los documentos que Valeria le extendía y empezó a leerlos frenéticamente.
—Esto... esto no puede ser legal —balbuceó Ricardo—. Yo estaba negociando una prórroga con el banco. ¡Usted no puede aparecer de la nada y comprar mi deuda!
—En el mundo de los negocios, el dinero habla —respondió Valeria, caminando lentamente por el local, tocando los estantes que una vez fueron inalcanzables para ella—. Y su banco estaba muy ansioso por deshacerse de un cliente moroso que trata tan mal a su personal y que tiene tantas denuncias por irregularidades.
Ricardo apretó los puños. Miró a su alrededor, dándose cuenta de que los pocos clientes que había estaban presenciando su humillación.
—Mire, señora... no sé cuál es su juego. Si quiere comprar el local, podemos llegar a un acuerdo. Pero no me hable de ética. Este viejo de aquí —señaló de nuevo a Jacinto— me ha estado robando por años. Dice que regala medicinas a la gente pobre del barrio. ¡Es un traidor!
Don Jacinto, que había bajado de la escalera, bajó la cabeza con vergüenza.
—Yo solo ayudo a quienes lo necesitan, patrón... como su padre me enseñó que NO debía hacerse —susurró el anciano.
—¡Cállate! —le gritó Ricardo—. ¡Estás despedido! Lárgate ahora mismo y ni se te ocurra pedir liquidación.
Valeria dio un paso al frente, interponiéndose entre Ricardo y el anciano. La atmósfera en la farmacia se volvió eléctrica.
—Él no se va a ninguna parte —dijo Valeria, su voz resonando con una autoridad que hizo que Ricardo retrocediera—. El que se va es usted. Acabo de ejecutar la cláusula de desalojo inmediato por incumplimiento de contrato de arrendamiento del local, el cual ahora está a mi nombre.
Ricardo soltó una carcajada nerviosa, casi al borde del colapso mental.
—¡Es mi farmacia! ¡Mi nombre está en la puerta!
—Su nombre está en una empresa en quiebra —replicó Valeria—. El local, el inventario y la licencia de operación ahora me pertenecen. Y he decidido que este lugar necesita una dirección con corazón, algo que ni usted ni su padre tuvieron nunca.
Valeria se giró hacia Don Jacinto. El anciano estaba temblando, sin entender por qué esta mujer lo defendía con tanta ferocidad. Ella se acercó a él y le tomó las manos.
—Don Jacinto, ¿se acuerda de una niña que hace 20 años vino por unas medicinas para su madre y usted se las regaló arriesgando su propio pellejo?
El anciano frunció el ceño, buscando en su memoria miles de rostros a los que había ayudado en secreto. De repente, vio algo en los ojos de Valeria. Ese mismo brillo de esperanza que vio en la niña empapada por la lluvia.
—¿Valerita? —preguntó con voz quebrada—. ¿Eres tú, la hija de doña Rosa?
Valeria asintió con lágrimas en los ojos. Ricardo miraba la escena sin poder creerlo. El pasado que su padre había despreciado acababa de regresar para cobrar una factura impagable.
—Vine a saldar mi deuda, Jacinto —dijo Valeria—. Pero no con dinero, sino con justicia.
Ricardo intentó intervenir, pero Valeria le entregó una última hoja. Era una orden de restricción y un aviso de auditoría legal por los malos manejos de la farmacia durante la gestión de su padre.
—Usted tiene diez minutos para recoger sus efectos personales —ordenó Valeria—. Si vuelve a poner un pie aquí, llamaré a la policía por invasión de propiedad privada.
Ricardo, derrotado y humillado, salió de la farmacia bajo la mirada de desprecio de los vecinos que se habían amontonado en la puerta. Pero lo que Valeria estaba a punto de entregarle a Don Jacinto era algo que el anciano jamás habría soñado ni en sus fantasías más locas.
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