Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con aquel anciano de sombrero humilde y la soberbia directora de Recursos Humanos. Prepárate, porque la verdad detrás de ese papel arrugado y la identidad de aquel hombre es mucho más impactante —y costosa— de lo que imaginas.
Todo comenzó una mañana de martes que parecía perfectamente normal en el corporativo "Global Solutions". El aire acondicionado zumbaba suavemente, manteniendo una temperatura gélida que contrastaba con el calor infernal de la calle.
Valeria, la directora de Recursos Humanos, caminaba por los pasillos haciendo sonar sus tacones de diseñador contra el piso de mármol pulido. Se sentía la reina del lugar. A sus 35 años, había logrado escalar posiciones pisando a quien fuera necesario. Para ella, la imagen lo era todo.
Su oficina era un santuario de cristal. Todo en su escritorio estaba milimétricamente ordenado: su costosa laptop, su taza de café importado y una placa dorada con su nombre que brillaba bajo las luces led.
Ese día, Valeria estaba especialmente estresada. Esperaba la visita de un inversionista clave, alguien que supuestamente inyectaría capital millonario a la empresa. Había dado órdenes estrictas a la seguridad y a la recepción: "Quiero que todo brille. No quiero errores. Y sobre todo, no quiero ver a nadie que no parezca exitoso en el lobby".
Fue entonces cuando lo vio.
A través del cristal de su oficina, observó una conmoción en la entrada. Un hombre mayor, de unos setenta años, había logrado pasar el primer filtro de seguridad aprovechando que el guardia estaba distraído con una entrega de paquetería.
El aspecto del hombre era, para los estándares de Valeria, ofensivo. Llevaba un sombrero de paja desgastado por el sol, una camisa de cuadros que había visto días mejores y unos pantalones de mezclilla manchados de barro fresco y cemento. Sus botas de trabajo dejaban pequeñas huellas de tierra sobre la inmaculada alfombra beige.
Valeria sintió que la sangre le hervía. ¿Cómo se atrevían? ¿Cómo era posible que permitieran que alguien así entrara en su templo de la productividad?
El anciano caminaba despacio, con la humildad de quien está acostumbrado a pedir permiso para existir. En sus manos callosas y curtidas por el trabajo duro, apretaba con fuerza un papel arrugado, doblado en cuatro partes. Parecía nervioso, mirando a todos lados con ojos cansados pero llenos de esperanza.
Valeria no esperó a que llegara seguridad. Se levantó de su silla ergonómica con una furia contenida, alisó su blazer azul marino y salió de su oficina como un huracán.
—¡Hey! ¡Usted! —gritó desde el marco de su puerta, haciendo que varios empleados dejaran de teclear y levantaran la vista—. ¿Se puede saber qué demonios hace aquí adentro?
El anciano se detuvo en seco. Se quitó el sombrero en señal de respeto, descubriendo un cabello blanco y revuelto. Sonrió tímidamente, mostrando unas arrugas profundas marcadas por años de sol.
—Buenos días, señorita —dijo el hombre con una voz rasposa pero amable—. Disculpe la molestia, solo buscaba entregar este papel...
Intentó acercarse, extendiendo la hoja arrugada hacia ella.
Valeria retrocedió dos pasos, como si el hombre tuviera una enfermedad contagiosa. Hizo una mueca de asco exagerada, asegurándose de que todos sus subordinados vieran su desaprobación.
—¡No se me acerque! —ladró ella, cruzando los brazos como una barrera—. Mire nada más cómo viene. Está llenando todo de tierra. ¿Qué se cree? ¿Piensa que esto es un albergue o una construcción? Esto es una empresa transnacional, por el amor de Dios.
—Señorita, por favor, es urgente —insistió el anciano, sin perder la calma, aunque su sonrisa empezaba a flaquear ante la agresividad de la mujer—. Si pudiera leer esto, entendería...
—No tengo nada que leer de alguien que ni siquiera tiene la decencia de bañarse antes de salir a la calle —interrumpió Valeria, elevando la voz para humillarlo más—. Usted está dañando la imagen de mi empresa. ¡Mírese! Es vergonzoso. No le podemos dar empleo ni para conserje.
El silencio en la oficina era sepulcral. Los analistas y secretarias miraban la escena con incomodidad. Algunos sentían lástima por el abuelo, pero nadie se atrevía a contradecir a Valeria. Todos conocían su temperamento y nadie quería ser el siguiente en la lista de despidos.
El anciano bajó la mirada hacia sus botas sucias.
—La tierra no es suciedad, señorita. Es trabajo —murmuró él con dignidad—. Vengo de la obra, sí. Pero necesito que vea este documento.
Valeria, harta de la interrupción, dio un paso adelante y, en un arrebato de prepotencia, le dio un manotazo a la mano del anciano. El papel salió volando y cayó al suelo, deslizándose unos metros.
—¡Lárguese! —gritó ella, señalando la salida con su dedo índice perfectamente manicurado—. ¡Seguridad! ¡Saquen a este indigente de mi vista ahora mismo!
El anciano no se movió. Miró el papel en el suelo y luego levantó la vista hacia Valeria. Ya no sonreía. Su mirada había cambiado. Ahora había una autoridad en sus ojos que Valeria, en su ceguera de ego, no pudo reconocer.
Fue en ese preciso instante, justo cuando el guardia de seguridad corría hacia ellos con la macana en la mano, que las puertas del elevador ejecutivo se abrieron.
Del elevador salió el Licenciado Roberto Montiel, el Gerente General de la compañía. Un hombre que usualmente inspiraba terror en los empleados por su frialdad y exigencia. Roberto venía revisando su reloj, preocupado, hasta que levantó la vista y vio la escena.
Valeria, al ver a su jefe, sonrió triunfante. Pensó que Roberto la felicitaría por mantener el orden y la estética de la oficina.
—Licenciado Montiel, qué bueno que llega —dijo Valeria, cambiando su tono a uno de víctima eficiente—. Disculpe el alboroto. Este viejo asqueroso se coló en la oficina, pero ya me estoy encargando de que lo saquen a la calle, donde pertenece.
Pero Roberto no la estaba mirando a ella.
El rostro del Gerente General había perdido todo el color. Estaba pálido, como si acabara de ver un fantasma. Sus ojos estaban fijos en el anciano de ropa sucia que estaba parado en medio del pasillo.
Valeria notó que algo andaba mal cuando vio que a Roberto le empezaban a temblar las manos.
—¿Licenciado? —preguntó ella, confundida.
Roberto ignoró completamente a Valeria. Corrió. No caminó, corrió hacia el anciano, casi tropezando en su prisa. Al llegar frente a él, hizo algo que dejó a toda la oficina sin aliento.
El gran Gerente General, el hombre que nunca saludaba a nadie, inclinó la cabeza en una reverencia profunda, casi servil.
—Don Jacinto... —la voz de Roberto era un hilo de nerviosismo—. ¡Don Jacinto! ¡Qué vergüenza! No sabíamos que vendría hoy... y menos... menos así.
Valeria sintió un nudo en el estómago. ¿Don Jacinto? ¿Quién era ese viejo sucio y por qué el gerente lo trataba como a la realeza?
—Le dije a su secretaria que no me anunciara, Roberto —dijo el anciano con voz firme, ignorando el saludo adulador—. Quería ver cómo funcionaba mi empresa cuando nadie sabe que estoy mirando. Y vaya que he visto suficiente.
La palabra resonó en la cabeza de Valeria como un disparo. "Mi empresa".
El anciano señaló el papel arrugado que seguía tirado en el suelo, ese mismo papel que Valeria había golpeado con desprecio segundos antes.
—Roberto —dijo el anciano sin dejar de mirar a Valeria a los ojos—, hazme el favor de recoger ese documento. Creo que a esta señorita se le cayó.
Valeria sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El pánico empezó a subir por su garganta. No podía ser. Era imposible.
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