La Ejecutiva Humilló a una Anciana Pobre en el Elevador sin Saber que era la Dueña Millonaria del Edificio
La Sentencia Final: Cuando el Dinero no Compra la Dignidad
Carla intentó hablar, pero las palabras se le atragantaban. Su arrogancia se había desmoronado por completo, dejando al descubierto a una persona asustada y pequeña.
—Señora De La Cruz... yo... no sabía... —balbuceó Carla, con las manos temblando—. Pensé que era... es decir, por su ropa... fue un malentendido. Estaba muy estresada por la reunión...
—¿Un malentendido? —interrumpió Elena, levantando una mano para callarla—. No, querida. No fue un malentendido. Fue una revelación.
Elena caminó despacio alrededor de la mesa, acercándose a Carla hasta quedar frente a frente.
—Me vestí así hoy precisamente para encontrar personas como usted. Es fácil ser amable con el jefe, con el rico, con el que tiene poder. Eso no es educación, eso es interés. El verdadero carácter de una persona se demuestra cuando trata con alguien que no puede hacer nada por ella.
Elena miró a los inversores japoneses, quienes asentían con gravedad, visiblemente disgustados por la conducta de Carla que acababa de ser expuesta.
—Usted es brillante en las finanzas, Carla. He visto sus números —continuó Elena—. Ha generado millones para esta empresa.
Los ojos de Carla se iluminaron con una chispa de esperanza. Quizás el dinero la salvaría. Siempre lo hacía.
—Pero —dijo Elena, borrando esa esperanza de un golpe—, yo no construí este imperio sobre números. Lo construí sobre personas. Mi padre fue albañil. Yo misma limpié pisos para pagar mis estudios. Estas manos... —Elena extendió sus manos arrugadas hacia Carla—... han trabajado más duro de lo que usted jamás podrá imaginar. Y usted las despreció porque estaban sucias.
—Lo siento mucho, se lo juro —dijo Carla, ya con lágrimas en los ojos, dándose cuenta de la magnitud de su error.
—Sus disculpas llegan tarde y solo aparecen porque ahora sabe que tengo poder —respondió Elena con frialdad—. Si yo fuera realmente una indigente, usted seguiría riéndose en su oficina.
Elena se volvió hacia el Sr. Méndez.
—Méndez, la fusión con el grupo japonés está aprobada. Pero tengo una condición no negociable.
—Lo que usted diga, Doña Elena —respondió Méndez rápidamente.
—No quiero que el dinero de mi empresa esté manchado por la soberbia. Esta firma necesita una limpieza profunda de valores. Y vamos a empezar por la cabeza.
Elena señaló a Carla.
—Está despedida. Inmediatamente.
Carla sintió que las piernas le fallaban.
—¡No puede hacerme esto! —gritó, presa de la desesperación—. ¡Tengo derechos! ¡He dado mi vida por esta empresa! ¡Soy la mejor!
—Usted era la mejor generando dinero, pero es la peor generando equipo y respeto —sentenció Elena—. Y no solo está despedida de aquí. Me aseguraré de que cada firma en esta ciudad sepa exactamente por qué salió de este edificio. La reputación, Carla, tarda años en construirse y un segundo en destruirse. Usted destruyó la suya en el ascensor.
Elena hizo un gesto hacia la puerta.
—Seguridad la acompañará para que recoja sus cosas. Y por favor, use el ascensor de servicio. El principal es para personas que saben respetar a los demás.
Carla, derrotada, llorando y humillada, tuvo que salir de la sala de juntas bajo la mirada severa de todos los presentes.
Mientras salía, pudo escuchar la voz de Elena dirigiéndose al resto de la sala:
—Que esto sea una lección para todos. Nunca desprecien a quien tiene las manos sucias o la ropa vieja. Muchas veces, son quienes construyeron el suelo sobre el que ustedes caminan.
Esa tarde, Carla salió del edificio por la puerta trasera, cargando una caja de cartón con sus pertenencias. Mientras caminaba hacia la calle, vio a un grupo de obreros trabajando en una construcción cercana. Uno de ellos, un hombre mayor cubierto de cemento, le sonrió amablemente y le dijo: "Buenas tardes".
Carla se detuvo. Miró al hombre, miró su caja de cartón, y por primera vez en su vida, bajó la cabeza con humildad y respondió:
—Buenas tardes, señor.
Había perdido su trabajo millonario, pero tal vez, solo tal vez, había empezado a recuperar su humanidad.
Moraleja: La humildad te abre puertas que el dinero no puede comprar, y la soberbia te cierra caminos que ni toda tu fortuna podrá volver a abrir. Trata a todos con respeto, porque la vida da muchas vueltas y nunca sabes a quién tendrás enfrente.
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