Caminos del Destino

La Dueña del Imperio Millonario humilló al Indigente que bloqueaba su Jet Privado, sin saber que él guardaba un Secreto de 50 Millones de Dólares

La Conspiración del Silencio

El piloto bajó rápidamente las escaleras, con una actitud agresiva que no encajaba con su uniforme impecable. Se acercó a Elías y lo señaló con un dedo acusador.

—Lárgate de aquí ahora mismo, viejo loco —escupió el piloto entre dientes, asegurándose de que Victoria no escuchara el tono amenazante—. Si no desapareces en diez segundos, llamaré a la policía federal y te haré arrestar por invasión de propiedad y terrorismo.

Elías no retrocedió. A pesar de su apariencia frágil, había una dureza en él forjada por años de vivir en la intemperie. Miró al piloto directamente a los ojos y vio el miedo detrás de la arrogancia.

—¿Por qué estás sudando, Capitán? —preguntó Elías en voz alta, para que Victoria escuchara—. Hace cinco grados bajo cero y tienes gotas de sudor en la frente. ¿Sabes lo que hay en ese motor, verdad?

El piloto se puso rojo de ira y empujó a Elías con fuerza. Elías tropezó y cayó sobre el asfalto duro, raspándose las manos. El libro viejo que siempre cargaba consigo, un manual de mecánica avanzada que era su única posesión valiosa, salió volando y cayó a los pies de Victoria.

Ella miró el libro. "Principios de Aerodinámica y Propulsión a Chorro". Estaba desgastado, con anotaciones en los márgenes hechas con una caligrafía técnica perfecta. Victoria sintió un escalofrío. Ese no era el libro de un vagabundo cualquiera.

—Roberto, espera —dijo Victoria, su voz perdiendo un poco de su firmeza habitual—. ¿Revisaste personalmente los motores antes de preparar el despegue?

El piloto, Roberto, se giró hacia ella con una sonrisa forzada que parecía una mueca.

—Por supuesto, señora San Román. Todo está en orden. Este hombre solo quiere asustarla para sacarle dinero. Es una táctica común. No podemos perder más tiempo, la reunión en Nueva York no espera y la ventana de despegue se cierra en veinte minutos.

Roberto extendió la mano para ayudar a Victoria a subir, ignorando a Elías en el suelo.

—Sube al avión, Victoria —insistió Roberto, usando su nombre de pila por primera vez, algo que hizo saltar las alarmas en la cabeza de la empresaria. Él nunca la tuteaba.

Elías se levantó con dificultad, limpiándose la sangre de las palmas en sus pantalones sucios. Sabía que le quedaba una última carta.

—¡Señora! —gritó Elías con una fuerza que sorprendió a todos—. Si ese avión despega, usted muere y él se queda con todo. ¿Quién se beneficia si usted no llega a esa reunión? ¿Quién hereda el control de la empresa si usted sufre un "accidente"?

Victoria se quedó congelada con un pie en el primer escalón. Las palabras de Elías resonaron en su mente como un eco en una caverna vacía. Su marido. Su marido, que había estado presionando para vender la compañía. Su marido, que había insistido en contratar a este nuevo piloto hacía solo dos semanas. Su marido, que casualmente no había podido viajar con ella hoy por una "urgencia médica" de último minuto.

Ella miró a Roberto. El piloto estaba temblando ligeramente.

—Sube ya —dijo Roberto, y esta vez su voz no fue amable. Fue una orden.

Victoria bajó el pie del escalón. Retrocedió dos pasos.

—Creo que... creo que voy a llamar a mi mecánico de confianza —dijo ella, sacando su teléfono—. Solo para estar segura. Si todo está bien, le daré una propina a este hombre por su preocupación y nos iremos.

La cara de Roberto se transformó. La máscara de servidumbre cayó por completo, revelando una desesperación violenta.

—¡No hay tiempo para eso! —gritó, avanzando hacia ella—. ¡Tienes que subir ahora!

Elías se interpuso entre los dos.

—Ella no va a subir —dijo Elías firmemente.

—¡Estás loco! —le gritó Victoria a Elías, aunque en el fondo estaba agradecida por la barrera humana—. ¡Seguro dices esto para asustarme y hacerme perder el tiempo! Llamaré a mi mecánico y revisará el avión por completo.

Victoria dio media vuelta y comenzó a caminar rápidamente hacia el edificio principal del aeropuerto, alejándose del avión, buscando la seguridad de la terminal y de los testigos. Su corazón latía a mil por hora. Sentía la mirada de Roberto clavada en su espalda.

Roberto se quedó paralizado junto a la escalerilla. Miró a Elías con odio puro, luego miró hacia el hangar donde el hombre del overol observaba desde lejos. Sabía que el plan había fallado. Sabía que si el mecánico de Victoria inspeccionaba ese motor, encontrarían el dispositivo. Y sabía que él iría a la cárcel de por vida.

Elías, viendo que Victoria se alejaba, se giró hacia la cámara de seguridad del hangar (o hacia nosotros, los espectadores), con la respiración agitada.

—Si quieres saber lo que va a suceder, dale click al enlace del primer comentario —susurró, rompiendo la cuarta pared en su mente, sabiendo que el destino estaba echado.

Pero la realidad fue más rápida.

Roberto, en un ataque de pánico absoluto al ver que su plan se desmoronaba y que sería descubierto, tomó una decisión estúpida y fatal. Si no podía hacer que pareciera un accidente en el aire, eliminaría la evidencia en tierra. Corrió hacia la cabina, quizás intentando escapar, quizás intentando desactivar lo que habían plantado, o quizás, en su locura, intentó encender los motores para huir.

El sonido de la turbina iniciando su ciclo de arranque fue un chillido agudo que rompió la tarde.

Victoria, que estaba a unos cincuenta metros de distancia, se detuvo y se giró al escuchar el sonido.

—¡CORRA! —le gritó Elías con todas sus fuerzas—. ¡ALÉJESE MÁS!

Fue entonces cuando el mundo se volvió blanco y naranja.

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Anna Arteaga

¡Hola a todos! Soy Anna Arteaga, una alma apasionada por los bonsáis. Mi fascinación por estos árboles en miniatura comenzó en la infancia. Este blog es mi espacio para compartir mi pasión transformada en arte, y para ofrecer consejos prácticos y tutoriales que ayuden a cultivar y mantener la belleza de estos pequeños tesoros de la naturaleza.

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