La Deuda Millonaria del Hombre que Caminaba y el Secreto en el Testamento de la Mansión
El Secreto Escondido en la Silla de Ruedas
Entrar en esa casa fue como entrar en una trampa de lujo disfrazada de pobreza. Valerio no dejaba de hablar de su futuro como dueño de tierras y de cómo mi "milagro" le permitiría por fin presentarse ante el Juez para reclamar lo que le correspondía. Según él, la invalidez de su esposa era el único impedimento legal para cerrar un trato con una corporación millonaria que quería comprar sus derechos sobre la vieja mansión.
—Usted no sabe lo que ha hecho por nosotros, joven —decía Valerio mientras servía un licor barato en copas de cristal fino que claramente habían sido robadas de la mansión—. Ahora que Elena puede caminar, ya no necesitamos la asistencia del seguro social ni las visitas de los trabajadores que hacían preguntas. Ahora podemos irnos de aquí.
Elena estaba sentada a la mesa, moviendo sus piernas con una agilidad que parecía asustarla a ella misma. Cada vez que Valerio se reía, ella se encogía. Yo mantenía el papel apretado en mi puño, sintiendo el sudor frío en mi espalda. Tenía que sacar a esa mujer de allí, pero ¿cómo hacerlo frente a un hombre que ahora veía en ella el pasaporte a una vida de empresario millonario?
—¿Qué hay en la silla de ruedas, Valerio? —pregunté de golpe, rompiendo su monólogo.
El silencio que siguió fue tan denso que podía cortarse. Valerio dejó la botella sobre la mesa con un golpe seco. Sus ojos se volvieron pequeños, calculadores.
—¿La silla? Es chatarra. Mañana mismo la quemaremos. Ahora que ella camina, no quiero volver a ver ese recordatorio de nuestra desgracia en mi casa.
—Es una silla especial —continué, desafiándolo—. Es de una aleación que no se ve por estos rumbos. Parece sacada de la oficina de un abogado de alto nivel.
Valerio se levantó lentamente. Su sombra se proyectó larga y amenazante sobre la pared de barro.
—Usted es un sanador, no un detective. Le daré algo de dinero y se marchará mañana al amanecer. No haga más preguntas si quiere salir de este pueblo con la misma salud con la que llegó.
Esa noche no pude dormir. Me quedé en el pequeño cobertizo que me habían asignado, observando a través de las rendijas de la madera. Vi a Valerio salir a la medianoche con una hacha. Se dirigió a la silla de ruedas que estaba afuera. Pero no la rompió. Empezó a desarmarla con un cuidado quirúrgico.
Desde mi posición, vi cómo retiraba el forro del respaldo. Debajo del cuero gastado, no había espuma ni resortes. Había una estructura metálica sellada que brillaba bajo la luz de la luna. Era un compartimento secreto. Valerio sacó un sobre de plástico grueso, lo besó y se arrodilló en la tierra, riendo como un loco.
—¡Por fin! —susurraba—. ¡El testamento de la Mansión de los Sauces es mío! ¡Soy millonario!
En ese momento, comprendí la magnitud del error que había cometido al sanar a Elena. Valerio la había mantenido en esa silla durante años, no solo porque el peso de los documentos impedía que ella escapara, sino porque el seguro médico y la apariencia de "pobre hombre cuidando a su esposa lisiada" era la coartada perfecta para esconder los títulos de propiedad que había robado tras la muerte del anciano dueño de la mansión.
Si Elena caminaba, el fraude se desmoronaba. Pero si Elena caminaba y él ya tenía los papeles en la mano, ella ya no le servía para nada. Ella era un cabo suelto. Un testigo de cómo él había provocado el "accidente" que la dejó sin movilidad años atrás para asegurarse de que ella nunca hablara con el abogado de la familia rica.
A las tres de la mañana, escuché un grito ahogado. Salí corriendo y vi a Elena intentando huir hacia el bosque, usando sus nuevas fuerzas para escapar de la muerte. Valerio la perseguía con el hacha en una mano y el sobre millonario en la otra.
—¡Si no estás en esa silla, no estarás en ningún lado! —rugía el hombre, fuera de sí.
Me interpuse en su camino. El acero del hacha brilló a centímetros de mi rostro. Valerio ya no era un campesino desesperado; era un monstruo alimentado por la codicia de una herencia que no le pertenecía.
—¡Muévete o te entierro aquí mismo! —me gritó.
Pero yo tenía algo que él no esperaba. En mi bolsillo llevaba el teléfono que había logrado cargar en el pueblo vecino, y la línea con la policía estatal estaba abierta. El Juez ya estaba al tanto de la desaparición de esos documentos desde hacía meses. Sin embargo, Valerio soltó una carcajada siniestra.
—¿Crees que la policía llegará a tiempo? Para cuando suban esta montaña, yo seré el dueño de todo y ustedes serán solo un recuerdo bajo la tierra.
En ese momento, el hombre levantó el hacha con ambas manos para dar el golpe final.
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