Caminos del Destino

La Deuda Millonaria del Empresario que Humilló a una Embarazada frente a un Juez

La Persecución Implacable y la Trampa de Lujo

Los dos motociclistas aceleraron a fondo, convirtiéndose en dos sombras veloces que cortaban la cortina de lluvia.

El auto deportivo rojo tenía mucha ventaja, pero el tráfico de la ciudad a esa hora era un monstruo impredecible.

Roberto conducía con una mano en el volante, sintiéndose el dueño de la carretera.

Su novia había encendido la radio y cantaba a todo pulmón, celebrando lo que ellos consideraban una travesura sin importancia.

"Esa pobre diabla seguro tendrá que irse caminando a su pocilga", comentaba Roberto con una sonrisa arrogante.

Pero su tranquilidad duró muy poco.

Por el espejo retrovisor, Roberto notó dos luces intensas que se acercaban zigzagueando entre los demás vehículos.

Eran los motociclistas. Y no venían a saludar.

El primer motorista se emparejó al lado de la ventana del conductor, mirándolo fijamente a través del cristal polarizado.

Roberto sintió un repentino escalofrío. Intentó acelerar, pero el tráfico por delante se estaba volviendo denso.

El auto rojo estaba atrapado en un embudo de coches, autobuses y semáforos.

Los motociclistas aprovecharon la agilidad de sus máquinas para acorralar al millonario.

Uno se colocó justo frente al parachoques del carísimo auto deportivo, obligándolo a frenar en seco.

El otro se estacionó pegado a la puerta del conductor, bloqueando cualquier intento de escape.

Roberto tocó la bocina desesperadamente, insultando a todo pulmón dentro de su cabina hermética.

"¡Quítense de mi camino, estorbos!", gritaba el empresario, golpeando el volante de cuero.

Pero los hombres de negro no se inmutaron.

El primer motociclista apagó su motor, bajó la pata de cabra de su moto y se acercó a la ventana de Roberto.

Golpeó el cristal con los nudillos, exigiendo que lo bajara.

La novia de Roberto empezó a entrar en pánico. "Mi amor, ¿quiénes son estos locos? ¡Llama a la policía!".

Roberto, tratando de mantener su fachada de superioridad, bajó el cristal apenas unos centímetros.

"¿Qué diablos quieren?", escupió Roberto con asco. "¿Saben cuánto cuesta este auto? Si le hacen un rasguño, los voy a demandar hasta dejarlos en la calle".

El motociclista se quitó el casco lentamente, revelando un rostro curtido y una mirada de hielo.

"No nos importa tu dinero ni tus juguetes caros", dijo el hombre con voz tranquila pero amenazante.

"Lo que nos importa es lo que le acabas de hacer a esa mujer embarazada unas calles atrás".

Roberto soltó una risa nerviosa y forzada. "Oh, ¿es por esa muerta de hambre? Por favor. Toma".

El millonario sacó su billetera de cuero fino, extrajo un puñado de billetes de cien dólares y los tiró por la rendija de la ventana.

"Ahí tienen para que se compren unas cervezas y le compren un trapo nuevo a la señora. Ahora, lárguense".

Los billetes cayeron al suelo mojado, mezclándose con el lodo de la calle.

El motociclista no miró el dinero. En cambio, metió la mano en su chaqueta y sacó algo que hizo palidecer a Roberto.

No era un arma. Era un teléfono celular de última generación, y estaba grabando todo en vivo.

"No es un invento tuyo que el dinero lo compra todo, ¿verdad?", dijo el motociclista, acercando el teléfono a la cara del empresario.

"Pero creo que tus accionistas y tus socios comerciales no van a estar muy felices cuando vean esto".

El motociclista miró a la cámara del teléfono y empezó a hablar con una claridad asombrosa.

"Este hombre que ven aquí, que intenta sobornarnos con unos cuantos dólares, acaba de atentar contra la vida de una mujer embarazada".

"Aceleró intencionalmente para arrojarle agua sucia y lodo, riéndose de ella mientras huía como un cobarde".

La cara de Roberto cambió drásticamente. El color desapareció de sus mejillas.

"¡Apaga eso ahora mismo!", gritó, intentando manotear el teléfono, pero el cristal a medio bajar se lo impedía.

"No sabes con quién te estás metiendo. Soy dueño de la constructora más grande del país. Mis abogados te van a destruir".

El motociclista sonrió por primera vez, una sonrisa sin nada de humor.

"Eso es exactamente lo que esperaba que dijeras", respondió.

"Porque tú tampoco sabes con quién te estás metiendo".

El motociclista metió la mano en un bolsillo interior de su chaqueta y sacó una placa dorada, brillante y pesada.

Era una placa de identificación oficial de la Policía Nacional.

"Soy el Inspector Jefe de la división de tránsito y delitos viales", dijo el oficial. "Y estabas en mi día libre".

Pero eso no era lo peor para el empresario.

El segundo motociclista, que se había mantenido en silencio, también se quitó el casco.

Era un hombre mayor, de cabello canoso y traje elegante debajo de su equipo de lluvia.

Roberto lo reconoció al instante, y sintió que las piernas le fallaban.

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Anna Arteaga

¡Hola a todos! Soy Anna Arteaga, una alma apasionada por los bonsáis. Mi fascinación por estos árboles en miniatura comenzó en la infancia. Este blog es mi espacio para compartir mi pasión transformada en arte, y para ofrecer consejos prácticos y tutoriales que ayuden a cultivar y mantener la belleza de estos pequeños tesoros de la naturaleza.

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