La Deuda Millonaria del Casino y el Testamento del Magnate: La Traición que lo Cambió Todo
El Secreto del Casino y el Frasco de la Muerte
El silencio que siguió al grito de María fue sepulcral. Don Jacinto se quedó con la mano suspendida en el aire, a escasos centímetros de sus labios. Roberto, por su parte, se puso lívido. Sus ojos se inyectaron de sangre y una vena comenzó a saltar en su frente mientras miraba con odio a la empleada.
—"¿Qué te pasa, mujer? ¿Te has vuelto loca?", gritó Roberto, intentando arrebatarle el frasco a su padre. Pero María fue más rápida y se interpuso entre ellos, colocando su mano sobre el pecho de Don Jacinto, quien respiraba con dificultad.
—"¡No se las tome, señor! ¡Por el amor de Dios, escúcheme!", suplicaba María con la voz quebrada. "Él lo quiere desvivir. Esas pastillas no son medicina. Escuché cómo hablaba con unos hombres... tiene una deuda millonaria en un casino y necesita su testamento hoy mismo para no ir a la cárcel o algo peor".
Don Jacinto miró a su hijo, esperando una risa, una negación rotunda, algo que le devolviera la fe. Pero lo que vio en el rostro de Roberto fue una máscara de pura maldad. El joven ya no fingía. La desesperación por el dinero lo había transformado en un monstruo.
—"¡Cállate, maldita sirvienta muerta de hambre!", rugió Roberto, empujando a María contra la pared. "Papá, no le hagas caso. Esta mujer quiere meterse en nuestra familia para robarnos. Está celosa de que yo haya vuelto".
Roberto se giró hacia su padre, tratando de recuperar su tono suave, pero su voz sonaba como un siseo de serpiente. "Papá, dámelas. Tómatelas ahora mismo. Es por tu bien. ¿Vas a creerle a una empleada antes que a tu propio hijo, que ha gastado miles de dólares en este tratamiento para ti?".
Don Jacinto, a pesar de su debilidad física, poseía una mente que todavía era capaz de detectar la mentira. Miró el frasco y luego miró los ojos de su hijo. No encontró amor, solo encontró codicia. Una codicia tan grande que superaba cualquier lazo de sangre.
—"Si es medicina, Roberto... ¿por qué no tiene nombre? ¿Por qué la caja está rota?", preguntó el anciano con una voz que recuperaba la autoridad de sus años como gran empresario.
Roberto guardó silencio por un segundo. Ese segundo fue la confirmación de la traición. El joven intentó abalanzarse sobre su padre para obligarlo a tragar las pastillas, pero el escándalo atrajo a los guardias de seguridad de la mansión que patrullaban el pasillo.
María, aprovechando la confusión, tomó el frasco y salió corriendo de la habitación. Sabía que esas cápsulas eran la prueba del crimen. Mientras corría por los pasillos de mármol, escuchaba los gritos de Roberto llamándola "maldita" y "muerta de hambre".
En la habitación, Don Jacinto se desplomó en su sillón de cuero. No era un ataque al corazón por la medicina, sino por el dolor de descubrir que su hijo deseaba su muerte. Roberto fue retenido por los guardias mientras gritaba que todo era una mentira, que él era el heredero universal y que nadie podía tocarlo.
—"Llamen a mi abogado", dijo Don Jacinto con una calma que daba miedo. "Y llamen a la policía. Quiero que analicen este veneno".
Durante las siguientes horas, la mansión se convirtió en una escena del crimen. El abogado de la familia, un hombre de leyes implacable llamado el Licenciado Guzmán, llegó de inmediato. Traía consigo noticias que terminarían de hundir a Roberto.
Resultó que Roberto no solo debía dinero al casino, sino que había falsificado la firma de su padre en varios documentos de propiedad para pedir préstamos hipotecarios sobre la mansión. Si Don Jacinto no moría esa noche, Roberto perdería todo y terminaría en una prisión federal.
El joven fue escoltado hacia afuera por la policía, esposado y humillado frente a los vecinos de la exclusiva zona residencial. Mientras se lo llevaban, gritaba que volvería, que el testamento ya estaba firmado a su nombre y que la mansión le pertenecía.
Lo que Roberto no sabía es que su padre, esa misma noche, estaba a punto de tomar una decisión que cambiaría el destino de la fortuna de los Jacinto para siempre. Un giro que nadie vio venir y que involucraba directamente a la mujer que le salvó la vida.
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